15
Coño, no aguanto más. Espérame aquí, voy por la caja de cigarrillos. Fumaré cuando acabe, tranquilo, solo quiero tenerlos en mis manos. Me traen calma.
Samir me compró flores, chocolates, y hasta intentó emborracharme para que me acostara con él.
Yo me negaba inventando migrañas y otros dolores.
Debido a esa resistencia, seguí gestando pesadillas, cada una más horrible que la otra.
Mi cuca podía arder como si estuviera en llamas; le salían pústulas y ampollas dolorosas que manchaban mi ropa interior; o estaba cosida y yo no podía orinar.
En todos los sueños, Samir estaba ahí, invitándome al sexo con el pene a la vista.
Era repugnante, pero, al mismo tiempo, el remedio para mi suplicio.
Él había conseguido que lo necesitara como al agua, pese a que su existencia misma me hería y aniquilaba mi humanidad.
A pesar de que había descubierto que Samir solo tenía vinagre para ofrecerme, yo sentía que mi cuerpo se iba secando, y con él mis esperanzas de descubrir la verdad.
Él iba enfadándose, por supuesto. Decía mi papá que a un hombre puede faltarle todo, menos el sexo.
Samir pasaba con la jeta arrugada y la mirada en el piso.
No era la misma actitud que tenía cuando yo lo buscaba y él me rechazaba, era una clara mueca de frustración.
Cuando llegó con las bolsas del supermercado una de esas tardes, las tiró en la cocina y dijo:
—Organiza las compras, si no te molesta.
Claro que me molestaba, pero aquello no fue precisamente una petición. Esa dureza suya hizo que recordara un dicho: «Nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado por la mentira».
«¿Qué pasa si lo beso?», me dije. Solo un poco.
Quizá eso lo impulse a ir a hacer lo que sea haga por las noches.
Caminé hacia él y lo tomé del cuello para besarlo.
Fue un beso largo que temí que me hiciera perder la conciencia y me arrojara a ese torbellino de brutalidad sexual otra vez.
Pero no fue así. Algo había cambiado, y no solo gracias a mi voluntad.
Me sentía protegida, como si una película invisible se interpusiera entre Samir y yo.
No me cupo duda de que eso fue obra de Flora.
—Lamento estar distante estos días —le dije con tonito seductor—. He estado un poco indispuesta, pero creo que mañana podemos hacerlo.
Los ojos de Samir se iluminaron y levantó una mano para pellizcarme un pezón.
Sonreír y quedarte quieta, aunque estés gritando por dentro, es algo que solo las mujeres logramos hacer con maestría; lo pasamos de generación en generación como la receta de un remedio.
Con todo, me costó. El escalofrío, la repulsión y la ira fueron tantas que no necesité luchar contra el sueño por la noche.
El mero recuerdo del pellizco me mantuvo despierta.
Sentí que ese seno, mi cuerpo entero, no era mío, y todo porque él lo había tocado y yo se lo había permitido para sobrevivir.
La espera en la cama estuvo llena de suspiros falsos, movimientos aparentemente descuidados y espasmos fingidos.
Ninguno de los dos dormía, pero solo yo estaba al tanto de eso.
Finalmente, él se puso en pie y salió del cuarto.
Paré la oreja para cerciorarme de que había bajado todos los escalones y entrado al cuarto.
Mis manos estaban tan temblorosas que cuando agarré mi celular, lo solté por accidente y formó un estrépito al caer. Yo cerré los ojos y apreté los dientes hasta que rechinaron. No moví un músculo, a la espera de escuchar pasos de regreso en la escalera. Gracias al cielo, no sucedió nada.
Recogí el celular y, cuando abrí la aplicación de la cámara, Samir estaba de espaldas a ella.
El espejo y él se apreciaban con total claridad gracias a la luz cálida de la lámpara.
Yo esperaba ver a Belcebú en el espejo o al menos a Samir hablando con «algo» invisible, recitando un conjuro, qué sé yo.
Lo que presencié me pareció mucho más raro.
Samir se había quitado los pantalones y estaba sentado al borde de la cama con las piernas abiertas. Movía su brazo derecho arriba y abajo —clara evidencia de que se estaba masturbando—. Y sí. Eso era todo.
«El imbécil se excita viéndose a sí mismo», concluí.
Aguardé un rato más, a ver si pasaba algo sobrenatural, si había un indicio de brujería.
No hubo ninguno. Tuvo su orgasmo, agarró el rollo de papel higiénico que tenía al lado para secar el semen del piso, y listo.
Después de que apagó la luz, yo hice lo mismo con mi celular.
Me acosté frustrada y pensando en que, despierta, tenía que convivir con la incertidumbre y revolcarme en mi propia sangre; y dormida, tenía que aguantar pesadillas.
Cuando a Samir lo venció el sueño al fin, me lo quedé viendo.
Creo que mentalmente le dije «muérete» unas cien veces.
A lo mejor si lo decía con suficiente fe, el milagro se cumpliría.
