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Yo no sabía qué pensar sobre el mensaje de la mujer.
¿Samir me estaba ocultando algo? ¿Ese «no» era para que yo no anduviese de curiosa?
Era posible que, después de todo lo que me había hecho hasta entonces, ¿ahora el fantasma buscase protegerme?
Tardé un tiempo en resolver el misterio porque, por alguna razón que yo no comprendía, la mujer no se aparecía tan a menudo en la casa de Samir.
Así, los días fueron transcurriendo sin que yo no hiciera más que dormir, tener sexo con Samir, limpiar un poco —ya que estaba comiendo gratis y gastando luz, aportaba a la economía de la casa de esta forma—, y alimentar a Alister, el pez de Samir.
Noté que tenía varios mensajes de Marinelda, la pobre estaba preocupada por mí.
Yo no tenía cara para contarle lo que estaba pasándome.
Preferí que conservara en su mente a una Esmeralda más enérgica y cariñosa, no la zombi en que me había convertido.
Por otro lado, ella no merecía mis mentiras, así que decidí no contestar.
Durante una tarde de habitual pesimismo, yo estaba en el asiento de la ventana de la sala viendo a los transeúntes pasar.
La mesera del puesto de cócteles de enfrente se estaba durmiendo en su silla.
El jefe se acercó para regañarla, y ella se puso de pie rápidamente.
Yo dije: «Ese debe ser un trabajo de mierda», y entonces recordé que yo solía tener un empleo, uno que me gustaba en verdad.
Había olvidado por completo que tenía que buscar uno nuevo.
Te lo juro, Vigo, la revelación fue como cuando uno deja un táper con restos de comida en el carro y, días después, lo encuentra lleno de hongos.
La depresión trae eso ¿no? Mala memoria, pensé.
Aunque hubiese tenido la voluntad de mandar mi hoja de vida a empresas con vacantes, en mi interior, estaba convencida de que habría sido una pérdida de tiempo.
Nadie iba a contratarme, y tendría que pasar el resto de mis días mantenida por un hombre que, a mi juicio, yo no merecía.
Ese sentimiento de culpa hizo que agarrara mi celular y le dejara varios mensajes a Samir diciéndole que lo quería y lo extrañaba, que no podía esperar a que llegase.
Necesitaba su consuelo y el calor de sus brazos.
Él respondió con un corazón. Nada más. Aunque extraña, la respuesta no me alarmó hasta que llegó a la casa.
Lo sentí distante. Me evadía como si estuviese aburrido de ver a la misma persona todos los días.
Hasta se encerró en la biblioteca porque dijo que quería estar solo.
Por la noche, se negó a tener sexo conmigo. Como mi apetito sexual hacia él era una llama inextinguible, le pedí que me tocara. Él soltó mi mano con suavidad, pero con suficiente firmeza.
—¿Ya no me deseas? —le pregunté.
Él me respondió que no fuera dramática, que solo estaba cansado y que no tenía ganas. Me dio un beso en la frente, se dio la vuelta y apagó la luz. Su actitud me generó frustración, pero no quería pasar por intensa, así que me tragué las lágrimas.
Por la madrugada, di una vuelta larga y, otra vez, noté que su lado de la cama estaba vacío. Salí del cuarto para decirle que eso no podía seguir así. Si roncaba, era yo quien tenía que dormir abajo para no molestarlo. No era justo que lo sacara de su propia cama.
Creí que lo iba a encontrar dormido, pero cuando abrí la puerta del cuarto de abajo, él estaba subiéndose el pantalón de pijama. No como si acabara de echarse una meada en el baño. Estaba en la cama, acostado, con la luz encendida.
—¿Qué haces? —le pregunté, y él mencionó lo de mis ronquidos.
Yo me lo quedé viendo varios segundos. Él sostuvo la mirada. Mis ojos, de seguro, reflejaban celos y desconfianza, pero los de él no revelaban nada. Tal vez un ligero nerviosismo típico de infieles. Comencé a tirar las almohadas al suelo, revisé de bajo de la cama, le toqué los bolsillos.
—¿Qué haces, Esmeralda? —Fue la primera vez que me levantó la voz.
—¿Dónde está tu celular? —le dije.
Él arrugó el entrecejo y parpadeó varias veces.
Cuando comprendió lo que yo estaba insinuando, soltó una exhalación.
Dijo que le estaba faltando el respeto en su propia casa.
Después de todo lo que él había hecho por mí, estaba siendo muy injusta con él al llamarlo mentiroso e hipócrita.
¿Es que acaso no podía haberse estado rascando los huevos?
¿Por qué tenía que pensar lo peor de él?
La infidelidad era propia de cretinos y cobardes que no podían controlar impulsos primitivos y que tenían dificultades para vivir en sociedad.
