Una deuda siniestra 17
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Flora fue a verme cuando todo acabó. Sorprendida, dijo que pensó que iba a encontrarme más flaca. Yo le expliqué que mi vecina había estado dejándome comida. Aun así, más por mi actitud que por mi aspecto, yo me veía derrengada como un perrito rescatado de las calles.

Flora acomodó velas blancas en varios puntos del apartamento y me hizo un rezo con hierbas y agua.

—A partir de hoy, empezarás a sanar —dijo y me entregó un amuleto.

Así es, amor, yo te dije que Flora me lo dio hace años.

Tú pensaste que era un simple detallito hecho a mano.

Los símbolos que ves aquí en la madera, la forma de los alambres que la recubren y la piedra incrustada son mucho más que una artesanía.

Sé que es poco probable que alguien quiera hacerme daño otra vez, pero no me atrevo a quitármelo del cuello.

Es como cuando alguien se te mete en la casa y te roba todo; nunca más sales o te acuestas sin antes revisar que todas las entradas tengan seguro.

—¿Qué pasará ahora con Samir? —le pregunté a mi hermana al cabo de un rato.

Ella suspiró y se encogió de hombros. Estábamos en mi cama. Flora había comprado mi helado favorito y ambas metíamos las cucharas en el pote.

—La verdad, no estoy segura. Solo sé que ya no te estorbará más.

Debes saber que las brujas guardan su conocimiento como los magos, a menos que adopten discípulas. Yo no lo era, pero me mataba la curiosidad.

—¿Qué le hiciste?

La cara de mi hermana se ensombreció, e inmediatamente me arrepentí de hacer la pregunta. Flora no pudo mirarme a los ojos cuando contestó.

—Hice lo que tenía que hacer para protegerte.

Lo dijo con un ligero temblor en la voz. Gracias a eso, me di cuenta de que Flora actuó, en parte, contra su voluntad; que rompió la promesa que se había hecho a sí misma años atrás.

—Samir trabaja para un señor oscuro, pero yo trabajo para una señora de luz —comentó—. Y la luz no solo ilumina. También quema y enceguece. Arde.

Flora me hizo prometer que nunca hablaríamos sobre lo sucedido. Encerraríamos el recuerdo en un cofre y lo arrojaríamos al fondo del océano.

—Si averiguas algo sobre él, no me lo cuentes. No quiero saber nada —lo dijo como si esa fuese la única manera de vivir con lo hecho. Me puso los pelos de punta.

Yo no me enteraría del paradero de Samir sino hasta una semana después.

Mis primeros días de libertad los pasé con Marinelda.

Ella decía que la pensión de su difunto esposo le daba mucho más dinero del que necesitaba, así que hicimos mercado para mí, me regaló ropa y hasta cosas para el hogar.

Tuve la sensación de que ella había querido hacer eso hace tiempo ¿sabes? Cuidarme como a una hija.

Mientras el sol estaba afuera, podía decirse que mi ánimo se mantenía a flote.

Me tomaba las cosas con calma; cocinaba en silencio, comía despacito y caminaba arrastrando los pies.

Cada vez que se colaba un recuerdo de Samir en mi mente, yo lo barría como al polvo, sin afán ni miedo, solo con una convicción paciente.

Sin embargo, uno no puede huir de los problemas para siempre.

Por las noches, las pesadillas me asaltaban para recordarme que todavía tenía heridas abiertas en el fondo de mi memoria.

Eran sueños feos. No tanto como los que Samir me indujo, pero igual me perturbaban.

Cuando despertaba jadeando y fría por el sudor, encendía la luz para confirmar que estaba sola, que ya no me encontraba en esa maldita casa.

Tras recuperar la calma, casi agradecía esos sueños, porque al menos eran míos. Yo era mía otra vez.

Me sorprendí pensando en Juan Sebastián varias veces, no porque lo extrañara, sino porque me resultaba sorprendente recordar que él y yo ya no respirábamos el mismo aire.

Juan Sebastián era violento y medio bruto, sí, pero también ignorante.

Se había desvanecido tan rápido como los últimos rayos de un atardecer, y lo había hecho sin descubrir su último propósito en la vida; sin alcanzar sus metas y paz interior; sin amar de verdad.

Y dime, cariño, ¿quién no es capaz de sentir lástima por los ignorantes?

Alguno de esos días, mientras metía la ropa a la lavadora, mi celular comenzó a sonar.

Era Samir. Me quedé parada viendo el teléfono como una hueva1.

«¿Contesto o no contesto? ¿Qué quiere?».

La llamada finalizó antes de que me decidiera.

Retomé mi oficio, nerviosa, pero pocos minutos después, me llegó un mensaje:

esmeralda, te escribe amanda londoño. soy amiga de samir.

