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Bueno, ya van a ser las dos de la mañana. Han pasado seis horas desde la cena. ¿Y si pedimos algo de comer? Sí, unas pastas estarían bien, las mías cacio e pepe. Creo que también deberíamos entrar, de repente se puso muy fría la noche.
Te veo un poco tenso, cariño. ¿Ya crees en la existencia de los espíritus?
Ajá, eso creí. Puedes arroparte en esas sábanas todo lo que quieras, pero si algo he aprendido en esta vida, es que no hay manera de huir de lo que nos asusta.
Hombres, demonios, espíritus. Todos son iguales.
Si no los enfrentas, ellos acabarán contigo, y no quedará nadie para contar el cuento.
Así es como se han perdido millones de historias.
Ellas nadan en un lugar muy lejano, el mar del tiempo.
Pero existen maneras de pescarlas, Vigo. Pronto entenderás a lo que me refiero.
Las primeras dos semanas después de la mudanza fueron relativamente llevaderas.
Samir me consiguió unas pastillas para dormir y, por un tiempo, funcionaron.
Si había una rumba en la casa de al lado, apenas la sentía.
A pesar de esto, mi depresión se hacía cada vez más pesada.
La arrastraba conmigo desde que me levantaba de la cama.
Los pensamientos que rumiaban mi cabeza eran como: «No tengo trabajo ni casa.
Soy una hermana terrible. No sirvo para nada.
Voy a terminar en la calle o en un psiquiátrico».
A pesar de que la casa de Samir era colorida y el sol bañaba el patio central todos los días, yo había creado mis propias tinieblas.
Envidiaba a los pájaros que cantaban, a las nubes en el cielo y, de manera particular, a los insectos.
Se arrastraban por las enredaderas del patio.
Había orugas, hormigas y bichitos que yo no sabía nombrar.
A veces, yo los observaba mientras esperaba a que Samir volviese de trabajar.
Qué existencia tan bella y simple era la suya.
Comer y reproducirse. Si al destino se le antojaba, morirían aplastados o por causas naturales.
¿Qué puede ser más maravilloso que eso? La vida del insecto es, ciertamente, la más gentil de todas.
Ah, sí. Claro que Samir notaba mi estado de ánimo, ni que hubiera estado ciego.
Pero él era la clase de persona que mantenía cierta distancia emocional contigo para no verse salpicada de negatividad.
Una frase que usaba a menudo era: «Ese no es mi problema».
Nunca lo vi perder los estribos por algo, mucho menos llorar.
Sus sentimientos parecían estar constantemente congelados, aunque sin caer en la amargura.
Creo que él concebía la vida con muchísima objetividad.
Contaba consigo mismo, prefería cargarse de trabajo antes que pedir ayuda.
Por eso mismo le molestaba que otros se la pidieran.
Recuerdo cuando unas chicas nos detuvieron en el Centro para que donáramos a una fundación ambiental.
Samir dijo que sí a regañadientes, pero en cuanto vio el formulario que había que llenar, se arrepintió con poca cortesía. Detestaba que le quitaran tiempo.
Conmigo hacía ciertas excepciones. Intentaba sacarme de mi hoyo de tristeza. Por las noches o los fines de semana, veíamos películas, nos metíamos al jacuzzi, cocinábamos recetas de internet y, si yo estaba de buenas, dábamos garbeos por el Centro.
Recuerdo que le gustaba leerme historias. Me contó que su mamá también solía leerle cuando tenía ganas de portarse amorosa. Dado que yo era pésima lectora, Samir sabía que la única forma de hacerme leer era con los oídos. Así conocí al famoso Bilbo Bolsón y la Montaña Solitaria.
Nada de eso daba resultado, cosa que me hacía sentir culpable e indigna de sus atenciones.
Todo el tiempo me preguntaba: «¿Para qué distraerme?
¿Cuál es el punto de leer, ver televisión, salir o escuchar música?
». Yo sentía que el mundo entero estaba desolado y, por ende, yo no cumplía ningún propósito al habitarlo.
Mi luz, como la de una estrella vieja, se iba apagando.
La única cosa a la que yo correspondía de buena gana era al sexo.
Samir y yo lo hacíamos todos los días, en ocasiones, hasta tres veces.
Si él no podía más, yo lo presionaba para que siguiera con las manos.
Era extraño ese impulso. Contradictorio.
Cuando estaba sola, mi tristeza se mezclaba con la idea de Samir, como si él fuese lo único capaz de hacerme sentir con vida.
El problema era que esa sensación no me causaba placer o alegría.
Yo sentía, más bien, una especie de ansiedad desesperada.
