Una deuda siniestra 11
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—Su energía es muy fuerte. Esta mujer alberga tanta rabia que me dan ganas de salir corriendo —dijo Flora.

Mirarla a los ojos era una tarea todavía más ardua, pero esa vez me esforcé por hacerlo. Tuve que apoyarme en los brazos de la silla para levantarme. Despacio, me giré con la determinación de una niña que se atreve a mirar bajo la cama por primera vez, dispuesta a plantarle cara al monstruo.

—¿Qué ves? —me preguntó mi hermana.

Era una pregunta más compleja de lo que parece.

Ella quería que buscara información, no que la captara sin más.

La mujer y yo nos miramos fijamente, pero yo rompí esa conexión para examinar su cuerpo.

Al ver su atuendo, pensé en las distintas vestimentas de los pueblos originarios de Colombia. Los costeros, particularmente.

—¿Qué más? —insistió Flora.

Yo cerré los ojos, pues solo así vería mejor. Tomé una bocanada de aire.

—Esta persona murió hace mucho, mucho tiempo —balbuceé—. Eso es todo lo que puedo percibir.

La mujer desapareció de repente, y yo me desplomé de nuevo en la silla. Mi hermana calló unos momentos. Luego, se regañó a sí misma diciendo:

—Qué estúpidas. Intentar comunicarnos con ella es exactamente la razón de nuestro fracaso.

Yo repliqué, confundida, que los muertos le hablaban todo el tiempo. ¿Por qué con ella era diferente?

—Dices que murió hace mucho. Cuanto más amplio es el período que nos separa de ellos, más difícil es la comunicación.

Esmeralda, si las respuestas están en el pasado, tengo que hacerte una regresión.

Todo este tiempo hemos tratado de alejar a la mujer de tu vida, cuando teníamos que haberla acercado.

Claro, cariño, te explico. Pausa de «espiritualidad para Dummies»:

Una regresión es una especie de meditación profunda que te transporta a tus vidas pasadas o a recuerdos inconscientes, a las memorias que has olvidado.

Es como una máquina del tiempo espiritual.

En algunas culturas se hace con la ayuda de sustancias, pero hay personas que tienen el don de guiar solo con la voz, como mi hermana.

Flora dijo que iba a ser un proceso largo —diez horas, mínimo— y posiblemente traumático.

Es una práctica que ella no realiza a menos que sea necesario.

En sus épocas de novata, un muchacho la contrató porque tenía curiosidad sobre quién había sido en sus vidas pasadas.

Resultó siendo un soldado de la primera guerra mundial, y revivió todos los horrores que cometió y presenció: hombres desangrándose en las trincheras, sus compañeros muertos, él disparándole al ejército enemigo, etc.

El pobre tipo quedó tocado y terminó en un psiquiátrico.

Flora dijo que yo corría el mismo riesgo, pero era la única forma de entender el rol que la mujer jugaba en mi historia.

¿Que por qué duraba diez horas? No estoy muy segura, pero piénsalo; si todos habitamos la tierra durante generaciones, reencarnando una y otra vez, es apenas lógico que tardemos tiempo en hallar la respuesta a una pregunta específica. Si quieres mi opinión, diez horas me parece un tiempo récord.

Aun así, yo estaba cagada. ¿Recuerdas la vez que fuimos de excursión a Minca y oímos el rugido de un jaguar?

Tú y yo caminamos rapidito con el culo apretado, como si se nos fuese a salir un mojón, porque si dábamos zancadas grandes íbamos a parecer presas.

Bueno, en este caso, yo sentía que mi pasado era el depredador.

El problema era que ni siquiera sabía qué clase de bestia me perseguía.

Solo presentía que iba a atraparme y que yo quedaría flotando en un vacío oscuro y melancólico, ni muerta ni viva, habitando esta tierra.

—¿Qué pasa si lo que veo es horrible? —le pregunté a mi hermana—. ¿Qué pasa si la carga es demasiado pesada y mi mente no la soporta?

Entonces, Flora me tomó de las manos y dijo:

—Aquí estoy yo para ayudarte a llevarla.

El sol ya estaba por ocultarse ese día, así que no pudimos realizar la regresión.

Flora requería una mente descansada y fresca.

Lo haríamos a la mañana siguiente. Esa noche, me acomodé en el sofá cama de la sala, donde me dio por revisar los mensajes de WhatsApp.

Me encontré con los de mi vecina Marinelda, otra vez.

Eran muchos más de los que me dejaba mi mamá, de hecho.

