Una deuda siniestra 12
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—¿Cómo te llamas?

—Japunda. El nombre me lo dio mi madre. Significa luz de luna llena.

—¿Dónde estás ahora, Japunda?

—Estoy en una habitación lujosa tejiendo ropa. Es para mi hijo, que está creciendo en mi panza. Pero estoy… muy triste.

—Tranquila, puedes llorar.

—Mi gente me repudia.

[Sollozos]

—Calma. Volvamos a la habitación. ¿Estás en tu casa?

[Silencio largo]

—Este no es mi hogar. La ropa que llevo no es la de mi gente. Me da calor. Pica. Quiero arrancármela.

—¿Puedes decirme por qué no estás con tu gente?

[Silencio]

—Japunda, ¿por qué no estás con tu gente?

—Algo se quema. El humo y las últimas luces del día están entrando por la ventana.

Oigo gritos. […] Son los campos que arden.

Mi gente está matando al ganado y a las criadas que intentan huir.

«¡Japunda! ¡Japunda!», grita un hombre a caballo.

Es apuesto, tiene la nariz curva y la barbilla fuerte.

Su cabellera es larga y negra como la mía.

—¿Quieres ir con él, Japunda?

—Sí, pero tengo miedo. Temo que me mate por traidora. Iré de todas formas. Si este es mi fin, que así sea.

»Esta no es una casa, es una mansión. Debe tener una docena de habitaciones. Hay caos aquí dentro. Las gallinas corren para escapar del fuego; hay ovejas en llamas que braman de dolor, se revuelcan en el piso de mármol. Las puertas de madera no tardarán en arder también. Pronto, no quedará nada.

»Voy a liberar a las aves enjauladas que adornan las mesas. Él encerró tucanes, paujiles y garzas reales4. Pobrecillas, están clamando por su libertad.

—¿A quién pertenece esa mansión, Japunda?

—A mi señor.

—¿Él te compró? ¿Eres su esclava?

—No, pero me pide que le llame así.

—¿Dónde está él ahora?

[Silencio]

—El guerrero me tiende su mano. Lleva el torso descubierto, su pecho y brazos están llenos de cicatrices. Me está pidiendo que suba al caballo. «Nadie te hará daño, Japunda», dice. «Mientras yo viva, siempre habrá alguien que pelee por ti». Quiere que me dé prisa, las llamas avanzan rápido.

»Él me levanta como a una muñeca. Veo por encima de mi hombro los campos que alumbran bajo el crepúsculo como un nuevo sol. Mi corazón se rompe. Varios de esos árboles vieron nacer y morir a mis ancestros. Sus ramas columpiaron a muchas niñas y niños, sus hojas curaron a cientos de enfermos.

»Le pregunto al guerrero por qué pagaron las plantas y los animales. ¿Qué culpa tienen los inocentes? Él me recuerda que todo vuelve a nacer.

»Llegamos al bohío de los ancianos. Es enorme. Mucha gente nos espera. Mi madre me recibe con abrazos, dice que va a quitarme enseguida este vestido perverso.

»Una anciana sabedora me da la bienvenida. Dice que… ¡No, no, no!

[Forcejeos. Jadeos. Sábanas rozándose].

—Japunda, tranquila. ¿Qué dice la anciana?

—Dice que van a sacarme a mi hijo. [Sollozos]. Dice que es un demonio que él me ha implantado.

»¡No! ¡Suéltenme! ¡Malditos sean todos si tocan a mi hijo!

»Están rasgándome la ropa. Todos los hombres salen del bohío, solo quedan las ancianas y mujeres de mi familia.

La sabedora pide que me acerquen al fuego.

[Forcejeo. Gemidos]. Muchas manos se entierran en la carne de mis brazos, mis talones se raspan contra el suelo.

Ellas me obligan a arrodillarme. El ritual para matar a mi hijo va a comenzar.

»Cantan y rezan. Todas las mujeres se han unido en una voz. Dos se acercan para sujetar mi mandíbula y obligarme a beber un brebaje. «Traga», ordenan y empujan mi cabeza hacia atrás. «Pronto serás libre». ¿Cómo voy a ser libre si matan a mi bebé?

[Silencio].

—Mi vientre comienza a doler. Siento… [Gritos. Llanto]. Siento como si clavaran un cuchillo ahí, donde duerme mi bebé. La sangre baja y tiñe el suelo. [Alaridos, forcejeo]. No pude protegerlo.

»¡No lo aguanto! ¡Por favor, paren! ¡Me quiero morir! ¡Me quiero morir!

[Aullidos largos y lastimeros].

—Calma, Japunda. Esto es solo un recuerdo.

—¡Mi bebé! ¡Yo quiero a mi hijo!

[Silencio].

—Japunda, ¿estás ahí?

[Sollozos débiles. Pasa un instante largo].

—Japunda.

—Mi bebé está en el suelo. Una anciana va a echarlo al fuego, pero yo le ruego que me deje verlo tan solo un instante.

Ya estaba del tamaño de un aguacate grande.

No es rojito como los bebés muertos de otras mujeres.

Mi hijo es negro como el carbón, y una resina maloliente y oscura lo recubre.

Tienes tres ojos, y sus piernitas están unidas como la cola de un pescado.

»La voz de la sabedora me estremece cuando dice: «¿Ya ves que es un demonio, Japunda?

