Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XII — Telegramas #4
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CAPÍTULO XII — Telegramas #4

Es la primera vez en mi vida que veo algo que me hace pensar que este pueblo puede volver a ser leal a algo que no sea un grito.

Schuschnigg dobló el telegrama y se lo guardó en el bolsillo interior de la americana. No en la carpeta. En el bolsillo.

Lo llevaría allí durante mucho tiempo.

* * *

Doorn, Países Bajos. Huis Doorn. 11:58 hrs.

El anciano se había vestido de uniforme.

No lo hacía nunca. Desde hacía diecisiete años, desde que había cruzado la frontera holandesa en un tren especial una mañana de noviembre, con la guerra perdida y el imperio deshecho, el anciano vestía de paisano: chaqueta de tweed, corbata, pantalones de montar, polainas.

El uniforme estaba guardado en un armario del primer piso, con naftalina.

Lo sacaba una vez al año, el 27 de enero, el día de su cumpleaños, para recibir a los pocos fieles que todavía venían a felicitarle, y luego volvía a guardarlo.

Este año, el 27 de enero había caído al día siguiente de que aparecieran los carros en Berlín, y el anciano no se había puesto el uniforme. Había recibido a sus fieles en chaqueta de tweed, con la cara gris, sin hablar casi, con el mapa de Alemania desplegado sobre la mesa de la biblioteca.

Esa mañana, el lunes 3 de febrero, se había levantado a las seis, como siempre. Había cortado leña en el parque, como siempre. Había desayunado. Y a las once, sin decir nada a nadie, había subido al primer piso, había abierto el armario y se había puesto el uniforme.

El de general de los Garde du Corps, blanco, con la coraza de plata, no: ese ya no le cabía y era demasiado.

El otro. El gris de campaña de la guerra, la guerrera sencilla con las charreteras de mariscal de campo y una sola condecoración en el pecho: la Cruz de Hierro de primera clase. Y el casco, no; la gorra de plato.

Bajó a la biblioteca a las doce menos dos minutos. Hermine, que estaba sentada junto a la ventana con su bordado, lo vio entrar y se quedó con la aguja en el aire.

El anciano no se sentó en la silla de montar.

Se quedó de pie, en el centro de la biblioteca, frente a la radio, con la mano derecha —la buena— apoyada en el bastón y la izquierda —la corta, la inútil, la que tenía desde que nació— metida en el bolsillo de la guerrera, como en todas las fotografías.

El ayudante de cámara encendió la radio.

* * *

Escuchó la ceremonia de pie. Entera. Sin moverse.

Escuchó las campanas de Santa Eduvigis dando las doce, que le llegaron por la radio, lejanas, metálicas, y que reconoció: las había oído miles de veces desde el balcón del Palacio Real, al otro lado de la Ópera, en otra vida.

Escuchó el silencio de la avenida. Diez minutos de silencio, el de los cinco hombres caminando por Unter den Linden.

Por la radio, el silencio sonaba como un siseo largo, con algún crujido, algún golpe de tos lejano.

El anciano lo escuchó entero. Sabía exactamente por dónde iban.

Sabía qué edificio tenían a cada lado en cada momento: la Ópera, la Biblioteca, la Universidad, el Arsenal, la embajada rusa, el hotel Bristol.

Había recorrido aquella avenida a caballo cien veces, a la cabeza de sus regimientos, con los cascos de plata relucientes y la multitud gritando.

Escuchó la voz del capitán.

Os corono como REX ET IMPERATOR.

La mano derecha del anciano se cerró sobre el puño del bastón.

Para que guieis a este pueblo a la paz perpetua.

Que sois mortal.

Que sois polvo.

Que el hierro ha sido quien os ha dado el trono.

Hermine lo vio cerrar los ojos.

Esto último, que lo recuerden también quienes lo ven.

Salve, Majestad.

Y luego el silencio. Un segundo. Dos. Tres.

