Una deuda siniestra 13
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Abrí mis ojos, y como vi que la luz de las velas era lo único que alumbraba la habitación, lo primero que hice fue preguntar la hora. Eran las nueve de la noche. Flora estaba sentada en una silla con el mentón reposando sobre su puño. Me miraba como si estuviera tratando de resolver una ecuación.

Yo tenía muchas ganas de orinar, así que me puse en pie rápido para ir al baño, pero mis rodillas fallaron y caí de bruces.

Me sentía débil, exhausta y asustada como si alguien acabase de liberarme de una sesión de tortura.

Yo no recordaba nada de lo que había dicho durante la regresión, justo como Flora advirtió que pasaría.

Tan solo conservaba las emociones, el dolor y la desesperación de Japunda.

Naturalmente, comencé a llorar y me oriné encima.

Flora se acercó para ayudarme. Ninguna de las dos dijo nada sobre la regresión. Primero tenía que asearme y comer.

Estábamos sentadas a la mesa, y la pobre Lilibeth, angustiada, no dejaba de mirarnos mientras enredaba la pasta en su tenedor.

—Y bueno, ¿cómo les fue? —preguntó, esforzándose por sonreír. Mi hermana solo le apretó la mano rápidamente y luego se la soltó.

Flora se veía fatigada. Tenía una mueca triste, como de derrota. Era evidente que Lilibeth nunca la había visto así y, la verdad, yo tampoco. Pero había algo más en la cara de mi hermana. Miedo. Sí, eso fue lo que logró perturbarnos a Lilibeth y a mí.

Nos levantamos, y Flora me preguntó si prefería charlar por la mañana.

Yo le dije que me soltara la bomba de una vez.

En silencio, ella se sirvió un vaso de güisqui y fue a sentarse en el balcón.

Yo la seguí. Tuve que calmar mi ansiedad hasta que ella halló las palabras correctas.

Flora miraba, sin hacerlo realmente, el horizonte oscuro donde las luces de los yates iban de aquí para allá muy despacio.

En el balcón del piso de arriba se oían las voces y los pacitos juguetones de unos niños.

Yo habría dado cualquier cosa por ser uno de ellos.

—Mientras has estado con Samir, ¿has sido feliz? —Mi hermana me miró—. ¿Tu estado de ánimo ha mejorado?

Yo meneé la cabeza para decir que no.

—¿Qué hay del sexo?

Era una pregunta muy personal, pero en sus ojos vi que esperaba una respuesta sincera y detallada.

Le expliqué que no estaba segura. Yo deseaba a Samir todo el tiempo, pero por más que tuviéramos relaciones, yo nunca estaba satisfecha.

Quería tener tanto sexo como mi cuerpo lo permitiera.

Por otro lado, con él, mis gustos se habían inclinado hacia el BDSM.

Casi siempre acabábamos arañados y golpeados.

Nunca me había gustado nada por el estilo, pero ahora, al parecer, lo pedía de rodillas.

Lo más extraño de todo era que, después de los encuentros, yo no recordaba nada.

Era como si algo borrara de mi memoria toda la experiencia.

Flora asintió y dio un sorbo a su vaso antes de decir:

—A ti te hicieron un amarre, Esmeralda. Y uno muy fuerte.

Hasta ese momento, la palabra «amarre» había sido un chiste para mí.

Todo el mundo en Colombia conoce o ha oído de un pobre tipo al que una loca obsesionada le dio agua de calzón para enamorarlo.

Lo peor que puede pasar es que al hombre le toque ir a la iglesia o buscar a un sanador para que le haga una limpieza.

Eso es todo. Nadie cree que esa clase de hechizos sean trascendentales ¿me entiendes?

—Los brujos y brujas que hacen trabajos como este son cada vez más escasos aquí —continuó Flora—, pero los hay, y Samir es uno de ellos.

El despido de tu trabajo, el aislamiento, tu hostilidad, la tristeza, el deseo sexual desenfrenado, que olvides cosas importantes como tu cumpleaños, y el no recordar nada que supuestamente haces por voluntad propia, son síntomas típicos de ese hechizo.

Yo le dije que creía que los amarres traían alegría. Una felicidad falsa, claro, pues la persona vive una mentira creyendo que ama a alguien, pero felicidad, a fin de cuentas. Flora dijo que no con la cabeza.

—Si yo tomo tu dedo y le ato un cordón durante mucho tiempo, ¿qué pasa?

—La circulación se corta, el tejido muere y se gangrena —respondí.

—Eso es lo que hacen los amarres. Todos, sin excepción.

Te desvían de tu camino y cortan tu flujo vital para que estés a merced de la persona que quiere poseerte.

Poco a poco, todo en tu vida empieza a marchitarse, y solo puedes pensar en ese alguien que crees amar y necesitar.

Hay amarres más «sentimentales», por usar una palabra bonita, pero Samir claramente hizo uno sexual.

Por eso no recuerdas lo que haces durante el sexo, no eres tú quien tiene las riendas.

