10 #2
Yo bajé la mirada y balbuceé que cada vez me volvía más despistada. Él dijo que estaba pálida, que mejor no saliera en ese estado. Además, estaba lloviendo.
—Si no voy, Flora va a pensar que me tienes secuestrada —le respondí entre risas—. Estoy un poco pálida porque no he comido azúcar hoy. Bajé corriendo a saludarte y eso, seguramente, me descompensó.
Lo insté a que subiera y le dije que ya lo alcanzaba, quería sentarme a tomar aire un momento. Apenas lo perdí de vista, aproveché para meter la llave en la pecera y dejarla justo donde la había encontrado. Solo me quedaba rezar por que Samir no sospechara nada.
Lo del azúcar no era del todo falso, en verdad me sentía mal. Creo que ese día solo había comido un pan de queso con un vaso de leche de almendras. Pude haberme desmayado, pero, paradójicamente, el descubrimiento me había servido de combustible.
Abrí la nevera y me atiborré de uvas y queso holandés. Luego subí a vestirme para salir. Samir estaba desnudo y a punto de entrar a la ducha.
—El centro está inundado —me advirtió—. Te llevaría, pero acabo de aplicarle anticorrosivo al chasis del carro. De hecho, lo tuve que dejar en el taller.
Insistió en que no saliera con el clima así.
Yo le mentí y le dije Flora sonaba triste cuando habíamos hablado por teléfono.
A lo mejor estaba atravesando un bache con Lilibeth y me necesitaba.
Él comprendió al fin y se acercó para darme un beso en la frente.
Tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para no apartarme.
Los labios que yo antes anhelaba besar, ahora me producían repelús.
Un escalofrío me recorrió la espalda hasta las orejas.
¿Alguna vez has tenido que caminar el Centro durante un aguacero, mi amor?
¿No? Permíteme describírtelo. Súbitamente, parece que todas las casas pierden sus colores.
Los artistas esconden sus pinturas y los vendedores resguardan los carritos de comida.
Los mortales que andan a pie deben enfrentarse a un antiguo enemigo: el agua negra, una mezcla de lluvia, mar y alcantarilla que se mueve en pequeños oleajes y llega por encima de tus tobillos.
Si no tienes botas pantaneras, es mejor que uses chancletas, a menos que quieras dañar tus zapatos cerrados.
Al espectáculo lo acompaña un maravilloso aroma a cañería.
Es tan asqueroso que inhalar por la boca deja de ser una opción porque sientes que te estás tragando la mierda, entonces decides aguantar la respiración una y otra vez con la esperanza de alejarte pronto de ahí. Ya ves que la lluvia es lo de menos.
Paré al primer taxi que encontré, y el muy malparido me cobró el triple de lo que costaba la carrera hasta Castillo Grande. «Es por la lluvia», dijo. Claro, es que a mí la lluvia me hacía más rica. Le di los billetes antes de bajarme y mi única despedida fue el portazo.
Ya en el edificio, me di cuenta de que no me había cerciorado de que Flora estuviera en su apartamento.
Bien podía estar en el supermercado o de viaje.
Solté un suspiro de alivio cuando el portero levantó el citófono para anunciar mi llegada.
Toqué el timbre con la preocupación de que Flora, todavía molesta, me echara en cuanto me viera, pero fue Lilibeth quien abrió la puerta.
Puso cara de confusión por un momento y después abrió mucho los ojos.
—¿Esmeralda? Madre mía, ¿estás enferma?
Yo bajé la mirada y ella se disculpó apenas notó mi incomodidad. No la culpo, yo tampoco me reconocía.
—Supongo que sí —Le pregunté si podía pasar.
Ella se hizo a un lado y comentó que Flora estaba en su cuarto de trabajo. Flora dijo «pase» cuando toqué su puerta, pero no se giró para verme. Estaba encendiendo velas nuevas para el altar de su diosa, Morgana. Eran moradas, igual que el mantel que cubría la mesa.
