Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XII — Telegramas #2
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CAPÍTULO XII — Telegramas #2

Terzo: il nuovo sovrano non ha detto una parola. In Italia si direbbe che è un uomo che non ha bisogno di convincere nessuno. Mi permetto di aggiungere che è il primo capo di governo tedesco, da quando sono a Berlino, che non mi ha fatto pensare all’Austria. Non so se sia una buona notizia.

Attolico.

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Ambasada Rzeczypospolitej Polskiej w Berlinie. Do Pana Ministra Spraw Zagranicznych. Nr 41/36. Ściśle tajne. Berlín, 3 de febrero de 1936.

Señor Ministro:

Ha oído usted lo mismo que yo. Le escribo lo que no se oye.

Hitler nos necesitaba. Necesitaba a Polonia contra Rusia, y por eso firmó con nosotros, y por eso nos sonreía.

Este hombre no nos necesita para nada. No ha hablado de Rusia ni una sola vez.

No ha hablado de nosotros más que con una división concentrada en un solo punto de la frontera, que sigue allí.

En la ceremonia, cuando el capitán dijo «que lo recuerden también quienes lo ven», se volvió hacia la escalinata de la embajada francesa. Yo estaba en el tercer escalón. No sé si me miró a mí. Me gustaría pensar que no.

Mi recomendación, señor ministro, es la siguiente: reconocimiento rápido.

Antes que París. Antes que Londres. Si este hombre va a ser el rey de Alemania durante treinta años, quiero que recuerde que Polonia fue la primera en decirle «Majestad».

Hitler recordaba esas cosas. Sospecho que este también.

Lipski.

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Vyslanectví Československé republiky v Berlíně. Panu předsedovi vlády, pověřenému řízením ministerstva zahraničních věcí. Č. 77. Přísně tajné. Berlín, 3 de febrero de 1936.

Señor presidente del Consejo:

Ha oído la ceremonia. Le transmito una sola observación.

La palabra «Imperator». Un emperador no es un rey. Un rey reina sobre un país. Un emperador reina sobre varios. El título no es el del Káiser, que era «emperador alemán»: es el romano, el de un jefe de legiones que no tiene fronteras escritas.

Hay tres millones y medio de alemanes en nuestra república. Hay una división gris en los Montes Metálicos desde el martes. Y desde esta mañana hay un emperador en Berlín.

Ruego al Gobierno que no se haga ilusiones por el hecho de que este hombre no haya mencionado a Checoslovaquia. Hitler la mencionaba constantemente. Por eso sabíamos lo que quería.

Mastný.

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Полпредство СССР в Германии. Народному комиссару иностранных дел. № 54. Совершенно секретно. Вне очереди. Берлин, 3 февраля 1936 г.

Para el camarada Litvínov. Copia al camarada Krestinski. Copia a la Instancia.

La coronación ha sido ejecutada exclusivamente por el aparato militar. Ninguna participación del clero, de la aristocracia, de la burguesía financiera ni de partido político alguno. El acto de coronación ha sido realizado por un oficial subalterno de la guardia, en nombre del ejército.

Desde el punto de vista del análisis marxista-leninista, nos encontramos ante una forma de bonapartismo militar puro, sin base de clase visible.

El nuevo régimen no se apoya en la burguesía, que no ha sido consultada, ni en la pequeña burguesía, cuyo partido ha sido decapitado, ni en los junkers, cuyos representantes en la Wehrmacht han sido relegados.

Se apoya únicamente en un ejército de procedencia desconocida.

Dicho ejército no figura en ningún registro conocido. Ni alemán, ni extranjero. Insisto en este punto. Ruego que se trate con la máxima seriedad.

Observación personal, que ruego no se archive: el soberano no habló.

En el silencio de la plaza, que era absoluto, el capitán que lo coronó le dijo que era polvo y que sería juzgado.

El soberano bajó la cabeza. Camarada comisario, no conozco ningún poder en la historia que haya aceptado públicamente que alguien lo juzgará. Ni siquiera el nuestro.

Ruego que esta última observación sea considerada personal y no se transmita.

Surits.

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Österreichische Gesandtschaft in Berlin. An den Herrn Bundesminister für die auswärtigen Angelegenheiten. Zl. 29/Pol. Streng geheim. Berlín, 3 de febrero de 1936.

Señor ministro:

El nuevo soberano no ha mencionado a Austria. Ni hoy, ni en ninguna de sus cinco emisiones anteriores. Lo repito porque es lo único que importa.

Durante tres años, el canciller del Reich habló de Austria cada semana. Austria era su patria, su obsesión, su primer objetivo. Este hombre no habla de Austria. No sé si porque no le interesa, porque la da por descontada o porque la está guardando para el final.

En la ceremonia, al pronunciarse la palabra «Imperator», observé al nuncio Orsenigo santiguarse. Lo menciono porque, en Viena, un emperador es una cosa muy concreta, y tiene apellido.

Ruego transmitir al señor canciller federal lo siguiente, a título personal: he visto llorar hoy a un general alemán. Lloraba de lealtad. Es la primera vez en mi vida que veo algo que me hace pensar que este pueblo puede volver a ser leal a algo que no sea un grito.

Tauschitz.

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París. 18:00 hrs.