Si esa era la opinión que yo tenía de él, pues vaya mierda de situación.
Para ese entonces, yo estaba muy sensible, cualquier cosa me hacía llorar. Samir no se quedó para consolarme. Salió del cuarto sin decir nada más.
Yo ya había echado mi trabajo y la relación con mi hermana por la cañería. ¿Estaba haciendo lo mismo con Samir? Otra vez, pensé en ponerle punto final a mi vida. Unas pastillas eran todo lo que necesitaba para dejar de estorbarle a la gente a mi alrededor.
Me senté en la cama, sollocé y gemí un largo rato.
Lo solté todo. El pecho y el estómago —que ya iba desarrollando una gastritis—me dolían.
Entonces, sentí una mano helada en mi hombro.
Es imposible acostumbrarse al tacto de un muerto.
El frío que transmiten, a diferencia del hielo, no causa sobresalto.
Te paraliza. Sientes que tus fuerzas menguan y que estás a punto de unírteles en el más allá.
Al levantar la vista hacia el espejo, vi que la mujer estaba de pie junto a mí. Lentamente, levantó su brazo lívido y, con el índice, señaló al frente. Hacia nosotras.
Fue tan extraño ver aquel movimiento sin poder escucharlo.
El sonido es telúrico. Todo lo que habita la tierra lo emite en mayor o menor medida.
Hasta un sordo puede sentirlo si las ondas tienen suficiente fuerza.
No es natural su ausencia. Creo que por eso los espíritus son tan aterradores para quien los ve de súbito.
Son la compañía que nunca solicitaste, esa que te recuerda en lo que te convertirás algún día.
Mi visión se emborronó de pronto, y tuve que enterrar las uñas en mis muslos para mantenerme presente, para recordar que estaba viva.
—¿Qué pasa? No te entiendo —le dije cuando por fin pude hablar.
Su única respuesta fue bajar la cabeza y comenzar a llorar.
El cabello le cubría el rostro. Ella no producía lágrimas ni estertores que yo pudiese oír, tan solo se encogía una y otra vez.
Se quebrantaba. Por primera vez, yo tenía una compañera de tristeza.
Es una desgracia, ¿no te parece? Que hasta los muertos lloren.
Unos minutos después, la mujer se marchó y yo me quedé ahí, sola, hasta que las primeras luces del día se colaron por la puerta.
Pasó casi un mes, y la relación con Samir se fue enfriando.
Él estaba cada vez más distante; leía solo, escuchaba jazz o blues en el patio interior mientras fumaba, y ya casi no veíamos películas.
Por gracioso que parezca, nada de eso me afligía tanto como su falta de deseo sexual.
Me rechazaba sin miramientos. Yo lo buscaba con sed y él me respondía con sal.
En parte, no lo culpaba, yo estaba horrible, demacrada, raquítica. Mi pelo se había vuelto opaco; mis mejillas se desinflaron, al igual que mi trasero; mis labios se quebraron. A duras penas me cepillaba los dientes. Mi imagen era tan penosa que ni siquiera quería verla por las mañanas.
Aun así, yo le rogaba afecto a Samir. Le enviaba mensajes todos los días, le preguntaba qué quería para cenar.
Me devanaba los sesos pensando en si ya se había buscado a otra.
No podía evitarlo; él era todo lo que yo tenía, lo único en lo que yo pensaba.
Cuando por fin se dignaba a darme un beso, a acariciar mi mano o a coger conmigo, yo sentía que un manantial surgía para mí.
En mi interior se iba incubando, día tras día, el miedo a que me terminara.
Pensaba cuánto tardaría en darse cuenta de mi verdadero valor, pues yo no me consideraba más que un lastre en su vida.
«Tengo que hacer que me quiera como al principio», me dije una vez.
Pero ¿cómo? Yo no tenía dinero para darle regalos.
Tampoco era una mente brillante ni digna de admiración. Ya ni siquiera mi cuerpo le bastaba.
Fue en uno de esos episodios de desesperanza en la cama cuando oí golpes.
Yo estaba en el cuarto de abajo, el del espejo.
En principio, los ignoré. Samir no tenía que tocar porque tenía llave, y si eran las prostitutas del Centro ofreciendo sus servicios puerta a puerta, solo había que ignorarlas.
Los volví a oír, esta vez, más fuertes. Tun, tun, tun.
El sonido era claro, aun con el aguacero que recuerdo que estaba cayendo.
Abrí la puerta de la entrada, pero no había nadie. Un escalofrío hizo que se me erizara la piel. ¿Me lo estaba imaginando?
¡Tun, tun, tun, tun! Esta vez llegaron con rabia y desesperación.
Entonces, entendí que los golpes no provenían de afuera, sino de dentro. Más específicamente, de la habitación enllavada del segundo piso. Allí donde solían encerrar a Samir en su infancia.