él está internado en el hospital de serena del mar.

por los mensajes, vi que tú y él tenían una relación.

no te preocupes, no leí mucho. solo te escribo por si quieres venir a verlo.

creo que no tiene a más nadie además de nosotras. está muy grave.

¿Recuerdas a Amanda? Sí, la que fue empleada doméstica de los Aissa, la familia de Samir. No, Amanda no tenía manera de saber que Samir y yo estábamos en malos términos porque la última vez que hablamos fue por llamada. El chat de WhatsApp seguía lleno de mensajes cursis.

Tú pensarás, cariño, que lo más lógico —y lo mejor para mi salud mental— era no ir, pero a mí me carcomía la curiosidad.

No me avergüenza confesar ahora que quería ver su castigo con mis propios ojos, pero mi verdadera motivación era que yo deseaba cerrar ese capítulo de mi vida con la certeza de que Samir ya no podía lastimarme.

Yo vivía con ansiedad, Vigo. Cualquier ruido o suceso me sobresaltaba.

El corazón me decía que todo estaba bien, que las cosas habían acabado por fin, pero la mente es algo totalmente distinto.

Te paraliza si cree que todavía existe una amenaza.

Yo tenía que deshacerme de ese temor de una vez por todas.

Le di las gracias a Amanda por avisarme y le dije que iría esa misma tarde.

La unidad de cuidados intensivos estaba llena, pero tranquila, excepto por un paciente que entró en código azul.

No tengo idea de lo que es, pero una enfermera dio la alarma y el personal corrió para asistir con aparatos y medicamentos.

Por lo demás, las camillas estaban ocupadas por personas inconscientes, intubadas y con máquinas conectadas a sus cuerpos.

Le pregunté a una enfermera dónde se encontraba Samir Aissa, y señaló una camilla oculta tras unas cortinas. Las abrí despacio, vacilante, consciente de que ahí reposaba, literalmente, el hombre de mis pesadillas.

Amanda estaba sentada en una silla junto a la camilla resolviendo una sopa de letras en un periódico.

Intentó levantarse para saludarme, pero yo le pedí que no se moviera.

Ya se le notaban los años. En lo que duró esa breve interacción, yo casi no pude apartar los ojos de Samir.

Casi todo su cuerpo estaba vendado. Tenía la cara roja e hinchada, pero estaba reconocible aún. Parecía dormir.

—¿Qué le pasó? —le pregunté a Amanda.

La señora soltó un suspiro largo y miró a Samir con pesar. Ella no veía al hombre malvado que era, sino al niño alegre y vulnerable que crio.

—Unos vecinos oyeron los gritos y llamaron a la ambulancia.

Nadie sabe cómo se quemó. No hubo incendio, tampoco químicos.

—Amanda puso una mano sobre el antebrazo vendado de Samir—.

Mi pobre muchacho. La médica dijo que son quemaduras de tercer grado.

«Llamen a Amanda Londoño», fue todo lo que alcanzó a decir antes de que cayera inconsciente.

Yo no supe qué decir. Las palabras no se formaban en mi mente, y yo estaba demasiado impactada para, al menos, fingir compasión. Amanda aprovechó mi silencio para seguir hablando.

—Estás muy grande y bonita. —Me vio de arriba abajo y sonrió como abuelita orgullosa—. Todavía recuerdo cuando ibas a la casa y me pedías sándwiches de mortadela con mermelada.

Amanda agarró el teléfono de Samir.

—Yo llevaba ratos pensando en si desbloquearlo o no. No quería ser atrevida, pero cuando lo intubaron y dijeron que sus órganos estaban fallando… Bueno, pensé que lo mejor era avisar a sus seres queridos. Le puse el celular frente a la cara y, cuando abrí WhatsApp, nada más te encontré a ti.

Amanda volvió a mirar a Samir.

—¿Tú crees en la brujería, Esmeralda?

La pregunta me dejó tiesa. Abrí mucho los ojos y tardé varios segundos en asentir. Lo hice despacio, con miedo a que la respuesta misma pudiese condenarme a sufrir otra vez.

—Yo creo que este muchacho se metió en cosas malas. No, no creo. Estoy segura.

Entonces, yo por fin pude preguntar.

—¿Por qué lo dice?

—Porque cuando llegué, vi a una figura negra de pie junto a la camilla. Ahí mismito, donde tú estás parada. No sé qué clase de ente maligno era, pero estoy segura de que vino por Samir. Lo está esperando.

Amanda dijo que me había puesto pálida y que, si yo no quería, no contaría nada más. Las historias de terror no son para la gente nerviosa, mucho menos las que suceden en la vida real. Yo le pedí que prosiguiera.

—Yo soy sanadora. Toda mi familia lo es, pues.

Uno sabe que cuando el cuerpo está grave, lo único que queda es intentar salvar el alma.

Comencé a rezar a Samir esa misma noche en mi casa, pero él ya estaba más allá que acá.

