CAPÍTULO XIII — La elección
Berlín. La residencia.
Había elegido la casa por el espacio.
No por otra cosa. Harnisch me había presentado una lista el sábado: la Cancillería, el Palacio Real, el palacio del príncipe heredero en Unter den Linden, media docena de palacios de la Wilhelmstraße con los ministerios todavía dentro.
La había leído en la tienda, a la luz del queroseno, y había tachado la Cancillería la primera.
No iba a dormir en la cama de aquel hombre.
No iba a trabajar en el despacho donde había firmado lo que había firmado.
No iba a asomarme al balcón desde el que había saludado a las antorchas.
Tampoco quería el Palacio Real. Era de los Hohenzollern. Era de otro. Y era demasiado grande, demasiado dorado, demasiado lleno de retratos de hombres que me mirarían desde las paredes preguntándome quién era.
Al final del papel, casi como una ocurrencia, Harnisch había añadido una casa barroca de dos plantas que nadie usaba desde hacía años, con un patio de grava delante, un jardín detrás y una sala alargada en la planta baja que había sido salón de baile y luego almacén de un museo.
Habitaciones grandes. Techos altos. Ventanas que daban al este. Sin dorados. Sin retratos.
La elegí sin verla.
Llegué la tarde anterior, después de la coronación, cuando ya oscurecía. Dormí en una habitación del primer piso, en una cama de verdad, por primera vez en nueve días. No dormí bien. Echaba de menos el ruido del generador.
Esa mañana, a las diez menos diez, estaba en la sala alargada de la planta baja.
La habían vaciado. Paredes blancas, un poco desconchadas. Suelo de tablas de roble, gastado en el centro. Cinco ventanas altas que daban al jardín, con la escarcha todavía en los cristales. Una chimenea de mármol gris encendida en un extremo. Y en el centro, una mesa.
Una mesa larga de roble oscuro que Kessel había encontrado en algún sitio, sin mantel. Y alrededor, sillas. Diecisiete. Iguales.
Yo me senté a la cabecera, de espaldas a la chimenea.
A mi derecha, Hollenbach. A mi izquierda, el general que mandaba la 5.
Sturmdivision des Königlichen Heeres, el General der Infanterie Ewald Thorbeck, al que había mandado traer de Colonia el día anterior: un hombre de cincuenta y pocos años, cuadrado, calvo, con la cara roja de los renanos y unas manos grandes de campesino.
Junto a cada uno de ellos, sus jefes de estado mayor: Mahlberg, con su lápiz, y el de Thorbeck, un coronel delgado y pálido llamado Eschenbach, que no levantaba los ojos de su cuaderno.
Cuatro sillas ocupadas. Trece vacías.
A las diez en punto, Hollenbach se levantó y abrió la puerta.
* * *
Entraron los once.
Los mismos de la tienda. Los mismos de la Puerta.
Entraron por orden de antigüedad, como siempre, y se detuvieron en la puerta, uno detrás de otro, y miraron la sala.
La mesa. Las sillas. La chimenea. A mí, a la cabecera, con el capote gris colgado del respaldo de mi silla y una guerrera gris sin divisas, la única que tenía.
Vi que se fijaban en las sillas. En la tienda no había habido sillas. En la Puerta les habían dado sillas de tropa, de madera, contra una columna. Aquí había sillas alrededor de una mesa.
—Siéntense, caballeros —dije.
Se sentaron. Blomberg el primero, a la derecha de Hollenbach, como correspondía. Luego los demás. Raeder y Dönitz al final, frente a frente. Guderian en la última silla del lado izquierdo, la más lejana, la del oficial más moderno.
Los miré a todos. Ellos me miraron a mí. Estaban afeitados, con las guerreras planchadas, sin el águila. Blomberg tenía ojeras. Fritsch llevaba el monóculo. Beck tenía las manos juntas sobre la mesa. Leeb, las manos en el regazo. Bock, sentado muy recto, mirándome. Guderian no se estaba quieto.
—Aquí está la elección —dije.
Silencio.
—Juran lealtad a mí. Cada uno de ustedes asciende un rango. Sus rangos se mantienen en la escala equivalente que se creará en el Königliches Heer.
No dije o no . No dije qué pasaba si no juraban. Lo había dicho en la tienda: jurarán o no . No hacía falta repetirlo.
Me volví hacia Blomberg.
—Herr Generaloberst.
Blomberg se enderezó un poco en la silla.
—Usted será mariscal general de campo. Un rango nuevo. El jefe militar de todos los jefes militares.
Blomberg no se movió. Pero vi cómo se le iba el color de la cara y le volvía de golpe.
—Pero deje de pensar como un político militar —seguí—. Vuelva a pensar como un oficial de combate. Los objetivos políticos los pienso yo. No es necesario que los piense un militar. Eso le quita el filo. —Hice una pausa—. Pero no olvide nunca que la guerra es una continuación de la política.
Blomberg tardó en contestar. Cuando lo hizo, la voz le salió más baja de lo que esperaba.
—Clausewitz, Majestad.
—Clausewitz.
—La guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. —Blomberg lo dijo como lo había aprendido de cadete, de memoria, palabra por palabra.
—Por eso los políticos no deben hacer la guerra —dije—. Y los generales no deben hacer la política. Cada uno su oficio. Y alguien encima de los dos que los junte.
Blomberg asintió. No dijo nada más.
