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¡Uy! Llegó la pasta, ya era hora. Tranquilo, yo voy, cariño.
Sí, tienes razón, están buenas. Si me permites un comentario filosófico, yo siempre he dicho que lo que hace a estas comidas sabrosas no es el sabor, sino el servicio.
Pienso que toda persona debería tener la oportunidad, al menos un par de veces en la vida, de que le lleven la comida a la habitación ¿me entiendes?
Los ricos trabajan menos, y son los pobres quienes tienen que servirles, pese a que estos trabajan más.
Yo, que he estado en ambas posiciones, nunca le he encontrado sentido al mundo.
Oye, por cierto, fue muy lindo lo que hiciste.
Te di las gracias por invitar a mi mamá y mi hermana a este viaje, pero no te las había dado como corresponde.
Eso significa mucho para mí. Ellas son… Bueno, mi familia.
Con sus defectos y riñas, las amo como a nada.
Pienso que este viaje las va a reconciliar.
Tengo fe en que así será, y todo gracias a ti.
Eso sí, prepara la tarjeta, porque mi mamá se ha debido pedir el bufé entero a la habitación.
Bueno, volviendo al tema del posible embarazo.
Cuando Flora me hizo la pregunta, yo caí en cuenta de que no había usado mi copa menstrual hacía tiempo.
Es más, ni siquiera recordaba su paradero.
Le dije esto a Flora, y ella pidió una prueba de embarazo en la droguería para que me la practicara a la mañana siguiente.
Yo no era reacia a la maternidad, es decir, los hijos nunca me parecieron un inconveniente, a diferencia de otras mujeres que le temen al parto y sus complicaciones.
Y tienen razón ¿eh? No me malinterpretes.
Eso de ser mamá tiene su gente. Es como ser docente en Colombia, es algo de vocación.
Sabes que la remuneración será una miseria en comparación con todo el trabajo que te van a zampar, pero lo haces de todas formas porque sientes un llamado.
Con todo, yo prefería morir antes que parirle un hijo a Samir. Mejor dicho, parir odio, porque eso es lo que hubiera gestado. Y lo habría despedido de mi cuerpo como se expulsa la diarrea que deja el culo ardiendo y una sensación de malestar.
Cuando estaba sentada en el inodoro de mi hermana y vi el signo negativo, di un grito.
Ahora que lo pienso, debió sonar más bien como un lamento.
Flora, que estaba al otro lado de la puerta, asumió que el resultado era «embarazada».
Abrió de golpe y se agachó para abrazarme y decirme que lo resolveríamos, que no me olvidara de que en Colombia era legal abortar.
Las dos lloramos cuando le aclaré la situación; ella de alivio, y yo de nerviosismo.
El resultado, pese a que fue bueno, no borraba el dolor que yo sentía, la humillación, la vergüenza.
Samir me había tratado como a una perra de criadero que preñan para lucrarse.
Él quería una familia, y no le habría importado destrozar el corazón y la vida de otro ser humano para conseguirla.
Pretendía manejar todo desde la distancia, sin que nadie lo conociera realmente y mucho menos lo cuestionara.
Ni siquiera a mí, la mujer que quería como madre de sus hijos, me consideraba digna de la verdad.
Él, siempre tan culto, tan superior a los demás, no perdería su tiempo hablando conmigo ni viéndome como a una pareja.
Igual que una vela, un mantel o incienso, yo no era más que otro instrumento en sus prácticas.
Decir que la verdad me liberó es una manera de ver el vaso medio lleno, porque nadie me dijo que esa verdad iba a destrozarme.
Recuerdo que, cuando éramos niñas, Enrique le regaló un perro a mi hermana.
Un mosquito le picó y le dio filaria, el gusano del corazón.
Ya era muy tarde cuando lo descubrimos, y no pudimos pagar la operación.
Nunca más tuvimos otro perro en la casa.
Algo así pasa cuando te enteras de que alguien te ha estado haciendo daño.
La verdad te enferma, y si tu cuerpo no resiste, te mata.
El tiempo apremiaba, así que hice de tripas corazón y volví a casa de Samir.
Cuando me abrió la puerta, noté que se veía particularmente atractivo; se había cortado el cabello y llevaba una camisa remangada y bermuda al estilo lino costero.
Como yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, ni eso ni el perfume caro que se puso le surtieron efecto.
Le concedí el beso de mejilla más forzado que he dado en toda mi puta vida, y lo abracé como si estuviera estrechando un saco de mierda.
No tuve que sonreír mucho. Gracias al cielo, eso no era propio de mí para aquellos tiempos de depresión.
Le conté que Flora estaba triste porque supuestamente Lilibeth tenía que viajar por trabajo y se iría más de un año. Habían peleado y blablablá. Él se lo creyó, supongo, y eso fue todo.
Esa noche fuimos a cenar. Samir me regaló un vestido para la ocasión.
