Una deuda siniestra 10
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Me quedé observando la negrura por varios segundos.

Pensaba que aún estaba a tiempo de cerrar la puerta e irme.

No solo porque me sentía fisgona —y lo era—, sino porque también le temía al cambio.

Tenía miedo de que lo que fuera a encontrar empeorara mis circunstancias actuales, que eran horribles, pero que se habían convertido en mi propio infierno habitable.

Por suerte, yo aún no había echado raíces.

No tenía mi celular a la mano, así que comencé a palpar las paredes en busca de un interruptor.

Se sentían lisas, por lo que deduje que el cuarto seguía en buen estado.

Cuando por fin lo encontré y encendí la luz, creí que estaba soñando.

Di dos pasos atrás, parpadeé varias veces, me froté los ojos y hasta hice un ejercicio de respiración; inhalé siete segundos, retuve cuatro, solté en ocho.

Es que tenía que ser una alucinación. Yo no sabía ni dónde fijar mi mirada.

Justo enfrente, había una estatua de concreto de, más o menos, un metro con veinte centímetros de altura.

Yo no era la más ilustrada en religiones, pero estaba bastante segura de que era la imagen de Lucifer.

Cabeza de cabra, cuerpo de hombre, alas en la espalda, un pentagrama invertido en la frente y una mano con dos dedos levantada.

A su derecha había una mesa de piedra cubierta por un mantel negro.

Tenía bordado un pentagrama rojo invertido.

Sobre él había velas negras, un cáliz de acero con símbolos raros, el cráneo de una cabra y cartas.

Me acerqué un poco para ver el contenido de un bol de vidrio.

Había carne fresca. Trozos de cerdo, si mi ojos no me engañaron —la textura y los tejidos son reconocibles para alguien que cocina lo suficiente—.

A un lado de esto reposaban una daga de mango labrado y una campana.

También hallé un par de estatuas en miniatura que, asumí, representaban demonios.

Lo que más me horrorizó fue el crucifijo invertido que coronaba el altar.

Al crecer en un país mayoritariamente católico, incluso si no crees en Dios, ver un cristo al revés te impacta.

Toda tu vida oyes que Dios te ama y que por eso mandó a su hijo a la tierra, para salvarte del pecado, llevarte a la vida eterna y todo el cuento.

De repente, te surge la pregunta: ¿cómo alguien puede odiar a Jesús tanto como para ponerlo de cabeza?

Había un portarretrato colgado en la pared a mis espaldas. Un hombre calvo que usaba traje y corbatín miraba a la cámara fijamente. Reposaba la mejilla sobre su índice en una pose un tanto forzada. Bajo la foto en sepia se leía la inscripción:

«haz tu voluntad, será toda la ley». —aleister crowley.

El tipo me pareció lo más normal en esa habitación.

Imaginaba que era alguna clase de mentor para Samir y que por eso su mascota se llamaba como él.

Creí que ya lo había visto todo cuando bajé la vista.

Te juro que sentí que mi corazón se detuvo.

En una mesita baja de madera, cubierta por otro mantel negro, estaba una foto de Juan Sebastián.

Yo misma se la había tomado para su perfil de Tudoctor.com.

Seguía igual de sonriente, pero ahora tenía los ojos tachados con marcador negro.

Una hilera de cabos de velas negras circundaba la imagen, y justo frente a ella, como si la estuviera encarando, reposaba la estatua de un hombre con cuernos que sostenía alguna especie de boa en sus brazos.

A un lado de la figura había plumas negras y un frasco que contenía un líquido medio turbio.

Me agaché para ver mejor, pero con mucho cuidado de no tocar nada.

Esa es la regla número uno si te encuentras con un trabajo de esos: siempre mantén las manos empuñadas detrás de la espalda.

Así evitas que algo físico o energético se adhiera a ellas.

Tardé unos instantes en comprender que lo que estaba viendo dentro del frasco era el trocito de meñique de Samir, ese que supuestamente había perdido cocinando.

Ya sé lo que estás pensando, cariño: «La muerte de Juan Sebastián pudo ser un simple accidente, no tuvo nada que ver con magia».

Créeme, yo quería pensar lo mismo. Quería pensar que el hombre con el que yo había convivido tantos días y noches no era un asesino, pero, en el fondo, sabía que era una esperanza ingenua.

Dentro de esa habitación vi libros de demonología, magia, esoterismo; todos muy similares a los que leía mi hermana. Samir sabía lo que hacía.

Cuando sus pacientes —así les llama Flora— consentían a ser grabados, mi hermana recopilaba evidencias de sus sesiones.

Gracias a eso, yo veía cómo ella sacaba la brujería de las personas.

No de manera «espiritual» causándoles convulsiones como los pastores de las iglesias evangélicas a su público.

Lo que hacía Flora era palpable. Visible.