Decía que me extrañaba, que estaba preocupada por mí, que había tocado a mi puerta muchas veces y que no le abría.

Supongo que mi ausencia súbita la hizo revivir la muerte de su hija.

Me conmovió darme cuenta de que alguien —además de mi sangre— se preocupaba en serio por mí.

Decidí contestarle, agradecerle y decirle que la quería mucho; estaba pasando por un tiempo difícil, pero todo volvería a ser como antes muy pronto.

En parte, lo dije porque quería tranquilizarla, pero también porque yo quería creerlo.

Es muy importante la fe ¿sabes? Por pequeña que sea, ella puede cambiar el cauce del destino.

Te cuento estos detalles porque Marinelda fue, en verdad, un ángel para mí. Pronto entenderás por qué. La quise muchísimo. Bueno, la quiero, porque ella aún vive en alguna parte.

¿Eh? No lamentes no haberla conocido. Lo harás.

Algún día, mi amor, tú y yo cruzaremos esa puerta que es la muerte, y si fuimos buenos en esta vida, nos encontraremos con nuestros seres queridos una vez más.

Allí, Marinelda nos espera con los brazos abiertos.

Sé que, desde ya, te quiere como a su yerno.

Vale, volviendo al tema. Me levanté con el sol de las siete a la mañana siguiente.

Lilibeth, tan querida ella, me dijo que pasara a la mesa a desayunar.

La pobre estaba tan alarmada por mi aspecto que preparó un bufé completo.

Había arepa, huevos revueltos, chicharrón, salchicha, patilla, piña, queso costeño, deditos2, jugo de mora en leche.

—No tienes que comértelo todo, tranquila —me recalcó—. Es para que escojas lo que te guste.

Lo dijo con ese tono alegre característico de ella y tan diferente al de mi hermana. Los opuestos en verdad se atraen. Flora es una chiquita brava; y Lilibeth, una macancana3 con corazón de pollo.

No sé qué tenía la comida, pero comí con ganas. Probé todo hasta que me llené. Lilibeth nada más me miraba contenta.

¿Qué dices, cielo? Ah, sí. Tienes razón, a lo mejor eso era lo que tenía el banquete. Amor.

Al cabo de un rato, mi hermana me pidió que pasara a su cuarto de trabajo.

Ella y Lilibeth ya habían quitado la mesa y las sillas.

En su lugar, en el centro del piso, había una colchoneta con una almohada y una sábana.

Flora y Lilibeth se dieron un pico, conscientes de que pasarían horas antes de que se vieran otra vez. Luego, mi hermana trancó la puerta.

El cuarto olía a palosanto, y la luz del sol entraba por la ventana. Flora abrió uno de los cajones de la cómoda donde guardaba sus utensilios de trabajo —hierbas, frascos con polvos, campanas, velas, etc.— y sacó un cuenco tibetano.

—Si ya estás lista, recuéstate —dijo—. Dime si el aire acondicionado está bien así, necesito que estés muy cómoda.

Comenzó a explicarme el proceso. Empezaríamos con una respiración consciente.

Una vez yo estuviese relajada, ella diría las palabras para dar inicio al viaje.

Yo tardaría un tiempo en desvincularme del presente y comenzar a narrar mis visiones.

Dado que yo no recordaría mis palabras al despertarme, tan solo imágenes y sensaciones, ella me pidió permiso para grabar una nota de voz.

Así, no se nos escaparía nada. Yo le dije que sí.

Esa grabación aún la conservo en mi teléfono, cielo, y es la que vas a escuchar ahora. No es el registro completo de las doce horas que duró mi viaje; Flora comenzó a grabar exactamente cuando afirmé ver a la mujer —o más bien, cuando estuve en su piel y vi el mundo con sus ojos—.

Mi hermana ungió sus manos con aceite de anís —comentó que este le daba protección psíquica— y dibujó el símbolo de la Triple Diosa en mi frente: la luna creciente, la llena y la menguante. Lo único que recuerdo, antes de abandonar el presente, es esto que dijo:

—Por el poder que me ha dado Morgana, la nacida del mar, sacerdotisa de la sagrada isla de Avalón, sabia hechicera, cambiaformas y curandera; hoy te guío, Esmeralda, a develar tu pasado y a descubrir lo que necesitas sanar.

Cuando Flora puso la mano aceitada sobre mi cabeza, mis músculos y mente se rindieron. El cuerpo entró en reposo para que el alma pudiera viajar.