Por la mañana, cuando estuve sola, un desánimo me asaltó al recordar lo que le había dicho a Samir: que íbamos a tener sexo.
Tendría que darle una nueva excusa, aunque yo no sabía qué podría resultar de eso.
Temía que sospechara y que mi búsqueda, de alguna manera, se hiciera más difícil.
De todos modos, él estaba trabajando. Yo aún tenía chance. Me quedaba, por lo menos, ese día.
De repente, mi celular vibró por un mensaje:
petunia: qué averiguaste?
yo: nada útil. solo descubrí que se masturba viéndose a sí mismo.
Mi hermana me pidió que le diera más detalles. Me preguntó si estaba sola, y lo siguiente que hizo fue una videollamada.
—Él no se estaba masturbando consigo mismo —dijo Flora. Estaba lavando platos y se le veía nerviosa—. O sea, es posible que sea autosexual, sí, pero lo que yo creo es que ese malparido practicó un amarre mucho más avanzado de lo que yo esperaba.
»No conozco más que un caso de México, pero si no me equivoco, el proceso consiste en conseguir un espejo completamente nuevo.
No debe haber pertenecido a ningún hogar.
Luego, lo encantas con un hechizo de «amor» y lo cubres con una tela.
La siguiente persona que se mire en él debe ser esa que quieres amarrar.
El espejo atrapa su energía y, después tú, en soledad, visualizas lo que quieras en él.
Es decir, imaginas a la persona haciendo lo que tú desees: teniendo sexo contigo, regalándote cosas, sirviéndote. Literalmente, hará lo que quieras.
»En tu caso, el espejo fue una consolidación de pequeños trabajos previos, más que un amarre que empieza desde cero.
En palabras simples, Samir ya te había «endulzado», por eso soñabas con él todo el tiempo y le tenías ganas.
Lo que hizo después fue asegurarse de que esa conexión no se rompiera. La fortaleció.
Flora se pinchó con la cuchilla de la licuadora que estaba lavando y soltó un quejido de dolor. Esos segundos me sirvieron para digerir la información antes de continuar.
—El lado bueno es que es un amarre puramente energético, o sea que Samir no le pidió el favor a ningún ente para atarte, usó solo tu energía. Eso me genera alivio porque las entidades suelen dificultarme mucho el trabajo.
—¿Qué hago ahora? —le pregunté. No me di cuenta hasta ese momento, cuando el líquido cayó sobre mi regazo, de que estaba llorando.
Flora habló fuerte y claro.
—Rompe el espejo y sal corriendo de esa casa. También necesito que me traigas un objeto de Samir: ropa, cabello, un accesorio, lo que sea.
Dijo que no fuera a su departamento, que ya me explicaría por qué.
Quiso saber si el mío todavía estaba disponible.
Yo le dije que no estaba segura, pero que a lo mejor sí, porque la arrendadora me había permitido guardar mis muebles y electrodomésticos ahí a cambio de una pequeña suma que yo había ido pagando con mis ahorros.
Dado que ella no me había pedido que los sacara, seguramente el piso seguía vacante.
—Llámala y dile que vas a tomarlo otra vez, Lilibeth y yo te vamos a ayudar.
Quise oponerme, pero ella chasqueó la lengua, dijo que me callara y que nos veíamos allá en un rato. Colgó. Flora siempre tan dulce.
Comencé a atiborrar mis cosas en la maleta.
La ropa ensangrentada la dejé. No había blanqueador capaz de borrar esas manchas de mi memoria.
En cuanto al objeto de Samir, escogí un bóxer.
Toda su ropa interior era blanca, gris o negra, siempre de la misma marca e igual modelo.
Asumí que no se daría cuenta si le faltaba una prenda.
Luego de eso, pedí un servicio de carro.
Llegaría en siete minutos. Yo estaba agitada por el jaleo y el miedo.
Caminaba de un lado a otro como drogada.
No sé por qué, pero sentía que Samir iba a llegar en cualquier momento, que iba a detenerme y a encerrarme en ese cuarto donde tenía a Jesucristo patas arriba.
No aguantaba un segundo más en esa casa, pero me tranquilicé pensando que solo faltaba una cosa más.
Abrí un cajón de la cocina y saqué el ablandador de carne.
Fui hacia el espejo y levanté un brazo por encima de mi cabeza.
Algo lo frenó. Una fuerza lo halaba hacia atrás como si quisiera dislocar mi hombro.
El espejo, que debía reflejar a una mujer vestida con jeans, chanclas y una camiseta de la Selección Colombia del mundial de fútbol del 2010, mostraba a una Esmeralda moribunda en la cama de un hospital.
Me habían intubado. Tenía el cuerpo hinchado, lleno de heridas suturadas y hematomas.
Mi hermana y mi mamá estaban sentadas a un lado; la una llorando, la otra rezando un rosario.
Eso era lo que iba a pasarme si rompía el hechizo.
Intentaría lanzarme de algún lugar, como Japunda, porque Samir ya se había adueñado de mi alma, y sin ella, ningún cuerpo soporta vivir.