Y luego, por la radio, lejano, metálico, deformado por la distancia y por las válvulas, el hurra .

Hurra.

Hurra.

Hurra.

El triple hurra prusiano. El de las revistas en el Tempelhofer Feld.

El de los cumpleaños imperiales. El de los regimientos de la Guardia desfilando por Unter den Linden en mayo, con las banderas y las bandas y los caballos, mientras él miraba desde el balcón del Palacio con el bigote engomado hacia arriba y el casco de punta brillando al sol.

No lo había oído en diecisiete años. Diecisiete. Desde el 9 de noviembre de 1918, cuando la guardia del cuartel general de Spa se lo había gritado por última vez, delante del hotel Britannique, antes de que él se subiera al tren hacia Holanda.

El anciano abrió los ojos.

Estaba llorando.

Hermine lo había visto llorar dos veces en trece años de matrimonio: la tarde de abril del 29 en que llegó la noticia de la muerte de su hermano Enrique, y el día en que se cumplieron diez años de la muerte de su primera mujer, Augusta Victoria, cuyo retrato seguía en la mesa del escritorio. Nunca más.

Esa mañana lo vio llorar por tercera vez. De pie, en uniforme, con la mano en el bastón y la otra en el bolsillo, delante de una radio, sin hacer ruido. Como el general de Berlín del que hablarían los periódicos al día siguiente, aunque él todavía no lo sabía.

No dijo nada durante mucho rato. La radio seguía emitiendo el ruido de la multitud, el mar de voces de la avenida, que subía y bajaba.

Luego, cuando el ruido empezó a apagarse, el anciano habló. No a Hermine. No al ayudante de cámara. A la radio. A la biblioteca. A nadie.

—Hierro —dijo.

Hizo una pausa.

—Hierro. Ni oro ni piedras. —Movió la cabeza, con la barba blanca rozándole el cuello de la guerrera—.

A mi abuelo lo coronaron en Königsberg con oro.

Yo me hice hacer una corona de oro y diamantes que no me puse nunca, porque el Reich no tenía coronación: tenía un emperador.

Y en mi cumpleaños, en mis revistas, en mis desfiles, nadie, en treinta años, me dijo nunca que era polvo.

Se quedó callado.

—Nadie —repitió—. Ni Bismarck, que me odiaba. Ni mi madre, que me despreciaba. Ni los generales, que me mintieron. Ni Dios, que me dejó caer.

Hermine dejó el bordado en el regazo.

—Wilhelm —dijo, en voz muy baja.

El anciano no la oyó. O hizo como que no la oía.

— Por medio de las armas si fuera necesario, mas no preferido —dijo—.

Eso es lo que yo no supe decir nunca. Yo hablaba del puño acorazado.

Y lo decía en serio. Y lo usé. —Se apoyó un poco más en el bastón—.

Y él dijo puño acorazado hace ocho días, como yo.

Y hoy deja que un capitán le diga que no lo prefiera.

Se volvió por fin hacia Hermine. Tenía la cara mojada y no se la secaba.

—Ese hombre no es un Hohenzollern —dijo—. No es nadie. No tiene apellido, ni casa, ni sangre. Ha tomado mi país, mi capital, mi Puerta, mis regimientos, mi hurra . Ha tomado todo lo que era mío. —Hizo una pausa larga—. Y lo ha hecho mejor que yo.

Hermine no contestó.

El anciano se quitó la gorra. La dejó sobre la mesa de la biblioteca, junto al mapa de Alemania, sobre Berlín.

Luego se acercó despacio a la radio. Con la mano derecha, la buena, la apagó.

Y en el silencio de la biblioteca de Doorn, en un país extranjero, a seiscientos kilómetros de la Puerta de Brandeburgo, el último emperador alemán de la casa de Hohenzollern se cuadró, con el bastón y sin la gorra, delante de un aparato de radio apagado, y se quedó así, en posición de firmes, durante mucho tiempo.