En los Grandes Bulevares, a las seis de la tarde, los vendedores de periódicos gritaban la edición especial de Paris-Soir con un titular a seis columnas que ocupaba media primera plana: EL REY DE HIERRO .

Debajo, una fotografía de la Puerta de Brandeburgo transmitida por belinógrafo, granulosa, borrosa, en la que apenas se distinguía una figura pequeña en el centro, entre las columnas, y otra delante de ella con los brazos levantados.

La gente compraba el periódico y se paraba a leerlo en la acera, bajo las farolas, con el aliento humeando. Se formaban corros. Se discutía.

En la terraza cerrada del Café de la Paix, junto a la Ópera, dos hombres de mediana edad, con la insignia de los Camelots du Roi en la solapa —la flor de lis, los monárquicos de la Action française—, pidieron champán.

El camarero se lo sirvió con cara de no aprobar.

Uno de ellos levantó la copa y dijo, en voz alta, para que lo oyera toda la terraza:

—¡Por el rey!

Un hombre de la mesa de al lado, un obrero con gorra y bufanda roja, se volvió.

—¿Por cuál? ¿Por el suyo, que no existe, o por el de los boches?

—Por cualquier rey —dijo el monárquico—. Ya ve usted, señor. Hasta los alemanes se han dado cuenta de que la república no sirve para nada.

El obrero se levantó. El camarero se interpuso.

No llegaron a las manos. Pero la discusión siguió, en voz alta, durante media hora, y se fue extendiendo a las otras mesas, y al final había veinte personas en la terraza del Café de la Paix gritándose sobre si Francia necesitaba un rey, y nadie hablaba ya de Alemania.

En la Cámara de los Diputados, en el Palais Bourbon, la sesión de la tarde se suspendió a las cinco y media después de que un diputado comunista acusara al gobierno de complicidad con la reacción monárquica internacional y un diputado de la derecha le contestara que prefería un rey en Berlín a un comisario en París.

Hubo empujones en el hemiciclo. El presidente de la Cámara, Bouisson, levantó la sesión.

En el Hôtel Matignon, Sarraut leyó el telegrama de François-Poncet dos veces y se lo pasó a Flandin sin decir nada.

Flandin lo leyó.

— Hitler nos quería destruir y este, por lo que veo, no nos quiere para nada —leyó en voz alta—. Lo cual no es lo mismo que dejarnos en paz.

—François-Poncet escribe muy bien —dijo Sarraut.

—Demasiado bien. —Flandin dejó el telegrama—. ¿Reconocemos?

Sarraut se quitó las gafas. Se frotó los ojos. Era la tercera vez en ocho días que lo hacía delante de Flandin.

—No esta semana —dijo—. Que reconozcan primero los ingleses. Si reconocemos nosotros primero, la Cámara me tumba el jueves. Si reconocen los ingleses y nosotros detrás, la Cámara dirá que es culpa de los ingleses.

—¿Y si reconocen los polacos antes que los ingleses?

—Entonces —dijo— tendremos un problema distinto.

* * *

Londres. 19:00 hrs.

Fleet Street tenía las luces encendidas desde las cuatro de la tarde, y a las siete todas las rotativas de Londres estaban imprimiendo la misma fotografía.

El Daily Express titulaba: IRON CROWN FOR GERMANY’S NEW KING .

El Daily Mail , que durante tres años había publicado editoriales elogiosos sobre Hitler y había tenido que pasar la semana anterior buscando cómo no publicarlos más, titulaba con prudencia: KONRAD CROWNED: NO SPEECH .

El Daily Herald , el periódico del Partido Laborista, titulaba: A SOLDIERS’ KING , con un editorial que decía que era preferible cualquier cosa a Hitler, pero que los trabajadores británicos no aplaudirían nunca una corona puesta por un ejército.

El News Chronicle publicaba la fórmula de coronación entera, traducida, en la primera página, en un recuadro con borde negro.

El Times , que no tenía edición de tarde, preparaba para la mañana siguiente un editorial que Geoffrey Dawson, su director, estuvo reescribiendo hasta las dos de la madrugada y que, al final, se titularía simplemente Dust . Polvo.

En los pubs de Whitehall, los funcionarios del Foreign Office que salían de trabajar comentaban en voz baja el telegrama de Phipps, que ya había circulado por todos los despachos. La frase del final, la del general prusiano llorando, se repetía de mesa en mesa.

En la sede de la British Union of Fascists, en Chelsea, sir Oswald Mosley había reunido a su estado mayor a las cuatro y llevaba tres horas sin conseguir que nadie se pusiera de acuerdo sobre qué decir.

Durante tres años la BUF había presentado a Hitler como el modelo de lo que Inglaterra necesitaba.

Ahora Hitler estaba picando piedra, y el hombre que lo había mandado allí era un rey que no hablaba, que no desfilaba, que no gritaba y que había juzgado a los fascistas alemanes por sus ideas .

A las siete, Mosley salió de la reunión sin haber decidido nada y se fue a cenar solo.

En Downing Street, Baldwin leyó el telegrama de Phipps con la pipa apagada en la mano, y al llegar a la última línea se quedó un rato mirándola.

— Never in thirty-seven years —leyó en voz alta.

Eden, que estaba en el sillón de enfrente, esperó.