Aunque tenía esperanza, a este muchacho no más hay que verlo pa’ saber que le hicieron un trabajo de retorno.

Algún daño hizo. Y en vez de disolver el hechizo, lo que hicieron fue devolvérselo.

»Yo a él le enseñé algunas cosas cuando era pela’o. Para que le fuera bien en el trabajo, pa’ que tuviera salud y paz en su corazón. Cosas buenas, de luz. Pero quién sabe si él siguió alimentando esa curiosidad y se metió en asuntos que no debía.

En ese momento, Amanda me pidió que la ayudara a ponerse en pie.

Le tronaron como cinco articulaciones distintas.

La recordaba alta, pero la vejez la encogió hasta que su cabeza canosa quedó a la altura de mi pecho.

Amanda soltó una madreada2 general porque el frío de la sala la mantenía con ganas de orinar, y dijo que ya volvía.

Samir y yo nos quedamos solos. Lo digo así porque, para ese punto, yo ya tenía bien claro que no estaba sola.

Ni yo ni nadie. Entes que nos llevan años luz de conocimiento nos ven comer, reír, dormir y llorar.

Algunos nos envidian porque extrañan la vida, otros solo sienten curiosidad.

Esto último era lo que yo sentía mientras observaba a Samir.

Nada de lástima o remordimiento, pese a que él estaba ahí, en parte, por las acciones de mi hermana, y por tanto las mías.

Eso de «disolver un hechizo» es como una meada en la playa, llega un punto en que el orín desaparece en el agua.

Flora pudo hacerlo así, pero ella vio más allá.

Fue precavida, pues como bien decía el mismo Samir: «Asestar un puño es fácil, rápido, pero dañar a alguien lo suficiente como para no temer su venganza, eso es más difícil».

Flora hizo un hechizo para devolver la energía que nos lanzaron, una especie de legítima defensa en el mundo espiritual, con la que no hay riesgo de karma.

Aun así, a Flora no le gustó para nada hacerlo.

Ella dice que para tener éxito practicando la magia hay que ser congruente: tienes que vivir con lo hecho, lo bueno y lo malo, y no andar poniéndole dos caras a la gente.

Si haces un daño, asume la responsabilidad con honestidad, porque a veces el único juez eres tú, y no hay nada que condene más a un ser humano que la osadía de intentar engañarse a sí mismo.

Estoy segura de que mi hermana no se arrepiente de lo que hizo, pero tampoco se enorgullece.

Mientras observaba los globos oculares de Samir, que estaban inertes, me pregunté cuánto tardaría en morirse.

Su respiración apenas se distinguía bajo el vendaje, parecía una momia de verdad.

Fue entonces cuando una voz habló a mis espaldas, muy cerca de mi oído.

Era femenina, pero no delicada. Su fuerza me recordó al océano, a los huracanes y tsunamis.

Retumbó en mi mente y se esparció sobre mi piel como lava hasta llegar a mi corazón.

Supe de inmediato que esa voz había comandado el destino de millones de almas y hablado en muchos lugares.

¿De quién era? De la Santa Muerte, de Morgana, de Dios. Sabrá Mandrake. Para serte sincera, me siento más a gusto en la ignorancia, mi amor. Hay preguntas que es mejor no intentar responder. Sin embargo, me asustó tanto que, de no ser por lo que dijo, habría pensado que se hallaba ahí por mí.

—Tú decides. Lo dejo sufrir más tiempo o me lo llevo.

No tuve que pensarlo mucho rato. ¿De qué me servía su padecimiento, más que para satisfacer mi rencor? Samir no valía ni mis pensamientos, por mucho que los ocupara en contra de mi voluntad.

—No quiero tener más deudas. Llévatelo y termina con esto, por favor —le dije.

No duró ni cinco minutos más. ¿Alguna vez has visto a alguien morir, cariño?

Es una experiencia tremenda. Puedes percibir el momento exacto en que el alma abandona al cuerpo y este se convierte en un recipiente vacío.

Es lo mismo que ver una pata de cerdo colgando en una carnicería.

Delante de ti, hay materia orgánica, nada más.

La muerte es tan breve y desconcertante como pinchar un globo lleno de agua que sostienes en las manos. No alcanzas ni a decir adiós.

Bip. Bip. Bip. Biiiiiiip…

Llegaron corriendo dos enfermeras y un médico, me sacaron de la sala, y esa fue la última vez que vi a Samir.

Amanda me avisó del funeral, pero no fui.

Mi historia con él, una que duró siglos, había concluido.

Sentí cómo el peso que aplastaba mi alma se levantó y, como por arte de magia, tuve la certeza de que iba a estar bien.

Me tomaría tiempo y mucha terapia sanar, pero lo superaría.

El pájaro fatigado de tanto volar aterrizó al fin.