Una deuda siniestra 14 #2
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Samir extendió su mano hacia mí, como diciendo: «Ven, yo puedo ayudarte». Pero yo no quería su maldita ayuda. Tomé una jabonera de porcelana pesada con la firme intención de romperle el cráneo, pero en el momento en que me abalancé, abrí los ojos. Y una vez más, Samir no estaba en la cama.

¿Qué carajos hacía ese tipo por las noches? O sea, yo ya me imaginaba que tenía que ver con el amarre, pero ¿qué hacía exactamente? Salí de la cama rápido y me dio un vértigo repentino.

Yo estaba muy débil, a lo mejor ya con signos de desnutrición, y el susto de la pesadilla me había dejado agitada.

Intenté levantarme unas tres veces, pero no pude, la cabeza me daba vueltas y perdía el equilibrio.

Maldije a Samir, la casa, mi vida. Maldito sea todo.

Poco después, me arrepentí y, más bien, opté por pedirle ayuda a Morgana, a Dios, a quien fuera. «Ayúdenme a ponerme en pie, por favor».

Lo logré al cabo de unos minutos respirando hondo y despacio. Abrí la puerta con cuidado de que no se oyera el clic del cerrojo. Desde la habitación de Samir se veía el cuarto satánico. Noté que, otra vez, ninguna luz se colaba bajo la puerta. Me acerqué de todas formas y pegué la oreja. Nada.

Entonces, oí que se abría la puerta del cuarto de abajo.

No sé por qué me sorprendí, la verdad. Ese cuarto debía ser donde practicaba el hechizo, fuera cual fuese.

Al día siguiente revisaría hasta el último rincón, pero, de momento, tuve que correr a la cama otra vez para hacerme la dormida.

Yo estaba tan flaca que mis pisadas se parecían a las de un gato.

Samir se desplomó en la cama, y el muy miserable se acomodó para rodearme con el brazo.

Sentí asco e ira. Qué ganas me dieron de quebrarle el codo y desgarrarle la carne.

Él llevaba semanas envenenándome con sus caricias, pero ya no más.

Cuando Samir se fue a trabajar por la mañana, me embutí un sándwich frío y comencé mi búsqueda. Símbolos, altares, objetos míos o artilugios que parezcan artesanías, había dicho mi hermana.

Vacié los cajones del tocador y los desprendí de los rieles.

Rodé el mueble —que, por cierto, pesaba con cojón— para verlo por atrás y alumbré con mi teléfono la parte de abajo.

Nada. Hice algo parecido con el clóset, además de que examiné las tablas para ver si alguna se desprendía.

Levanté el colchón de la cama y revisé cada tabla que lo sostenía.

Tampoco hallé señales. Le tomé fotos al espaldar de la cama, se las mandé a mi hermana y le pregunté si había algo místico en ellas.

«no creo, sigue buscando», respondió. Inspeccioné también el abanico, las baldosas del piso y el televisor, sin éxito. Solo quedaba el espejo.

Ese día descubrí que, cuando un espejo se enmarca, solo puede hacerse una sola vez, no es como que pueda desarmarse por antojo.

Por más que traté de arrancarle las piezas, de despegarlo; y que revisé cada centímetro, no hallé nada.

Ni mis iniciales, ni mi fecha de nacimiento, ni mucho menos una foto. Era solo un puto espejo.

Mientras estaba tirada en el suelo pensando qué hacer, recordé que ahí, justamente en el espejo, era donde yo había visto a Japunda la última vez en esa casa.

Ella señaló hacia el frente. Hacia nosotras.

¿Qué habría querido decir? ¿Que ambas éramos una sola?

¿Ella era yo y yo soy ella? ¿Samir ve el futuro en ese espejo?

¿Ahí contacta a los demonios del infierno?

¿Qué, nojoda, qué? Solo había una forma de averiguarlo. Poniendo una cámara.

En el Centro de Cartagena hay un lugar al que los turistas y la gente de plata nunca van.

Es una pequeña zona comercial para quien necesita conseguir cosas a precios decentes.

La mayoría de los negocios ahí, por muy sencillos que parezcan, han sustentado a familias de clase media y baja por décadas.

¿Has oído de la Matuna, cariño? ¿No? Bueno, no importa.

Debiste haber pasado por ahí alguna vez, al menos en carro.

La zona siempre está concurrida, se ve un poco sucia y descuidada.

¿Eh? Sí, es cerca de la India Catalina. Bueno, pues fui ahí a la sección de almacenes de tecnología.

Esa era la primera vez que salía sola en semanas.

Ya había olvidado cómo quemaba el solazo de mediodía.

La atmósfera se ve densa por la arena, el polvo y el humo de los vehículos que transitan.

Toca estar pilas en medio del barullo, porque nunca sabes quién pueda estar pisteándote1 el bolso, o el culo, en el caso de las mujeres. No, es en serio.

Hace años, un mototaxista estiró el brazo para agarrarle la nalga a Lilibeth.

El hijueputa creía que Flora no le iba a hacer nada —siempre la subestiman—, pero esta vino y le reventó una botella de vidrio que llevaba en la mano.

Y como ellos nunca llevan casco, pues tenga pa’ que lleve.

Se fue rapidito cuando vio que la gente apoyaba a mi hermana.

En fin, pregunté en unos diez almacenes por cámaras de seguridad en miniatura. Conseguí una del tamaño de un dado que se podía vincular al celular vía Bluetooth, y tenía hasta visión nocturna. Me costó casi todo lo que me quedaba en la cuenta. También compré un rollito de cinta doble faz.

De regreso, mi corazón latía tanto que creía que mi cuerpo macilento no lo soportaría.

Por primera vez en meses, temí morir. Me asustaba sufrir de un infarto fulminante antes de descubrir la verdad.

Sentía una mezcla de ansiedad y excitación como la de quien que va a visitar un lugar soñado o conocer a su cantante favorito en un concierto.

Me deleité en ella, era mi premio después de pasar tanto tiempo adormecida por la tristeza.

¿Recuerdas lo que te dije de la cama del cuarto?

El espaldar era de madera tallada. Las ondas abstractas tenían muchas concavidades perfectas para colocar la camarita.

Me pareció que la única manera de descubrirla era buscándola.

De todas formas, si Samir la hallaba, ¿qué era lo peor que podía pasar?

¿Que me echara? ¿Que me embrujara? Ja ja ja.

Sincronicé la cámara con mi celular y continué con mi papel: la Esmeralda crédula, desamparada y triste. Solo quedaba esperar a que el plan funcionara. Tenía que resultar. Por mí y por Japunda.