Una deuda siniestra 7 #2
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En cuanto a la mujer, creo que aquella intervención la agotó, pues tardó muchos días en regresar.

Los pensamientos autodestructivos, en cambio, ocuparon su lugar.

La idea de mi propia muerte se convirtió en algo tan habitual como dormir.

Mientras comía, imaginaba que me atragantaba; en la ducha, visualizaba un resbalón fatal y el charco de sangre que formaría mi cráneo roto; si veía un ventilador de techo, fantaseaba con mi cuerpo colgado de él.

Los escenarios eran tan únicos y variados como paletas de colores.

Me parecía que esa nueva faceta de desesperación debía ocultarla de Samir, de lo contrario, él también se iría, y entonces solo seríamos la tristeza y yo.

Él pasó por mí a eso de las cuatro. Yo me puse hielo en los ojos para bajar la hinchazón por el llanto, una costumbre que la depresión te enseña a adoptar.

—Olvidé decirte que estoy cumpliendo años —comenté, como si no hubiese intentado borrarme a mí misma del censo colombiano de los vivos hacía un rato.

Él besó mis manos y dijo que era su día de suerte, porque justamente tenía una sorpresa de bienvenida para mí. Yo fingí mi mejor sonrisa. La verdad es que ni un cachorrito hubiera podido alegrarme.

Cuando terminamos de bajar el trasteo de su carro, los dos estábamos un poco sudados y sin aliento, pero él no quiso esperar un minuto más para mostrarme el regalo.

—El que vivas aquí no significa que no tengas derecho a tu privacidad. Puedes dormir conmigo cuando quieras, pero, si un día no te apetece, ya tienes tu propio cuarto. Lo arreglé y lo limpié para ti —dijo.

Casi me infarto. Creí que hablaba de la habitación ominosa de la segunda planta, pero no.

Se refería al cuarto de huéspedes del primer piso, el que daba al atrium.

Solté un suspiro de alivio, y Samir abrió la puerta con una cortesía principesca de cuento de hadas.

El cuarto contaba con televisor, clóset, lámpara de piso y un tocador de madera.

La cama era doble y tenía un espaldar suntuoso de madera tallada.

Daba un poco de miedo, parecía cama de película de terror gótico.

Le dije que estaba lindo y que se lo agradecía mucho.

Cuando quise abrazarlo, él dijo que ahí no terminaba la sorpresa.

En una esquina, junto al televisor, una sábana blanca cubría un objeto.

Yo ya me imaginaba lo que era, pero Samir me pidió que cerrara los ojos de todas formas.

Él sujetó mis hombros y, con delicadeza, hizo que diera dos pasos hacia mi izquierda. La tela onduló.

—Ábrelos —dijo con el entusiasmo de un niño que le da un obsequio a su mamá.

Era un espejo precioso, vertical, dorado, de madera tallada en forma de pétalos de flores. Tenía piedras azules, blancas y rojas incrustadas por todo el marco.

—No me digas que son rubíes y zafiros —le dije.

Él rio y dijo que eran de vidrio, obviamente, pero que igual metían mono4.

—Lo mandé a hacer para ti —dijo Samir. Un tipo en el Centro trabajaba ese tipo de muebles. Todo era nuevo, hasta el vidrio—. Una belleza como tú merece un espejo que le haga justicia.

Lo cierto es que yo no me sentía digna de ese objeto que parecía haber pertenecido a María Antonieta.

Con todo, al ver mi reflejo, mi piel se me antojó dulce y apetitosa como la panela.

Quería que alguien la chupara y la lamiera.

Sujeté mi cintura y giré un poco para ver mi culo.

Me gustaba cómo se me veía con esos jeans.

Sentí calor en la entrepierna y me giré hacia Samir, que ya tenía un bulto en el pantalón y me miraba con apetito. Yo lo tomé de la camisa y lo lancé hacia la cama. Su semblante dejaba ver cierto estupor, pero luego rio y dijo:

—Eres mía.

Yo solo quería sentir su verga. Prácticamente le arranqué el pantalón y me la metí. Comencé a brincar. Aquello no me bastó, así que le pedí que se pusiera arriba y me penetrara duro.

Perdí la noción del tiempo y espacio. Un velo gris cubrió mis ojos y oídos, y sentí que olvidaba mi propio nombre, que me estremecía en la nada.

Mi única certeza era Samir, su piel, su cabello negro como el ónix y el latido de su corazón.

Yo había despertado en una especie de realidad alterna, una donde él era dueño de mi aliento y de mi alma.

Me penetró una y otra vez con todas sus fuerzas.

Con cada embestida liberaba llamas, y estas convertían el oxígeno en un aire que me quemaba la garganta y los pulmones, pero a la vez me satisfacía.

Yo le gritaba: «¡Más duro! ¡Más duro!», mientras le enterraba las uñas en la espalda y convertía mi cuerpo en un muro para que él lo derribara.

De repente, nuestras miradas se encontraron, y lo que vi me habría hecho salir corriendo, de no ser porque él me tenía apresada con sus movimientos.

Durante un segundo —quizá menos—, los ojos de Samir se tornaron completamente negros. Así como los demonios de esta serie que tú y yo vimos hace años, amor… Supernatural. Eso, tal cual.

Yo sofoqué un grito. Él se apartó de una cuando vio mi cara de espanto.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?

Yo miré a los lados y parpadeé varias veces para sentir que regresaba a la realidad.

Busqué a la mujer o a alguna otra presencia que hubiese podido causar esa visión.

No había nada. Lo tomé como algo positivo; a lo mejor, solo estaba alucinando por el insomnio crónico de mi depresión.

Vacilé antes de mirar a Samir de nuevo. Temía que el color negro siguiera ahí.

—Disculpa —le contesté—. Sentí un espasmo fuerte en el pecho. Creo que estoy muy cansada. No es más que eso.

Esa noche, ambos nos fuimos a dormir sin haber experimentado orgasmos, y yo, por mi parte, con la idea de que me estaba volviendo loca, o quizá algo peor.