Una deuda siniestra 13 #2
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¿Eh? Sí, te explico, cariño. Para la gente que trabaja con magia, la energía es como la arcilla para el alfarero, y hay muchas formas de manipularla.

Un brujo puede extraerla de cosas que hayas tocado o usado, de tus fotos, y hasta de ti mismo.

Esta última clase de energía es la más poderosa porque es la que proviene directamente de ti.

Durante meses, yo toqué, besé y me entregué a Samir en cuerpo y alma.

Entonces, aunque yo me alejara físicamente de él, el daño ya estaba hecho.

El reto de Flora no era solo romper el hechizo, sino protegerme de otro: asegurarse de que Samir no me tomara otra vez.

¿Suerte? No, Vigo, no es por suerte ni casualidad que mi hermana haya nacido con ese don.

Todo fue cuidadosamente planeado por fuerzas que nunca comprenderemos.

Cosas demasiado poderosas y temibles para nosotros, que no somos más que flores en el jardín de algo más grande.

Flora es quien es porque el mundo la necesita.

—¿Samir sabe quién soy? ¿A qué me dedico? —me preguntó ella.

Yo le dije que no. La verdad es que yo no le cuento a mucha gente sobre el oficio de mi hermana. Por muy moderna que sea una sociedad, siempre habrá gente prejuiciosa, así que, hasta que yo lo considero prudente, digo que es psicóloga —cosa que no es del todo mentira—.

—Perfecto, ahí ganamos terreno —dijo ella—. Él no va a esperar que haya alguien trabajando por ti, y tampoco creo que sea consciente de la conexión antigua que ustedes tienen. Ahora, tienes que volver a esa casa, piedra.

Yo me negué rotundamente. Me aterraba ese hombre, lo consideraba un asesino narcisista, un farsante de la peor clase que me había tratado como a una muñeca.

Sin embargo, lo que más me horrorizaba no era eso, sino la posibilidad de que me dominara de nuevo, porque cuando lo visualizaba en mi mente, no veía a un monstruo, sino a un tipo corriente. Guapo, incluso.

—No quiero que me vuelva a hacer daño —le dije a mi hermana. Yo ceñía mis brazos como una niñita terca.

—No lo va a hacer porque ya tú sabes la verdad. El conocimiento es el primer paso para combatir un hechizo. Cuando él intente tener sexo contigo y tú te niegues, es probable que te sientas mal físicamente, cosas como mareo y debilidad. Ese será tu cuerpo somatizando el combate de tu alma.

»Tienes que volver para averiguar qué tipo de hechizo te está haciendo Samir. Después de eso, te largas y no miras atrás. De ahí en adelante, me encargo yo.

Desesperada, le rogué que les preguntara a los espíritus, a las cartas o a alguna mierda mística con información.

Ella se quedó pensando unos instantes, luego se fue y volvió con un vaso de agua.

Lo puso en la mesita de centro que estaba entre nosotras.

Recuerdo que el sonido que hicieron los vidrios al encontrarse me sobresaltó.

—Háblame de la casa. Descríbela —me pidió.

Describí la sala, la cocina, los muebles, los cuartos —incluyendo el satánico—, la decoración, etc.

Arrodillada junto a la mesita, casi sin parpadear, ella observaba de cerca el agua del vaso.

La verdad, no recuerdo cómo se llama esa práctica, pero sé que mi hermana puede ver visiones en el agua.

A veces son escenas; otras veces, rostros; y en algunos casos, palabras.

—No veo nada —dijo al fin, cuando yo ya comenzaba a describir los colores de las baldosas del baño—. Samir tiene muchas protecciones en su casa, debe ser por eso que Japunda casi no te visita ahí.

Flora volvió a su silla y comenzó a rascarse la cabeza. Es una manía suya de toda la vida que le brota cuando no entiende algo. Así se ponía cuando yo intentaba explicarle matemáticas de octavo grado.

—Sin importar qué tan avanzados sean, los amarres son hechizos materiales; siempre dejan rastros en el plano terrenal. Busca símbolos, objetos que parezcan artesanías, algún tipo de altar que contenga cosas tuyas.

Flora comentó que, por las creencias de Samir, el trabajo podía estar relacionado con una deidad oscura.

—Busca bien, pero si resulta que él practicó el hechizo fuera de su casa, lo cual dudo, estamos jodidas. Esa clase de trabajos se deben mantener con puntualidad, rigor y devoción religiosa.

Como bien recordarás, cariño, yo ya había revisado esa casa de arriba abajo en busca de la llave, y no descubrí nada raro, a excepción del cuarto endemoniado.

De todas formas, me pareció que, como en ese entonces yo buscaba otra cosa, pude haber pasado algo por alto. Lo intentaría, no quedaba de otra.

Antes de irnos a dormir —las dos estábamos mamadas—, Flora me abrazó y aseguró que todo iba a salir bien, pero yo sentí cierta inseguridad en su voz.

Dijo que le pediría a Morgana por mi protección.

Ella no era una diosa conocida por su indulgencia hacia los hombres, mucho menos hacia los malos. Nos ayudaría.

En ese momento descubrí a qué le temía mi hermana.

Flora no dudaba de sus capacidades, pues como ella siempre ha dicho: no es bruja quien quiere, sino quien puede1.

No le preocupaba fallar, porque su fe era grande, pero la mía era pequeña, al igual que mis fuerzas, y así es muy difícil ganar una batalla.

No importaba cuánto pudiera hablar con los muertos, la idea de que yo no estuviera junto a ella en esta vida le despertaba el temor visceral más grande de todo ser humano: el de perder a quien uno más ama.

De repente, Flora se apartó y me tomó de los hombros con brusquedad.

—Esmeralda, has estado usando protección ¿verdad?

Yo tardé unos segundos en captar la pregunta. Miré hacia mi abdomen como por instinto. No podía afirmarlo con total seguridad, pero estaba casi convencida de que Samir y yo no habíamos usado condón ni una sola vez.