16
—No esperaba menos de él —dijo Flora después de que le conté lo poco que había dicho Samir—. Él va a intentar recuperarte, y yo tengo que protegerte.
Mi hermana comenzó a rascarse la cabeza. Me acerqué para tomarla de la mano y decirle que ella ya había hecho suficiente por mí. Le prometí que, sin importar lo que hiciera Samir, yo no iba a suicidarme. No iba a darle continuación a ese ciclo de desgracia.
No a todas las hermanas les pasa, pero me atrevo a decir que la gran mayoría experimenta esa conexión invisible por la que una siente su dolor, su alegría y su enojo como si fueran siamesas.
Una no puede evitarlo. Recuerdo que, en el colegio, si uno de los compañeritos de Flora la molestaba, yo llegaba para amenazarlos y regañarlos.
En el fondo, quería pegarles una patada, pero no eran de mi tamaño.
Del mismo modo, Flora no iba a quedarse de brazos cruzados mientras yo siguiera sufriendo.
—¿Recuerdas que Japunda dijo que pasó muchos días en cama? —me preguntó—. Desde la luna nueva hasta la menguante.
Yo le dije que sí.
—Por lo general, eso es lo que tarda en completarse un trabajo de protección: veintiún días. Yo haré el hechizo, y tú tendrás que quedarte encerrada. No puedes salir ni a la esquina.
Flora me explicó que, si el trabajo quedaba bien hecho, cualquier hechizo que Samir intentara hacerme fracasaría. Era probable que él viera venir nuestra jugada, por lo que no solo intentaría recuperarme, sino que también trataría de lastimar a quien sea que me estuviera defendiendo.
La razón por la que yo debía quedarme en casa era porque no sabíamos hasta dónde podía llegar Samir ni con qué entidades iba a trabajar.
Ese era el lugar más seguro para mí. Japunda sufrió veintiún días en cama porque las sabedoras de su pueblo intentaron protegerla del brujo Anton, que a lo mejor atormentó su mente para que volviera con él.
Algo similar podía sucederme, aunque no lo sabríamos hasta empezar. Cuanto antes, mejor.
—No puedo quedarme contigo porque necesito mi cuarto para trabajar —dijo Flora y metió el bóxer de Samir en su bolso—. No dejes entrar a nadie. Samir puede maldecir a cualquier persona que te esté acompañando, incluso sin intentarlo. Te llamaré a menudo.
Ese día, Flora dejó en mi casa muchas velas negras que se suponía que servían para obtener protección y justicia. También me trajo comida fácil de conservar y preparar, mucha más de la que yo esperaba comer por aquel entonces. Créeme cuando te digo que, si yo comía una vez al día, era mucho.
Cuando me quedé sola, el silencio se asentó en mis oídos. Yo no lo sabía, pero esa era la calma que precedía al tsunami. De pie, en medio de la oscuridad y las velas, me sentí desnuda ante una multitud.
—Japunda —llamé. Y ella no demoró en llegar.
No podíamos hablar, pero era suficiente consuelo verla.
La vida se hace más llevadera cuando hay quien te acompañe en las desgracias.
La sequedad de la muerte que había carcomido su rostro y la frialdad de su presencia ya no me espantaban.
Por primera vez, Japunda me miraba con curiosidad y, quizá, una pizca de cariño.
Parecía que era consciente del frío que manaba porque, cuando me fui a la cama, ella, en vez de acostarse conmigo, se sentó en una esquina del cuarto.
La transparencia de su aspecto se acentuaba con la luz de las velas.
Recuerdo que sentí lástima por ella. No importaba qué tan cerca estuviera del fuego, ella ya nunca más podría entrar en calor.
Lo que está congelado sufre el infortunio de no descomponerse del todo.
Nunca desaparece ni descansa. A eso la había condenado Anton. Al frío eterno.
Cuando cerré los ojos, me reconfortó la idea de que yo reposaba por las dos; que Japunda, al verme dormir, sentiría un poco de paz, pues un rato de sosiego se aprecia mucho más cuando una guerra lleva siglos librándose.
Dormí bien por unas pocas horas, pero pronto el calor me despertó, pese a que había dejado la ventana abierta para no asarme. Una luz muy tenue, entre amarilla y blanca, entraba por la ventana. Las velas ya se habían consumido.
De pronto, sentí una presencia a mis espaldas.
Se quejaba y gemía. Estaba segura de que no era Japunda, porque los vellos de mi piel se erizaron como si una bestia estuviese pasando su lengua, de abajo hacia arriba, por mi columna vertebral.
Me producía un hormigueo espeluznante. Yo no quería voltearme, pero tuve que hacerlo. Nadie puede dormir junto a un monstruo.
El miedo retardó mis movimientos. Respiraba hondo, pero muy rápido, mientras las gotas de sudor rodaban por todo mi cuerpo.
Después de incorporarme, despacio, giré mi cabeza hacia la izquierda.
Ahí estaba mi madre, o bueno, algo que se hacía pasar por ella.
Sus párpados y labios estaban cerrados y cosidos.