Daba vueltas en la cama, me masturbaba frecuentemente viendo porno —algo que yo había hecho muy pocas veces en mi vida—.
Quería tocar a Samir todo el tiempo, sentir su pene dentro de mí, sus manos sobre mis senos.
En resumen, era presa de un frenesí que, más que animarme, consumía mi energía. Y yo le daba a Samir los rescoldos.
Una noche, después de tener sexo, yo me quedé dormida de golpe.
Ni siquiera necesité tomar mi pastilla. En algún momento de la madrugada, yo sentí un vacío en la cama.
«Seguro se paró al baño», pensé y seguí durmiendo.
Sin embargo, cuando me despertó un grito lejano que parecía provenir de la calle, noté que la cama seguía vacía.
Abrí los ojos para ver si había alguna luz encendida en el baño. Nada.
«Debió haberse olvidado algo del trabajo», supuse y lo dejé pasar.
Estaba demasiado cansada como para ir a buscarlo.
La depresión me mantenía así, con la energía por los suelos.
«Si se tratara de alguna emergencia, él mismo me habría levantado», dije, porque las malas noticias son las primeras en llegar.
A la mañana siguiente, arrastré los pies hasta la cocina, ya preocupada por la ausencia de Samir. Encontré la mesa del comedor llena de comida; hummus con pan pita, aceitunas aliñadas, kibbe crudo con cebolla, huevos shakshuka, hojas de parra rellenas y jugo de naranja en una jarra.
—Un desayuno digno de una reina —dijo Samir, que estaba terminando de emplatar una crema agria—. Tardé toda la madrugada preparándolo, y me costó un pedacito de mi meñique.
Él me mostró el dedo vendado. Dijo que el cuchillo se le resbaló y perdió medio centímetro de carne y uña.
—Vi al diablo encuero5 —comentó. «Conque eso fue lo que oí por la noche», concluí—, pero me atendieron rápido en la clínica.
Como yo casi siempre dormía hasta tarde, él había tenido tiempo más que suficiente para ir y volver.
Le dije que por favor tuviera más cuidado y le di las gracias de mil maneras.
Luego, comí hasta hartarme. No recordaba haber probado algo tan rico desde que la depresión se instaló en mi vida.
Al cabo de un rato, estaba a punto de colocarme los guantes para lavar los platos cuando sonó mi celular.
En la pantalla se leía «Petunia», arriba del avatar de Flora. Fui al patio para tener más privacidad.
Yo llevaba días queriendo llamar a mi hermana para disculparme, pero la vergüenza y la culpa me detenían. «¿Para qué volver a su vida? ¿Qué le aporto yo, acaso?», pensaba. Me convencí de que le estaba haciendo un favor al apartarme.
La saludé diciéndole Petunia. Aguardaba la esperanza de que me dijera Piedra, pero no lo hizo. Ni siquiera dijo «Hola». Su voz sonaba dura, como si le costara enunciar cada palabra.
—¿Ya viste las noticias en el Instagram de Última Hora Cartagena? —Yo le dije que no—. Juan Sebastián tuvo un accidente. Murió hace pocas horas.
Me quedé callada varios segundos. Esperé que fuera una broma de mal gusto o una alucinación, pero Flora llamó mi nombre para verificar que siguiera en la línea.
—Aquí estoy —dije y le pregunté cómo pasó.
Respondió que lo viera con mis propios ojos en un video que acababa de enviarme.
El perfil de noticias desenfocó la imagen para censurar la escena.
Juan Sebastián estaba al borde de un andén esperando para cruzar el semáforo.
De pronto, él se sacó el teléfono del bolsillo, perdió el equilibrio y se fue de boca.
Una moto que iba pasando lo aventó en el aire, y Juan Sebastián se rompió el cuello al caer.
El mototaxista quedó mal herido, pero se salvó.
La gente alrededor gritaba por lo horrible de la escena.
«joven médico fallece trágicamente a sus treinta y tres años», rezaba el titular. Yo me cubrí la boca y permanecí así durante más de un minuto.
—Creo que ya tienes un problema menos —dijo Flora.
No era que yo lamentase la muerte de Juan Sebastián tanto como para dejar una nota pidiendo que por favor me enterraran con él, antes de cortarme las venas ¿sabes?
Pero estaba impactada, y el comentario de Flora me pareció un poco apresurado, casi insensible.
Juan Sebastián era un hijueputa, y seguramente las mujeres del mundo iban a estar mejor sin él, pero las heridas de nuestra historia eran recientes.
No pude evitar una sensación de malestar.
Fue entonces cuando se me ocurrió algo muy loco.