». Me cuenta que, durante varias lunas, una bestia con cabeza de lobo, torso de hombre y patas de perro, se coló en nuestras tierras para alimentarse de nuestra gente.

Perdimos a nuestras mujeres más sabias y a nuestros hombres más fuertes, entre ellos, mi padre.

»El monstruo que causó esa masacre no es más que el mismo hombre con el que yo he convivido por meses.

Cambia de forma como la oruga que se convierte en mariposa, pero mucho más rápido y con la ayuda de seres oscuros.

Se dice que vino del otro lado del mar, nadie sabe de dónde.

Él compró la mansión del este, su terreno y los animales que habitan ahí.

Su propiedad colinda con nuestras tierras.

La tarde en que él y yo nos vimos por primera vez, yo caminaba por los linderos junto a mis hermanas, llevábamos los cestos de la cosecha sobre nuestras cabezas.

Desde ese momento, él quiso que fuera suya.

»Él vestía como todos los demonios blancos; un chaleco sin mangas, camisa de algodón y pantalones anchos.

Sudaba como cerdo y estaba colorado por el sol, pero no era desagradable a la vista.

Se acercó sonriendo y nos saludó con reverencia.

Entonces, se volvió hacia mí y me preguntó por el cesto que llevaba: «¿Esa yuca la recogiste con tus propias manos?

». Yo le dije que sí, y él me ofreció tres monedas de oro por ella.

»Yo, joven ingenua, acepté sin más. Eso bastó para que yo cayera en su trampa.

Los brujos más temibles toman su poder de la sangre humana y, gracias a ella, son capaces de dominar la vida y la muerte.

Para ellos, doblegar almas es como un juego de niños, solo necesitan un poco de energía.

Así, él usó la yuca que mis manos tocaron para hechizarme.

»Un par de días después, yo les dije a mis padres que ya no me casaría con Quancoti porque estaba enamorada del señor que vivía en la mansión del este. Traidora, ingrata, desgraciada, dijeron muchos el día en que partí cargando mis propias ropas y ajustando mis propios grilletes.

»Una de mis hermanas no daba crédito a lo que había hecho.

Yo, que tanto despotricaba de los blancos, jamás habría dejado a mi hombre y a mi gente por uno de ellos.

Desesperada, le pidió a un sabedor que les preguntara a los espíritus por mis actos.

Él, cansado de que ella lo acosara día y noche, accedió.

Los espíritus revelaron lo que narro en esta hora.

—Japunda, ¿cómo se llama el hombre blanco? ¿Qué pasó con él después de que quemaran su mansión?

—Después de que mataron a mi hijo, yo tuve que pasar muchos días en cama, desde la luna nueva hasta el cuarto menguante. Sufría mucho. Las ancianas pensaron que mi cuerpo no resistiría, pero lo hice.

»Durante este tiempo, Anton permaneció cautivo. Nuestro hombres lo ataron de manos y pies y lo amordazaron. Liberaban su boca una vez al día para que comiera y bebiera, pero nada más. Su cuerpo desnudo se revolcaba en sus propios desechos, y no vio la luz del sol ni una sola vez.

»Mi gente quería que yo misma lo matara. Después de todo lo que había sufrido, el honor de clavarle un cuchillo en el corazón debía ser mío.

[Silencio].

—¿Entonces lo mataste, japunda? […] ¿No? Cuéntame qué hiciste.

—Es de noche. Han encendido una hoguera para la ocasión.

Nuestros tambores y cantos se alzan con el humo y las chispas.

Aves, insectos, espíritus y dioses ocultos en los árboles posan sus miradas sobre nosotros.

Quancoti, tan hermoso como terrible, arrastra a Anton con una soga para mostrar que este vale lo mismo que las piedras.

Anton gime de dolor, pero en sus ojos grises hay odio, un deseo de venganza bestial.

»El cuchillo que sostengo en mi mano cae al suelo junto a mis rodillas.

No puedo hacerlo. Después de pasar tantas noches juntos, una parte de mí ya es suya.

Él vive en mí, y yo en él. Si él muere, yo también he de morir.

Su aliento es como un humo que me asfixia, y aun así lo deseo.

Yo soy el ave que no puede alzar el vuelo porque le han destrozado las alas. Vivo o muerto, él ya ganó.

»Quancoti toma el cuchillo y va hacia Anton. Mi madre me sujeta cuando intento detenerlo…

[Sollozos].

—Quancoti le atraviesa el corazón a Anton antes de que este pueda decir sus últimas palabras, y con la ayuda de otro hombre lo lanza a la hoguera.

[Llanto y gimoteos].

—El fotuto y la ocarina suenan, el pueblo baila y festeja porque el brujo ha muerto al fin.

Una niña se me acerca para colocar una corona de flores sobre mi cabeza, pero yo no me inmuto.

No reconozco el olor de las flores, el sonido del viento o la luz de la luna.

Él se aseguró de que, en su ausencia, el mundo no significase nada para mí.

»Comienzo a correr hacia el bosque, porque un corazón es inútil cuando le han despojado del alma.

Una voz de mujer grita tras de mí, pero yo soy más rápida.

Sé hacia dónde voy, sé que me espera el despeñadero.

Doy un brinco antes de abrir mis alas rotas.

La brisa acaricia mis plumas y, por un breve momento, soy libre.

Entonces caigo, y el dolor y la oscuridad me abrazan otra vez.

[Silencio].

—Esmeralda, es hora de regresar. Sigue mi voz…