15 #2
Verme a mí misma de esa manera, como en una profecía, hizo que me diera cuenta de que estaba cansada de ser tan vulnerable.
La gente podía echarme del trabajo, de mi casa; podía decidir por mí, golpearme y hasta violarme.
Estaba harta de ser la marioneta de mis miedos: había huido de Juan Sebastián, de Japunda, de Samir, y sobre todo de mí misma.
No soportaba contemplar a la persona en la que me había convertido, siempre mendigando confianza, ayuda y seguridad.
Romper ese espejo era lo único que podía decidir por mí misma, independientemente de cuál fuese la última parada de mi viaje en esta tierra.
Rugí cuando el vidrio estalló al contacto con el ablandador.
Uno, dos, tres golpes más, por si acaso.
Tras salir del cuarto, cerré la puerta. No fuera a ser que algo saliera de ahí para matarme en verdad.
Mi celular vibró para avisar que el conductor había llegado.
Cuando comencé a levantar mi equipaje, sentí que las fuerzas abandonaron mi cuerpo.
Más bien, era como si algo invisible, pero muy pesado, estuviese bajando sobre mí e intentase tirarme al suelo.
Abrí la puerta con la vista ya borrosa. Afortunadamente, el conductor lo notó y se bajó rápido del carro.
—Mis cosas están adentro. Por favor, ayúdeme. Me siento muy mal —le dije.
—¿Esmeralda? ¡Soy Gustavo! Tu compañero del colegio —me respondió. Yo levanté la vista y lo reconocí. No tenía idea de que hacía InDrive—. ¿No prefieres que te lleve a un hospital?
Yo me negué y le pedí que fuera a la dirección marcada.
En el momento en que entré al carro y Gustavo cerró la puerta, perdí la conciencia.
Desperté cuando distinguí la vibración de mi viejo ascensor.
Gustavo y mi hermana me sujetaban apoyando mis brazos sobre sus hombros.
Afirmé un pie para volver a sostener mi peso, luego el otro.
—Tú abre —dijo Gustavo—. Yo la acuesto en la cama.
Mi visión estaba nublada, pero al menos había vuelto. Vi que mi hermana intentó pagarle, pero Gustavo se echó para atrás y levantó las manos como si el billete estuviera en llamas. Antes de irse, dijo que en verdad le parecía que debía ir al hospital, que tenía la mirada perdida.
Oí que Flora se quejó de que el ventilador no encendía. Lógicamente, todos los servicios estaban cortados. Ella abrió la ventana, y la brisa fresca y el sol de la tarde me revivieron un poquito.
—Te pondrás bien. Lo que sientes es tu energía volviendo a tu cuerpo —comentó Flora y empezó a frotar mi frente y palmas con un trapo empapado de agua de ruda—. Duerme ahora. Yo te cuido.
Y así lo hice. Caí tan profunda que, cuando desperté y sentí un cuerpo a mi lado, pensé que era el de Samir. El brinco que di hizo que me cayera de la cama.
—Soy yo, piedra, soy yo —aclaró Flora.
Tardé un rato en reponerme. «El piso es firme. Mi hermana está aquí. Yo estoy respirando. No estoy muerta», repetía en mi mente. Flora resolvió el asunto de la luz con velas. Estaban en una esquina del cuarto derramando parafina sobre la baldosa. El fuego se veía inquieto.
—Pagué tus recibos. Deberían reestablecerte todos los servicios mañana —dijo Flora, pero a mí no me importaba eso.
—¿Dónde está él? ¿Ha venido por aquí? —le pregunté. Ella se me quedó viendo, como pensando en si decir una verdad o una mentira.
—Llamó tantas veces que tuve que apagar tu celular.
Tomé mi teléfono, y Flora me preguntó qué carajos hacía.
Yo tenía que escucharlo, Vigo. No esperaba disculpas ni arrepentimiento; el daño que me había hecho borró toda posibilidad de perdón.
Yo experimentaba, más bien, el mismo sentimiento de una madre que quiere conocer al sicario de su hijo, o el de una familia campesina que necesita ver los rostros de los hombres que mataron y desaparecieron a un ser querido.
Sabes que va a doler y que tragarás llamas de ira, pero lo necesitas. De lo contrario, la ira te comerá a ti.
Al menos una vez, yo tenía que confrontar al verdadero Samir. Se lo hice saber a mi hermana, y ella lo entendió. Cuando él contestó, ninguno de los dos dijo nada los primeros segundos. Samir fue el primero en hablar.
—Te fuiste —El tono de su voz era duro, pero fluctuante.
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó rápido y soltó un suspiro desesperado en el micrófono. Casi sentí el hálito.
Yo le dije que él sabía exactamente por qué.
—¡No lo sé! —respondió. Yo contesté con voz calmada.
—Sí, sí sabes. Y yo sé lo que me has estado haciendo. Sé también que mataste a Juan Sebastián.
Él calló. Por un momento, nos vi a ambos con los teléfonos junto a los oídos, envalentonados por la ira. Él porque ya no estaba en control, y yo porque lo odiaba.
—Creí que me darías las gracias, al menos eventualmente, por quitarte a ese bruto de encima —confesó.
Yo comencé a llorar, no me importó que él me oyera. Samir esperó hasta que pude hablar otra vez. No tuve que preguntarle por qué hizo el amarre, eso yo ya lo sabía, tanto por hechos pasados como por los presentes. Lo que dije fue solo para dar inicio a mi catarsis.
—Casi me matas a mí también, Samir.
Quise añadir que no le importó verme flaca, enferma y deprimida, que no le importó destrozarme por dentro y por fuera. Pero no pude. Las palabras se atoraron en mi garganta. Además, esas cosas no se dicen. Se guardan junto con lo que queda de dignidad.
—¿Cómo te enteraste del espejo? —preguntó. Su voz me recordó al sonido de cuchillos afilándose.
—No eres tan inteligente como crees —le contesté, consciente de que le estaba tocando un nervio.
—Desde que te conocí, supe que tú y yo estábamos hechos el uno para el otro. Eres la mujer que quiero para mi vida y no te pienso dejar ir, Esmeralda. ¿Comprendes? Tú no sabes lo que soy capaz de hacer.
Ahí fue cuando colgué. Como dice mi madre —para referirse tanto a las palabras como a la empresa de acueducto de Cartagena—: cuando la llave suelta agua puerca, lo único que se puede hacer es cerrarla.