Tuve que halar las palabras para que salieran de mi boca.
—Flora… tú no habrás tenido nada que ver, ¿cierto?
Yo sabía que mi hermana no se dedicaba a practicar esa clase de magia, pero no descartaba la posibilidad de que lo hiciera por mí.
Gracias a ella, a sus historias, yo sabía perfectamente de lo que eran capaces las brujas y brujos.
Los crímenes perfectos sí existen, y ocurren todos los días a nuestro alrededor sin que nos demos cuenta.
—¿Me estás preguntando si maté a alguien, Esmeralda? —preguntó Flora.
Yo le aseguré que, de ser así, contaba con mi silencio.
Al fin y al cabo, tampoco era como que la Fiscalía pudiera incriminarla.
El video era la prueba fehaciente de un accidente.
Sin decir nada más, Flora colgó. Yo me quedé abstraída en mis pensamientos hasta que Samir se acercó para preguntar si todo estaba en orden. Le mostré el video.
—Uy… Su familia debe estar pasándola mal, pero tú ¿cómo estás? —Se interesó con genuina curiosidad.
Le dije que estaba bien, aunque sorprendida por cómo la vida puede acabarse en un parpadeo.
La muerte de Juan Sebastián, en vez de causarme cierto alivio, empeoró mi ansiedad.
De alguna manera, me sentía responsable por lo sucedido.
Pese a que solo fui capaz de ver el video una vez, soñé muchas veces con el suceso.
La tristeza que sentía era tan grande que mi cara y almohada amanecían mojadas en verdad.
En uno de esos sueños, yo estaba arrodillada sobre el asfalto, y la cabeza de Juan Sebastián reposaba sobre mi regazo.
Mujeres, hombres, niños y ancianos se agrupaban a mi alrededor y me observaban en silencio.
Flora también estaba ahí, decía: «¿Por qué lloras?
Lo hice por ti, ingrata». De repente, una voz poderosa y femenina retumbaba entre la multitud.
«Esmeralda». Yo traté de avistar a su emisora entre el gentío. «¡Esmeralda!», repitió, y desperté.
Ese grito no pertenecía a mi sueño. Había sido real. Me incorporé en la cama y encendí la lámpara de la mesita de noche, que estaba a mi derecha. No había nadie ahí conmigo. Exacto, ni siquiera Samir.
Miré el reloj. Eran pasadas las tres de la mañana.
Dudé que Samir estuviese preparando otro desayuno sorpresa, así que decidí investigar.
La habitación de enfrente, que Samir usaba como biblioteca, estaba vacía y con la luz apagada.
No quise acercarme al cuarto tenebroso —yo ya le había puesto esa etiqueta—, me bastó con confirmar que ninguna luz se colaba por la parte inferior de la puerta.
Bajé la escalera con sigilo. No es que temiese asustar a Samir.
Más bien, quería ver lo que hacía sin que se diera cuenta.
Pensé que podría estar hablando con otra mujer.
Aunque yo no soy de naturaleza celosa, soy consciente de que hasta en los matrimonios más consolidados hay traiciones.
Yo necesitaba saber si Samir y yo estábamos empezando con el pie derecho.
De la cocina no provenía ningún ruido. Solo quedaba el cuarto de huéspedes, el que era supuestamente mío.
A medida que me aproximaba, el sonido de mis propios pies sobre la baldosa de barro hacía que me sobresaltara.
Estaba fría, cosa que me ponía los pelos de punta.
Arriba, la luna formaba una sonrisita delgada que apenas se distinguía entre las nubes.
Por suerte, yo ya me había acostumbrado a andar en tinieblas.
Casi coloqué mi mano sobre la manija cuando la puerta se abrió de repente y Samir y yo nos dimos el susto de nuestras vidas. La cosa acabó en risas, y yo le pregunté qué hacía ahí tan tarde.
—No me dejabas dormir con tus ronquidos, y no quise levantarte. Preferí acostarme acá un rato —respondió.
Yo lo miré extrañada. Ni mi hermana, ni mi madre, ni ninguna persona que hubiese dormido conmigo me había dicho tal cosa. Yo no sufría de alergias y tampoco tenía sobrepeso. Igual, para todo hay una primera vez ¿no? Capaz y sí ronqué.
—Ahora voy por agua —dijo y siguió su camino.
Iba a seguirlo, pero de pronto sentí aquel frío familiar.
Miré hacia el interior de la habitación, y vi a la mujer de pie junto a la cama.
La luz cálida de la lámpara me permitió ver cómo meneaba la cabeza despacio mientras me miraba fijamente.
Era la primera vez que me comunicaba un mensaje en particular.
«No».