No era horrible, pero tampoco mi estilo y me quedaba un poco grande.
Lo importante es que era de una diseñadora colombiana muy famosa.
Me pareció una vileza que pretendiera seguir comprando mi afecto, pero más insultante aún fue la infantilización.
«La pobre Esmeralda no tiene dinero, casa ni trabajo.
Voy a comprarle un vestido a la muy bobita para que se quede conmigo, para que vea que la aprecio».
Me lo puse con tanta violencia que una costura se rasgó ligeramente.
Luego de eso, tuve que tragarme el coraje.
Tenía que mostrarme tan sumisa como siempre.
Al menos, la comida estuvo buena. Eso hizo que la compañía de Samir fuera más llevadera. Cuando volvimos a la casa, apenas entrando, él se me insinuó acariciándome una nalga, o lo que quedaba de ella.
—Tengo el periodo —le dije, y luego forcé una sonrisa lastimera porque sabía que lo había dicho con demasiada dureza.
El sonrió y ladeó la cabeza. Me miró extrañado.
—¿Cuándo nos ha importado eso?
La palidez de mi cara debió ser evidente, porque él corrió a servirme un vaso de agua cuando me dejé caer en el sofá. Le dije que no se preocupara, era normal que a veces me pasara eso mientras tenía la regla.
Caí en cuenta de que yo sí había menstruado en esa casa, pero no lo recordaba. Si yo no había usado la copa ni toallas higiénicas, ¿dónde estaba la sangre? ¿Cómo es que yo no la había visto?
Cuando subimos al cuarto y miré la cama, lo entendí todo.
Las manchas de sangre se esparcían por todo el cubrecama.
Samir y yo nos habíamos revolcado en sangre, mi sangre, durante semanas.
Vale, sí, él echaba las sábanas a lavar, pero el detergente no bastaba.
La habitación apestaba a periodo, ese olor denso y rancio que solo las mujeres identificamos y que es como la carne que empieza a descomponerse bajo el sol.
La verdad libera ¿cierto? Te quita una venda de los ojos.
No hay forma de que una persona pase algo así por alto, Vigo, a menos que esté hechizada.
Cualquier gramo de escepticismo empecinado en permanecer conmigo no tuvo más opción que marcharse.
Por muy deprimida o ansiosa que hubiera estado, yo jamás habría vivido en semejante lugar voluntariamente.
Samir no podía notar mi horror, yo debía actuar como si nada.
Mi única reacción —no la pude reprimir— fue una pausa minúscula en mi andar.
Sentí náuseas cuando mi piel tocó las sábanas.
Había manchas hasta en las almohadas. Tuve la sensación de que Samir había estado desangrándome.
Torturándome. Se estuvo revolcando en mis fluidos como perro sobre la hierba, y no contento con eso, logró que yo lo hiciera también.
Debimos haber parecido un par de sádicos desquiciados.
Sanguinarios como soIo los seres humanos podemos serlo.
Imaginé cuántas veces mi sangre habría entrado en contacto con mis manos o las suyas, con nuestras caras.
Incluso pensé que, tan loco como era, pudo habérsela…
Ya. Ya no importa. En resumidas cuentas, Samir me robó.
Porque la sangre vale mucho, Vigo. No por nada la bombea el corazón.
Samir se me acercó una vez más, pero yo le dije que en verdad no me sentía bien, y lo dejamos.
El asunto de la sangre hizo que olvidara, momentáneamente, mi propósito al volver a esa condenada casa.
Me di la vuelta en la cama con los brazos bien recogidos contra el pecho, como si eso pudiese protegerme.
De tanto llorar, yo había aprendido a hacerlo en completo silencio, así que abrí la pluma, y el agua fue empapando la almohada poco a poco. No sé en qué sollozo me quedé dormida.
Flora no mentía cuando dijo que resistirme al sexo iba a traerme inconvenientes.
Esa noche soñé que despertaba en esa cama, desnuda, por una comezón fuerte en mi vagina.
Abrí mis piernas y me rasqué como si quisiera desollarme.
Sentí que algo comenzó a moverse en mi vulva, así que corrí al baño para examinarme.
La luz reveló pequeños gusanos retorciéndose.
Grité de horror. Me puse en cuclillas y comencé a sacarlos con mi mano, desesperada.
Eran decenas. Sus cuerpos, blandos, viscosos y blanquecinos, no paraban de salir.
Ya en el piso, se contorsionaban frenéticos, piando por carne. Mi carne.
Cuando alcé la vista hacia la puerta, descubrí que Samir me observaba en silencio y sonreía tanto que se alcanzaban a ver sus últimos molares.
Tenía los ojos vidriosos y entornados en un gesto que pretendía verse amable.
También estaba desnudo. De la uretra de su pene erecto, palpitante bajo el pubis peludo, brotaba un líquido verdoso y putrefacto.
Nunca olvidaré aquel plic, plic, plic que salpicó mi pierna.