No pude pronunciar ni una palabra durante un rato.

Básicamente, yo era un juguete para Samir, una mascota, en el mejor de los escenarios.

Aceptar lo que Flora me estaba explicando implicaba reconocer que había sido secuestrada y violada, de alguna manera.

Si hay algo peor que ser una víctima, es serlo y no darse cuenta hasta que la revelación te arrolla como un bus, te revuelca en el piso y te deja agonizando.

Mientras lloraba, me di cuenta de que las piezas del rompecabezas encajaban perfectamente.

¿Acaso Samir no había sido maltratado en su infancia?

Sus padres cometieron la crueldad de traerlo al mundo para educarlo con palizas y negarle afecto.

Tenía sentido que quisiera sentirse necesitado, incluso amado por alguien.

Con un hechizo no tenía que rogar porque le regalaran una sonrisa, un beso, una caricia.

Tampoco tenía que ocultar sus defectos ni esforzarse por ganar el afecto de una persona.

La magia, en pocas palabras, lo ayudaría a no estar solo nunca más.

Él sabía que yo sufriría, pero, como puedes ver, Samir era un tipo totalmente maquiavélico; lo importante era el resultado, no los medios. A esa clase de personas no les interesan los sentimientos de los demás.

—¿Todo esto lo sabes por la regresión? —le pregunté a Flora en cuanto recuperé el habla—. ¿Qué tiene que ver la mujer con este asunto?

A modo de respuesta, Flora tomó su teléfono y comenzó a reproducir el audio. Yo lloré de principio a fin mientras escuchaba. Parecía una pluma abierta. Lloraba porque sí, porque la tristeza era el único sentimiento que habitaba mi cuerpo en ese entonces. Llorar era lo único que yo sabía hacer bien.

Cuando terminó la nota de voz, Flora se dio cuenta de que no entendía la relación de los sucesos. Era de esperar, yo estaba débil y agotada.

—Anton es Samir —dijo Flora despacito, y me tomó una mano—, te ha venido buscando desde la otra vida. Y tú eres Japunda.

Yo la miré perpleja y le pregunté cómo era posible que yo me visitara a mí misma.

—El mundo espiritual es un enigma para nosotros los vivos.

Entre más preguntas hagas, menos cosas entenderás.

Sin embargo, yo he aprendido que el tiempo es un plano muy distinto a este.

Allí, un alma puede fragmentarse y viajar a otras épocas.

Tu yo del pasado es una mujer tan igual como distinta a ti.

Murió, pero aún vive. Tú sufres a través de ella, y ha vuelto para advertirte sobre el peligro.

»Me atrevo a inferir que Japunda tenía tu misma edad cuando pasó todo, he ahí el motivo de tu depresión «incurable».

Hasta ese momento, Japunda me había infligido dolor, había hecho que visualizara mi muerte y se había manifestado con enfado. Todas esas fueron sus maneras de alertarme sobre Samir. Me hizo un poco de gracia, porque era evidente que estaba desesperada y yo no entendía ni mierda.

—Las almas cruzamos esta tierra una y otra vez hasta que aprendemos las lecciones necesarias para trascender —continuó mi hermana—.

La vida eterna de la Biblia o el famoso Nirvana son nombres para la misma cosa.

Mientras no entendamos por qué estamos aquí, moriremos y renaceremos una y otra vez. La muerte es vida, ya ves.

»No sé cuál es tu propósito, piedra, pero si te das por vencida otra vez; si te arrojas al vacío y sucumbes a la tristeza, el ciclo se repetirá.

Al decir eso, por fin comprendí por qué Japunda impidió mi suicidio.

Estaba peleando desde el más allá por su libertad.

Nuestra libertad. Imaginé cómo debía sentirse su alma, que podía ver el pasado, el presente y el futuro.

Debía estar cansada, como un pobre elefante que huye del mismo cazador una y otra vez.

—Japunda no tenía a una hermana como tú —le dije a Flora, ahogada en mis propios mocos—. Tú sanas gente. Tienes que sacarme esto, ayudarme a romper esa conexión.

Mi hermana, que se había inclinado hacia adelante para tomar mi mano, volvió a recostarse en su silla y suspiró.

—La conexión solo puedes romperla tú. Especialmente esta, que es tan antigua y poderosa como para trascender varias vidas. Yo puedo ayudarte con el amarre, pero no va a ser fácil.

En primer lugar, según Flora, había cientos de maneras para amarrar a alguien: polvos ingeridos; métodos con hierbas, papeles, fotos, velas, fecha de nacimiento. Esos eran «hechicitos de novatos» que, con toda seguridad, Samir no había usado. Bastaba con ver los estragos que había causado en mí.

—Si no sé qué hechizo exacto usó contigo, puedo hacerte mil limpias, que voy a estar dando espadazos en la oscuridad. Y si por casualidad llegara dar en el blanco, Samir ya tiene mucha de tu energía para poder amarrarte otra vez. Entonces, volveríamos al punto de inicio.