—Todos los demás —dije, mirando alrededor de la mesa—, con sus rangos equivalentes, que se crearán.
* * *
Me volví hacia el final de la mesa. Hacia la última silla del lado izquierdo.
—Guderian.
Guderian se quedó inmóvil. Por primera vez desde que había entrado en la sala, dejó de mover el pie.
—Queda usted ascendido a mariscal de campo.
Hubo un movimiento en la mesa. No un ruido: un movimiento. Como cuando en una habitación todo el mundo cambia de postura a la vez sin darse cuenta. Vi a Bock volver la cabeza, muy despacio, hacia Guderian. Vi a Rundstedt cerrar los ojos un instante. Vi a Leeb apretar las manos en el regazo.
Guderian era Oberst . Coronel. El más moderno de todos los que estaban en aquella mesa.
—Al mando de toda la caballería acorazada —seguí—.
Las siete Sturmdivisionen del Königliches Heer y las tres Panzer-Divisionen.
Las Panzer-Divisionen irán recibiendo equipo y medios para dejar de ser Panzer-Divisionen y convertirse en Sturmdivisionen.
Weichs, Feßmann. —Los miré a los dos—. Sus divisiones pasan a Guderian.
Sus hombres van a recibir el PzKw-1. Y van a aprender a usarlo.
Weichs asintió. Feßmann no se movió. Tenía la mano sobre la guerrera, sobre el sobre de papel manila que seguía llevando debajo.
Guderian seguía sin decir nada. Tenía la cara muy roja y los ojos brillantes. Abrió la boca. La cerró.
—El resto de las divisiones de infantería —dije— también irán recibiendo equipo y medios. Para marzo del 37, todo el ejército estará acorazado y mecanizado. Todo. No quedará un solo regimiento a pie ni una sola batería tirada por caballos.
Leeb abrió los ojos. Weichs, el jinete, se puso pálido.
—Y solo entonces —seguí—, cuando eso esté hecho, empezaremos a expandirlo. Treinta, treinta y seis divisiones…
Me detuve.
Me había dado cuenta, en mitad de la frase, de que no sabía cuántas tenían.
Lo sabía de mi otra vida, más o menos, de los libros, de los apéndices: treinta y seis divisiones era el objetivo de la ley de marzo del 35, para el 39.
Pero no sabía cuántas existían aquella mañana de febrero del 36.
Cuántas eran de verdad. Cuántas tenían nombre.
—¿Cuántas exactamente tenemos? —pregunté—. Quiero decir: unidades con el nombre de división.
Silencio en la mesa.
Fue Beck el que contestó. Sin mirar papeles. Sin dudar.
—Veinticuatro divisiones de infantería, Majestad.
Tres acorazadas. Una brigada de caballería, una de montaña.
Sobre el papel. En la realidad, de las veinticuatro, nueve están a dos tercios de plantilla, seis no tienen la artillería completa y cuatro se crearon en octubre y todavía no tienen cuarteles propios.
Las tres acorazadas tienen el Panzer I. Ninguna tiene todos los camiones que necesita.
—Gracias, Herr General.
Beck inclinó la cabeza.
—Esas —dije—. Esas veinticuatro y las tres. Cuando estén completamente reequipadas, empezaremos a expandir el ejército. En tiempo de paz, con la plantilla completa, serán unas sesenta y seis divisiones.
Sesenta y seis. Lo vi caer sobre la mesa como cae una piedra en un estanque. Nadie dijo nada, pero vi a Fritsch quitarse el monóculo. Vi a Bock hacer un cálculo rápido con los labios. Vi a Blomberg mirar a Beck y a Beck no devolverle la mirada.
—Para asegurar la paz —dije.
Bock levantó la vista.
—¿De qué forma, Majestad?
Lo miré.
—Nadie ataca lo que sabe que no puede derrotar, Herr General. Esa es la mejor forma de garantizar la paz.
Bock sostuvo mi mirada un momento. Luego asintió una sola vez, como quien confirma un cálculo que ya había hecho.
* * *
—Großadmiral Raeder.
Raeder parpadeó. Una sola vez. Era almirante. Acababa de oírse llamar con el rango siguiente, el que no tenía nadie en Alemania desde Tirpitz.
—Su rama tiene independencia estratégica —dije—. Eso significa que son ustedes los que tienen que hacer los cálculos navales necesarios. No yo. No el Heer. Ustedes. Tiene cuarenta días para presentármelos en este despacho. Después le daré los barcos.
Raeder me miró. Por primera vez en todas las veces que nos habíamos visto, algo se movió en su cara larga de pastor protestante. No era una sonrisa. Era otra cosa. Algo que se le abría por dentro.
—¿Los barcos, Majestad?
—Los que necesite. Según sus cálculos. Por eso tienen que ser buenos.
—Sí, Majestad.
—Está usted al mando de la marina de superficie.
Raeder inclinó la cabeza. Despacio. Muy hondo.
Me volví hacia el otro lado de la mesa. Hacia el hombre que estaba sentado frente a Raeder, más joven, de ojos claros, con los labios finos apretados.
—Großadmiral Dönitz.
Dönitz se quedó helado.
Lo vi. No se movió, no cambió de expresión, pero se quedó helado. Era Kapitän zur See . Capitán de navío. Tres rangos por debajo de Raeder. Y acababa de oírse llamar con el mismo rango que su jefe.
Raeder no lo miró. Dönitz no miró a Raeder.