Una deuda siniestra 9 #2
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Me quedé de piedra como dos minutos. Por primera vez, comencé a llorar por algo distinto a la pena.

La gente se equivoca cuando dice que el miedo es frío ¿sabes?

En realidad, es ardiente. Empieza en las piernas, haciéndolas temblar como salchicha en una sartén.

Se enquista un rato en la entrepierna, justo en el pliegue de los genitales y el muslo, donde pica y quema sin causar dolor.

Luego, rodea la pelvis y sube por la columna hasta que esta se pone tiesa como el palo de una escoba.

Llega a la cabeza y tienes la sensación de que te metieron los sesos en una olla de presión.

La garganta es el último paradero. Se seca tanto que, a falta de babas, podrías tragarte tu propia lengua y atragantarte con ella.

La mujer me había asustado muchísimas veces, es cierto, pero al menos podía verla. A lo que sea que estuviera llamándome, no. Además, odiaba ese maldito cuarto. No quería acercarme a él, pero tuve que hacerlo porque los golpes no cesaban.

Las rodillas me temblaban mientras subía despacio las escaleras. Miraba adelante y atrás frenéticamente para ver si la mujer se presentaba. De alguna manera, ahora deseaba su compañía. Pero no apareció.

Un pasillo de cinco metros, bordeado por una balaustrada de madera que daba al patio, era todo lo que se interponía entre la puerta y yo.

Bueno, al menos en un plano visible, porque yo sentía que frente a mí había un tornado energético.

A medida que me acercaba, cada paso se hacía más difícil que el otro.

Mi espíritu quería andar, pero mi cuerpo se resistía.

Las fuerzas que deseaban que yo siguiera adelante eran tan poderosas como las que querían detenerme.

Cuando por fin estuve frente a la puerta, tomé aire y pregunté:

—¿Hay alguien ahí?

La respuesta fueron golpes. Mi corazón dio un brinco y di un paso atrás. Allí no había una persona secuestrada ni un animal cautivo. Lo que me llamaba era algo de otro plano. Estaba completamente segura.

Me arrodillé y apoyé las palmas en el piso.

Inhalé y exhalé varias veces con los ojos cerrados.

«Si tan solo mi hermana estuviese aquí», pensé e incliné mi cuerpo para poder observar a través de la ranura de la puerta.

Permanecí en esa postura muchos segundos, segura de que iba a encontrar la cara de algún espíritu horrible, pero no fue así.

Lo que vi fue una absoluta y calmada negrura.

Intenté girar la manija, sin éxito. Era obvio que «algo» esperaba que yo abriera esa puerta.

Si la entidad era buena o mala, yo no tenía manera de confirmarlo aún.

Hice una lista mental de los pros y los contras, que resultó siendo bastante breve: Si la entidad es mala —un demonio, por ejemplo—, puede poseerme o matarme, y colorín colorado, mi cuento se ha acabado.

Si es buena, o entra en la escala de lo normal, me llevaré un susto ni el hijueputa, y ya está.

Ignorar lo que estaba sucediendo no era una opción. La habitación era importante, casi parecía que clamaba por mi presencia. Aparte, la verdad era que yo no tenía nada mejor que hacer. Ese misterio le devolvió un poquito de sazón a mis días.

Lo primero que hice fue ver un montón de videos en YouTube sobre abrir cerrojos. Fracasé estupendamente. Yo habría sido una pésima ladrona.

¿Eh? No, no le pedí a Samir que lo abriera. Para empezar, estaba segura de que iba a negarse. Y segundo, yo temía que lo que me llamaba no fuese a manifestarse si Samir estaba junto a mí. Los muertos pueden ser tan caprichosos como los vivos.

Lo siguiente que hice fue buscar la maldita llave.

Tardé una semana, Vigo. Una semana esculcando cada recoveco de la casa.

Cajones, compuertas, repisas; el interior de frascos, adornos, libros, bolsos.

Abrí los cierres de los cojines, palpé la parte de debajo de los muebles y las camas.

Busqué en los tarros de productos de aseo, en el congelador; escarbé la tierra del jardín muerto del patio.

No más faltó que me encaramara en el techo.

Prácticamente me había dado por vencida cuando me senté en el sofá de la sala y contemplé a Alister.

Una larga tira de popó flotaba tras él. Yo le daba mucha comida, el pobre se alimentaba por los dos.

Él atravesó la puerta de su castillito y enterró la boca en las piedras rápidamente antes de nadar hacia arriba otra vez.

Después de todo, sí me faltaba un rincón por revisar.

Le pedí disculpas a Alister por la invasión y saqué el castillo del agua.

Nada. Entonces, comencé a escarbar entre las piedras blancas del fondo.

Debía tener cuidado; si Samir notaba algo fuera de lugar —y era bien detallista—, se iba a formar.

El pobre Alister estaba como loco. A lo mejor pensaba que ese brazo moreno, tan distinto al de su papá, lo iba a sacar del agua para devorarlo.

Al fin, mis dedos sintieron un objeto plano y ligeramente rugoso.

Cuando saqué el brazo, sostuve la llave frente a mis ojos.

Ya estaba empezando a oxidarse. Me giré sobre el reloj para ver la hora.

3:30 p.m. Samir llegaría a eso de las cuatro.

Si no quería tener que esperar hasta el día siguiente, debía hacerlo ya.

Acomodé el castillo y traté de dejar todo como estaba. Mi corazón quería salirse del pecho mientras subía las escaleras. Otra vez, las mismas fuerzas del pasillo comenzaron a batallar. Tiraban y empujaban, pero mi curiosidad era más fuerte que ambas.

El temblor de mis manos hizo que la llave cayera al suelo. Tintineó y la detuve justo antes de que cayera por el balcón y terminara en el piso de abajo. Con la mano todavía húmeda por el agua de la pecera, introduje la llave en el cerrojo y, lentamente, di vuelta. Lo primero que vi fue oscuridad.