De las fosas nasales, oídos, boca y hasta del ombligo de la gente, ella sacaba toda clase de objetos: clavos, cabellos, alfileres, partes de animales, hilos, tumores sanguinolentos.

Ella me explicó que esas cosas son las que usan los brujos y brujas en los trabajos para dañar a alguien.

Flora, literalmente, extraía los hechizos materializados de los cuerpos de las personas.

Habiendo sido testigo de toda esa maldad, ¿cómo es que yo iba a desdeñar las pruebas que se erigían frente a mí?

Es cierto, yo no sabía nada del Satanismo, pero Flora me enseñó que todo lo que podemos imaginar existe.

Lo alimentamos con nuestra fe y devoción.

Por eso el Satanismo es una religión como cualquier otra.

Samir veneraba a Lucifer. Solo tenía que clamar a él para que este le respondiera.

Yo siempre tuve mis dudas con respecto a la existencia de Dios.

¿Quién no? Podemos dejar de creer en él y en la bondad, pero siempre creeremos en el demonio, o al menos en la ligera posibilidad de que existe.

Eso es porque el mal es siempre posible, lo ves todos los días.

Y la bondad es infinitamente más difícil1.

Esa tarde, sin embargo, yo confirmé la existencia de ambos.

Dios es muchos, al igual que el diablo. Las personas elegimos encarnar al uno o al otro con nuestras decisiones.

En mi opinión, es tan simple y complejo como eso.

Bueno, ¿en dónde me quedé? Ah, sí. El hechizo.

Dado que ya había transcurrido un mes desde la muerte de Juan Sebastián, a mí me pareció extraño que Samir conservara los restos del trabajo.

Supongo que lo inspiraban las mismas razones que mueven a un psicópata a guardar restos de sus víctimas; un cabello, una prenda de ropa o un objeto personal.

A lo mejor, quería alimentar su ego y recordar que hizo lo que quiso y que nadie pudo hacer nada para detenerlo.

No pienses que, para Samir, la cuestión fue más personal que eso.

Vaya que no. Juan Sebastián no era más que un insecto fastidioso a sus ojos, y Samir lo aniquiló como tal.

La clase de personas que usan la magia a su antojo y sin temor a las consecuencias son reacias a someterse a cualquier situación que no les convenga.

Si se topan con un jefe comemierda o un colega malintencionado, los eliminan sin el mayor reparo.

Cuando me puse a pensar en eso, en todo lo que Samir era capaz de hacer, comencé a sentirme mareada y tuve que salir de la habitación para tomar aire.

La tormenta no cesaba y el cielo tronó tan fuerte que ahogué un grito.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que entré, pero Samir llegaría en cualquier momento.

Me puse de pie y, tan rápido como pude, fui a buscar mi celular para tomarle foto a todo y enseñárselo a mi hermana.

Tenía la vista nublada porque de repente se me había bajado la presión.

Yo estaba más débil que un recién operado en un hospital —condición agravada por el susto de mi descubrimiento—.

Desesperada, no daba con el celular. Al fin, lo encontré en la mesa donde descansaba la pecera de Alister.

Corrí a la habitación y saqué fotografías y videos.

Me quité la camiseta de pijama para abrir los cajones sin que mis manos los tocaran directamente.

Estaban llenos de amuletos, talismanes, artefactos, hierbas, libros y demás cosas.

Me detuve en uno de ellos cuando hallé una foto de los papás de Samir.

Evelyn y Ahmed, felices, posaban sentados a la mesa de algún restaurante.

Esa habitación fue el único lugar de la casa donde vi un recuerdo de la pareja.

El portón de la sala produjo un estruendo.

Samir llegó. Me puse la blusa rápidamente, salí de la habitación y cerré la puerta con muchísimo cuidado.

La puta bisagra chirrió y yo apreté los dientes.

Por fortuna, Samir tardó un poco el subir; se estaba quitando los zapatos empapados para no mojar toda la casa.

Me recordé que tenía que actuar con suma naturalidad.

Samir era una persona peligrosa, y lo que yo había hecho al entrar a ese cuarto era lo mismo que pillar a Ted Bundy con las manos en la masa.

Por suerte, a las mujeres se nos da muy bien eso de fingir para que no nos maten.

Si un imbécil se te insinúa mucho en un bar, más vale que le sonrías mientras lo rechazas si no quieres arriesgarte a que te meta botellazo o que te siga hasta tu casa.

Lo bueno es que yo no tenía que sonreír.

Debía continuar pareciendo la misma mujer deprimida, dependiente e indefensa que había sido hasta entonces.

Me obligué a entornar los párpados y a hablar bajo para disimular mi nerviosismo interior.

Le dije a Samir que planeaba pasar esa noche donde mi hermana; llevábamos mucho tiempo sin vernos, y estaba preocupada por mí.

Él me sonrió y me acarició el cabello antes de decirme:

—Te pusiste la blusa al revés.