Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XII — Telegramas #3
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CAPÍTULO XII — Telegramas #3

—Anthony —dijo Baldwin—, ¿usted ha visto llorar alguna vez a un general prusiano?

—No, primer ministro.

—Yo tampoco. —Baldwin dejó el telegrama—. Y no sé si quiero ver qué es lo que hace llorar a un general prusiano.

* * *

Washington, D.C. 13:00 hrs, hora local.

En Washington era mediodía y la noticia ya era vieja: la habían dado todas las radios a las siete de la mañana, y a las nueve los periódicos de la tarde habían sacado ediciones extraordinarias.

El Washington Post titulaba: GERMAN KING CROWNED WITH IRON, TOLD HE IS DUST .

El New York Times , en su primera edición de la tarde, publicaba en primera página, a tres columnas, la crónica de su corresponsal en Berlín, que había estado en la terraza del Adlon, y una fotografía de la Puerta de Brandeburgo, y debajo, en un recuadro, la traducción de la fórmula.

El recuadro llevaba un título que algún redactor había elegido sin consultar a nadie y que al día siguiente aparecería en cuarenta periódicos del país: «REMEMBER THAT YOU ARE MORTAL» .

En la sinagoga de la calle Sexta, en Washington, el rabino había convocado a la comunidad a una oración especial a las cinco de la tarde.

No sabía muy bien para qué rezar: si de agradecimiento, de esperanza o de miedo.

Al final rezaron el salmo 146, que el rabino eligió porque decía no confiéis en príncipes, en hijo de hombre, en quien no hay salvación; sale su espíritu, vuelve a la tierra , y porque le pareció que, si un rey alemán había aceptado esa mañana que era polvo, los judíos de Washington podían recordarlo con él.

En Yorkville, el barrio alemán de Nueva York, en la calle 86, los locales de las asociaciones germano-americanas afines al Partido, que llevaban tres años colgando retratos de Hitler en las paredes, amanecieron con los retratos descolgados.

Nadie sabía quién los había descolgado. Un periodista del Daily News que fue a preguntar encontró la puerta cerrada y un papel pegado en el cristal, escrito a mano, en alemán: Cerrado hasta nuevo aviso .

En el Despacho Oval, a la una de la tarde, Roosevelt leyó el telegrama de Dodd en su silla de ruedas, junto a la ventana, con Cordell Hull de pie a su lado.

Cuando llegó a I have the strong impression that he was looking at something that was not there , Roosevelt se quedó callado un rato.

—Dodd es un buen historiador —dijo al fin—. Mal diplomático. Pero muy buen historiador.

—Sí, señor presidente.

— Something that was not there. —Roosevelt dejó el telegrama sobre las rodillas—. ¿Sabes lo que me parece, Cordell? Me parece que ese joven estaba mirando algo que ya no va a pasar.

Hull lo miró.

—No sé lo que quiere decir, señor presidente.

—Yo tampoco —dijo Roosevelt—. Pero lo pienso.

* * *

Moscú. 21:00 hrs, hora de Moscú.

El Pravda del día siguiente, 4 de febrero, llevaría en la página cuatro, abajo, a una columna, una nota de doce líneas de la agencia TASS: En Berlín se ha celebrado la ceremonia de entronización del jefe de la junta militar que se apoderó del poder en Alemania el pasado 26 de enero.

La ceremonia, de carácter exclusivamente militar, confirma el carácter bonapartista y reaccionario del nuevo régimen.

Los trabajadores alemanes, privados de sus organizaciones de clase, asisten pasivamente a este nuevo episodio de la crisis del capitalismo monopolista alemán.

Nada más. Doce líneas. Sin fotografía.

La nota la había redactado esa misma tarde un funcionario del departamento de prensa del Comisariado de Asuntos Exteriores, siguiendo instrucciones que le había dado a mediodía, por teléfono, un secretario del Kremlin.

Las instrucciones eran: poco, abajo, sin foto, sin la palabra «rey», sin la palabra «emperador» .

En las colas del pan de la calle Gorki, a las nueve de la noche, con veinte grados bajo cero, nadie hablaba de Alemania. En Moscú, en febrero de 1936, la gente había aprendido a no hablar de nada en las colas.

Pero en el despacho de Stalin, a esa misma hora, había una lámpara encendida.

Stalin tenía delante el telegrama de Surits. Entero. Incluida la última observación, la que Surits había pedido que se considerara personal y no se transmitiera. Krestinski la había transmitido igual. Krestinski lo transmitía todo.

Stalin la leyó tres veces. No conozco ningún poder en la historia que haya aceptado públicamente que alguien lo juzgará. Ni siquiera el nuestro.

Luego cogió un lápiz rojo, el de las anotaciones, y escribió en el margen del telegrama, con su letra pequeña e inclinada, dos palabras:

¿Por qué «ni siquiera»?

Y lo devolvió a la carpeta.

Surits no lo supo nunca. Pero el telegrama quedó en el archivo, con aquellas dos palabras en lápiz rojo en el margen, y los archivos de Moscú no olvidan nada.

* * *

Roma. 17:30 hrs.

En Roma, la noticia había llegado por la EIAR a mediodía y por las ediciones de tarde de los periódicos a las cuatro.

Los periódicos habían recibido instrucciones del Ministerio de Prensa y Propaganda a las dos: sobriedad, tono neutral, ninguna valoración, destacar el carácter militar y no religioso de la ceremonia .