—¿Te interrumpo?
Ella negó con la cabeza.
—A las deidades hay que ponerles ofrendas diarias para que se sientan a gusto —dijo—. Estaba dejándole unas manzanas. A Morgana le gustan.
Aquello me hizo pensar en la carne cruda de la habitación de Samir.
Quise que la siguiente palabra que saliera de mi boca fuese «perdón», pero ya se me había formado un nudo en la garganta.
Flora se volvió cuando percibió mi silencio.
Yo ni siquiera di un paso al frente. Nos miramos, y yo di rienda suelta al llanto.
Aún tenía una mano sobre el pomo de la puerta, estaba como paralizada.
Mi hermana se acercó para abrazarme y cerrar la puerta.
Me aferré a su cuerpecito, ese que siempre me había parecido menudo y frágil.
Se sentía firme en comparación con el mío, que estaba por desmoronarse.
La carne de mis muslos, generosos por genética, se había consumido.
Ni hablar de mis brazos y clavículas. Parecía el cadáver de la novia.
Varios minutos después, por fin conseguí disculparme. Dije «lo siento» como diez veces.
—Nunca debí irme con él —le dije—. Me quedé sin trabajo y sentía mucha vergüenza. No quería venir aquí a molestarte más. No quería ser una carga.
Dijo que le dolía que no hubiera acudido a ella en primer lugar, pero que me entendía.
—Tú sabes perfectamente que, cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía —comentó.
También me disculpé por lo que dije en mi apartamento y por lo que había insinuado con respecto a Juan Sebastián. Flora chasqueó la lengua. Hizo una mueca para darme a entender que ya no importaba.
—¿Ese desgraciado te echó? ¿O huiste porque te estaba matando de hambre? ¿Cuántos kilos has bajado?
Estábamos sentadas frente a su mesa de lectura. Flora tenía dispuestas cuatro sillas para recibir a sus pacientes ahí. Yo me sequé las lágrimas, negué con la cabeza y dije:
—Vengo a contarte lo que descubrí.
Le mostré a Flora el material que recopilé. Ella levantó un poco las cejas, pero no se horrorizó como yo. Imagino que, para ella, conocer a un satanista no era nada del otro mundo. Sin embargo, cuando vio el altar con la foto de Juan Sebastián, dio un grito ahogado y se cubrió la boca.
—¿Tú crees que lo haya hecho? —pregunté.
—Puedo pedir confirmación a Morgana con las cartas, pero es completamente posible. Este cuarto… Estos objetos no son de principiantes. —Luego dijo que Samir siempre le dio mala espina—. Morgana se asocia con la intuición, y a mí nunca me ha fallado.
Me preguntó cómo descubrí el cuarto. Yo respondí que un espíritu golpeó la puerta de la habitación y le narré la búsqueda de las llaves. Flora preguntó que si fue la mujer. Yo le dije que en casa de Samir la veía con mucha menos frecuencia, pero que mi corazón me decía que había sido ella.
A medida que le contaba los sucesos, una presión dentro de mí, enquistada entre mis ojos y sienes durante semanas, iba disminuyendo. Fue como ir a psicología por primera vez. Esa sesión no va a arreglarte la vida, pero al fin contemplas con alivio una salida, una mano amiga en el vacío.
—Creo que la mujer ha estado tratando de ayudarme todo este tiempo —comenté, y entonces me pareció que, después de estar mucho tiempo buceando hacia el fondo el mar, por fin toqué el suelo con la punta de mis dedos. Experimenté su suavidad, pero también su poder y firmeza. Vibró en mi interior.
De pronto, comencé a sentir ese frío inconfundible en la espalda. Flora cerró los ojos e inhaló profundamente.
—Me parece que la invocamos —afirmó.
Y sí, ahí estaba.
1. Parafraseando a Anne Rice en Entrevista con el vampiro (1976).