Una deuda siniestra 16 #2
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Marinelda, en cambio, pese a su desgracia, aún tenía mucho por ofrecer.

Y así, durante mi encierro, cada vez que sonaba el timbre, una bandeja con comida aparecía sobre un banquito cuando abría la puerta.

Aquello fue como un rayo de luz para lo que fueron, sin lugar a dudas, los días más oscuros de mi vida.

Yo miraba el reloj y me parecía que las manecillas no avanzaban.

Habría preferido las cámaras de tortura medieval, te lo juro.

Gracias a eso adopté el cigarrillo. Sé que te molesta que lo haga porque te preocupas por mí, pero ahora que vas a conocer el origen del hábito, tal vez mires la situación con otros ojos.

El orden de los sucesos no lo conservo en mi memoria, pero sí recuerdo todos y cada uno de los horrores. Te contaré los que más me marcaron.

Samir me mostró visiones horribles de mi mamá.

Ella sufría algún accidente, se ahorcaba o moría agonizando en una clínica.

Sin embargo, todos los sueños terminaban igual: conmigo llorando sobre su ataúd en una habitación oscura y vacía.

Una luz amarilla caía de arriba y alumbraba la cara lívida de mi mamá.

De pronto, ella abría esos ojos blanquecinos, velados por la muerte, y me miraba.

Sabía desde el primer momento que había una entidad maligna ahí, pero tenía el rostro de mi madre, y yo me quebraba cuando decía:

—Estoy sufriendo aquí abajo, Esme. Todos los días cortan mi cuerpo mil veces, y luego me sumergen en vinagre.

La voz desgastada de mi mamá estaba compuesta de los gritos de almas en pena, del llanto de niños aterrados, de la soledad de la muerte sin descanso.

Mi mamá hablaba como si hubiese podido escapar, tan solo un momento, del horror; como si allí donde se encontrara no existiera la piedad ni la luz, solo miseria.

—Yo voy a sacarte, mami —le respondía e intentaba abrir el ataúd.

—Ya es tarde, mija. Esto es culpa tuya. No quisiste ayudar a tu mamá en vida. Ahora mírala padecer en la muerte.

Tras decir eso, las mil heridas aparecían en su cuerpo y comenzaban a sangrar, manchando las paredes blancas y acolchadas del ataúd.

La sangre subía y subía. Oía cuando mi madre broncoaspiraba y se estremecía, luchando por respirar.

Se ahogaba en su propia sangre, y yo no podía hacer nada más que dar gritos y golpear el cajón.

Cuando Samir se cansó de atormentarme con mi mamá, comenzaron las visiones de Flora.

Esas eran peores, porque ocurrían mientras estaba despierta.

Yo podía estar barriendo el piso para distraerme y, de pronto, Flora aparecía desnuda frente a mí, cubierta de moretones, con la cara reventada y la vagina sangrando.

—Piedra, ayúdame —decía mientras caminaba con las piernas rígidas y semiabiertas por el dolor—. Haz que paren. Por favor. Ellos llegan por la noche, cuando la oscuridad los resguarda.

Samir me amenazaba con hacerle vivir el peor miedo de toda mujer.

Yo tapaba mis oídos para no oír los gritos, el llanto, pero era imposible.

Cuando cerraba mis ojos, me sentía rodeada de presencias inmensas, como jabalíes que persiguen a una presa.

Esas bestias estaban hechas de una oscuridad calcinante.

Respiraban en mi cuello, orejas y espalda un aliento caliente y vaporoso que me producía arcadas.

Era como una mezcla entre animal muerto y alimentos podridos.

Aunque esos entes no podían tocarme, la pura intimidación no era menos horrible.

Me oriné encima un par de veces. La tortura podía durar horas.

Yo terminaba tan exhausta que me rendía al sueño, todo para que el suplicio se reanudara con pesadillas.

Una de esas veces, Japunda comenzó a tirar las puertas.

Yo creía que el ruido provenía de mis sueños, pero finalmente desperté.

No sé si fue ella, Morgana o un ángel lo que me obligó a levantarme rápido de la cama.

No puedo explicar el impulso, simplemente lo hice.

El ventilador de techo comenzó a crujir y traquetear.

Segundos después, se desprendió y cayó. Una de las astas atravesó el colchón por completo, justo en el espacio donde yo dormía.

Llamé a mi hermana llorando. No podía ni hablar, solo daba gritos de pánico y ansiedad.

—Ya solo queda un día para que mi trabajo esté completo, piedra —Flora afirmaba la voz para ocultar la angustia—. Aguanta, Esme. Yo estoy aquí protegiéndote.

Para ese momento, yo temblaba a todas horas, me arrancaba los pelos de las piernas uno a uno, mordía el interior de mis mejillas hasta sangrar y caminaba de un lado a otro para aplacar las ganas de huir.

Ya no diferenciaba los sueños de la realidad.

Me sentía observada todo el tiempo. Veía rostros y figuras por el rabillo del ojo, a veces hasta de frente.

Las apariciones eran como destellos; no duraban más que un segundo, tiempo suficiente para arrancarme el calor de las entrañas.

Podía ver una sombra a través de la ranura de una puerta y su marco, o descubrir una cara que me observaba desde los pieceros de la cama justo después de encender una luz por la noche.

Samir me había encerrado en una prisión espiritual para castigarme por no estar con él, y yo no dejaba de pensar que mi madre y mi hermana pronto sufrirían por mi culpa, por haberlas metido en eso.

Yo estaba segura de que él intentaría lastimarlas, incluso por mero desquite.

Solo en ese escenario, creo que me habría suicidado.

Yo no hubiera podido arrastrar esa cruz por el resto de mi vida.

¿Que por qué no se metió con Marinelda? Pues porque no la conocía, gracias al cielo.

Tampoco tenía fotos suyas y su nombre, a diferencia del caso de Flora y mi mamá.

En mi Instagram, yo tenía varias con ellas, y a un brujo le basta con eso para trabajar.

Imagino que así fue como logró dañar a Juan Sebastián, pero lo que yo te diga es mentira.

No fue ninguna coincidencia que Samir sacara una cita médica con él.

No sé qué pasó en ese consultorio, pero dudo que Samir se haya marchado de ahí con las manos vacías.

Él planeó su historia como todo un novelista; se buscó una damisela en peligro, superó obstáculos y eliminó a su enemigo para conseguir su felices por siempre. Para su desgracia, él jamás vio venir a la bruja del cuento.

2. Expresión costeña colombiana. No tenerle miedo a algo, no importarle o enfrentarlo sin temor.