Il Messaggero titulaba: CORONATO A BERLINO IL NUOVO SOVRANO GERMANICO . Sin adjetivos. Il Popolo d’Italia , el periódico del Duce, publicaba la noticia en la segunda página.

Pero en los cafés del Corso, en la Piazza Venezia, en las trattorie del Trastevere, la gente no hablaba de la sobriedad. Hablaba de la palabra.

Imperator.

En latín. En la lengua de Roma. Un alemán, en Berlín, se había hecho llamar Imperator . Y eso, en la ciudad de los césares, cuatro meses después de que el Duce hubiera prometido desde el balcón del Palazzo Venezia un nuevo imperio romano en Abisinia, sonaba a robo.

— Imperatore —decía un camarero del Caffè Greco a un cliente habitual, un viejo profesor de latín jubilado, mientras le servía el café—. ¿Ha oído usted, professore? Imperatore. ¡Un tedesco!

El profesor removió el café.

— Imperator —corrigió—. No imperatore . En latín.

Y no lo ha dicho él. Se lo ha dicho un soldado.

—Bebió un sorbo—. Que es como se hacía antes.

Como se hacía aquí. Los soldados levantaban al general sobre los escudos y le gritaban imperator .

—Dejó la taza—. El nuestro se lo dice a sí mismo desde un balcón.

El camarero miró alrededor, rápido, por si alguien lo había oído. Nadie. O nadie que fuera a decir nada.

— Professore , por favor.

—Ya me callo —dijo el profesor—. Ya soy viejo. A los viejos no nos fusilan, nos jubilan.

En el Palazzo Venezia, a las cinco y media, Mussolini leyó el telegrama de Attolico en la Sala del Mappamondo, de pie, y cuando llegó a il primo capo di governo tedesco che non mi ha fatto pensare all’Austria , arrugó el papel en una bola y lo tiró al suelo.

Suvich no lo recogió.

Mussolini se quedó un rato de pie junto a la ventana. Luego se agachó, recogió la bola de papel, la desarrugó sobre la mesa con las dos manos, alisándola, y la volvió a leer.

— Imperator —dijo—. En latín.

—Sí, Duce.

— Per acclamazione delle legioni. —Mussolini dejó el papel—. Suvich, ¿sabe usted lo que habría dado yo por que me llamaran así?

Suvich no contestó. Sabía la respuesta. Todo el mundo en el Palazzo Venezia la sabía.

—Y un alemán sin apellido se lo ha dejado poner por un capitán —dijo Mussolini—. En una semana.

En el Vaticano, a esa misma hora, Pío XI leía el informe de Orsenigo en su biblioteca, con la manta sobre las rodillas. Pacelli le había marcado con lápiz la cuarta observación: vi al coronado bajar los ojos. No la cabeza: los ojos.

El Papa la leyó en voz alta. Dos veces.

— Bajar los ojos —dijo—. No la cabeza.

—Sí, Santidad.

—Eminencia —dijo el Papa—, en casi sesenta años de sacerdocio he visto a muchos hombres bajar la cabeza ante Dios.

Por costumbre. Por educación. Por miedo.

Por cálculo. —Se quitó las gafas—. Bajar los ojos es otra cosa.

Bajar los ojos es lo que hace un hombre cuando lo que le dicen es verdad y lo sabe.

Pacelli no dijo nada.

—Responda a Orsenigo —dijo el Papa—. Que siga observando. Que no pida audiencia. Que espere a que lo llamen. Y si lo llaman, que vaya solo. Sin séquito. Sin la púrpura. Con una sotana negra.

* * *

Viena. 20:00 hrs.

En el Café Central, en la Herrengasse, a las ocho de la tarde, no había una mesa libre.

Era el café de los intelectuales vieneses, de los ajedrecistas, de los periodistas, de los exiliados rusos de antes de la guerra, de los escritores que no escribían.

Esa noche estaba lleno de gente que no había ido nunca al Café Central y que había ido porque era el único sitio de Viena donde se podía hablar de la coronación en voz alta sin que nadie pensara que se era nazi o legitimista.

Se hablaba de la palabra. Como en Roma.

Imperator.

—Un emperador en Berlín —decía un periodista del Neue Freie Presse , con un cigarrillo en la mano, a una mesa de cuatro—. Un emperador. Y nosotros, que tuvimos uno durante seiscientos años, aquí sentados, con una república de corporaciones y un canciller que va a misa.

—Nosotros tenemos un emperador —dijo un hombre mayor, de bigote blanco, de la mesa de al lado—. Está en Bélgica. Se llama Otto. Tiene veintitrés años.

—Un emperador sin imperio.

—Y el de Berlín, un imperio sin emperador. Hasta esta mañana.

Hubo risas. Pocas.

En los barrios obreros, en Ottakring, en Favoriten, en las tabernas donde se reunían los nazis austríacos, que seguían siendo ilegales y seguían reuniéndose, el ambiente era otro.

La policía de Viena informó esa noche al Ministerio del Interior de que no se habían registrado incidentes, de que los grupos nazis estaban desorientados y desmoralizados , y de que en tres tabernas de Ottakring se habían retirado de las paredes, durante la tarde, los retratos de Hitler, que en Austria estaba prohibido colgar y que todo el mundo colgaba igual.

En la Cancillería, Schuschnigg leyó el telegrama de Tauschitz a las nueve. Lo leyó entero. Se detuvo en la última línea.