Ella tenía la cabeza vuelta hacia mí. A excepción de su pecho agitado, que subía y bajaba, mi mamá no podía moverse. Estaba paralizada.
Comenzó a dar gritos que rebotaron al llegar a sus labios.
Yo brinqué de la cama. «Esto es lo que va a pasarle a tu mamá», era el mensaje de Samir.
De puro rencor, podía enfermarla y dejarla postrada en una cama.
Le quitaría la vista para que nunca más pudiese ver el día ni la noche, y le arrancaría la voz para torturarla.
Porque dime, Vigo ¿qué es peor que pensar y no poder hablar?
¿Sufrir sin poder quejarse? ¿Escuchar y nunca opinar?
Yo estaba encogida, semidesnuda y temblando a un lado de la cama. Cerré los ojos, cubrí mis oídos y comencé a cantar mi vieja canción de los ángeles. Mientras yo más cantaba, más alto gemía mi mamá. Esa batalla se libró hasta que salió el sol. No sé en qué momento me quedé dormida.
Oí el timbre, y creí que estaba soñando. «No voy a abrir», pensé, «no puede haber nada bueno tras esa puerta», pero el sonido insistió hasta que desperté. Tenía el culo entumecido y las piernas acalambradas. Miré mi celular: nueve de la mañana.
Respondí con un grito al llamado y me vestí rápido. No te imaginas la alegría que sentí cuando abrí la puerta y vi a mi vecina Marinelda. En su semblante había una angustia contenida.
—Fernei me dijo que volviste anoche. Él siempre ha sido muy chismoso, yo sé. Pero bueno, yo solo quería ver que estuvieses bien, Esme. —Su voz estaba tan quebrada como yo. Los dedos le temblaban mientras se pellizcaba las cutículas.
A mí se me aguaron los ojos y me lancé a darle un abrazo.
—Mi niña, mi niña linda —decía y me acariciaba la espalda, como si yo fuese en verdad esa hija que perdió—. ¿Dónde te habías metido?
No, no necesito pañuelos. Gracias, mi amor. Solo es la emoción del recuerdo.
Me dio tanto gusto percibir su calor, sus manos arrugadas, su olor. Comencé a reír y a llorar. Es verdad cuando dicen que el amor sana, porque Marinelda estaba regresándome a la vida con su abrazo, derritiendo el bloque de hielo que era mi alma.
Le conté que perdí mi trabajo y que estuve viviendo con un muchacho por un tiempo, pero que las cosas habían salido mal.
—Pues ven conmigo hasta que consigas trabajo —soltó de una vez.
Yo le dije que no, que mi situación era complicada y que necesitaba estar un tiempo sola. Marinelda no era entrometida, así que no pidió más explicaciones. Era terca, eso sí. Dijo que nada de estar sola.
—Estás en los huesos, pálida y quién sabe si hasta enferma.
Marinelda me sujetó la cabeza con ambas manos para examinarme los ojos.
Creo que no te había contado que era enfermera.
Antes de pensionarse, claro. Ella arrugó los labios, que lucían su acostumbrado labial granate, y luego negó con la cabeza.
La piel que ya le colgaba de las mejillas vibró con esa ternura propia de la tercera edad.
—Ven a comer conmigo todos los días —dijo.
Le dije que no podía, que tenía que quedarme en mi apartamento.
—Mi hermana es sanadora —dije, pero Marinelda puso cara de no entender, y añadí «médium». No quise decir bruja. La gente siempre le da a la palabra una connotación negativa—, está haciendo un trabajo de limpieza. No puedo salir y nadie debe entrar aquí por unas tres semanas.
—Pues te dejo la comida en la puerta. Pero te la comes, Esmeralda, o entro yo y te la doy en la boca. Yo no como2 de fantasmas ni de demonios. A mí me protege la sangre de Cristo.
Por su tono y esa manera vehemente de nombrar a Jesús, me pareció estar viendo a mi mamá, a mis abuelas y a mis tías. Todas unidas en un cuerpo para transmitir el mensaje universal del cuidado y la obediencia.
¿Que por qué no le conté a mi madre? Primero que todo, ella le habría echado la culpa a Flora inmediatamente.
Habría dicho que, con su brujería y vainas del diablo, ella había traído desgracias a la familia.
Tú sabes que doña Irma es una mujer difícil.
A ti te consta, cariño. No olvides que te dijo en la cara que no iba ir a Holanda porque el avión se podía caer y porque, de todas formas, en ese país lo único que hay es marihuaneros.
Yo no iba permitir que mi mamá se ensañara con Flora otra vez.
Además, a diferencia de Marinelda, mi mamá sí hubiese exigido detalles de todo, y yo no estaba preparada para dárselos.
Su reacción no me habría ofrecido seguridad o calma.
Ella es la clase de persona que ve problemas en todos lados, y no la culpo.
Mi madre siempre ha habitado este mundo en modo supervivencia, al igual que gran parte de los colombianos.
No debía ni quería exigirle una paz que no podía brindarme.