Una deuda siniestra 7
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Desde el día del puñetazo, Samir no dejó que yo saliera sola a ningún lado. Me parecía irónico, porque era yo quien temía por su seguridad. Digamos que yo no descartaba la idea de que Juan Sebastián intentara cometer otra locura.

Les mandé pantallazos de todos los mensajes, llamadas, notas de voz, y les enseñé la grabación de la cámara de seguridad de Samir, donde se veía claramente a Juan Sebastián golpeándolo.

«Si no quieren que denuncie a su hijo y que haga público todo esto, hagan que pare».

Acto seguido, los bloqueé para evitar una confrontación.

Eso pareció calmar las aguas por el momento, porque ni Philip, ni Sandra, ni Juan Sebastián trataron de contactarme.

Ya sé que lo correcto era denunciar. Con eso se protege a otras mujeres.

Pero si hacer lo correcto fuera sencillo, todos los países serían como Finlandia.

Yo estaba cansada de luchar, Vigo. Todo lo que yo quería era huir del sufrimiento, de esa angustia que me acompañaba día tras día como un mico encaramado en mis hombros.

Y la denuncia implicaba una nueva batalla, una que yo no estaba lista para librar.

Además, ¿alguna vez te han despedido de un trabajo?

¿No? Pues es una puta mierda. Sientes que te has ganado la medalla de oro de los inservibles y que nunca nadie más va a contratarte.

No busco justificarme. Tampoco pretendo que me entiendas. Solo quiero decir que, de haberme sentido capaz, habría interpuesto la denuncia de inmediato. Igual, ya no importa. De Juan Sebastián solo quedan cenizas, supongo.

Le pedí a Samir que me diera unos días para recoger mis cosas.

No sabía cuánto iba a demorar buscando trabajo, así que pensé que lo mejor era mudarme con todas las de la ley.

Recogí mi ropa y productos de aseo personal en cajas, al igual que la comida enlatada y conservas, que no era mucha.

Mis almohadas eran indispensables, ya sabes que no puedo dormir si no estoy cómoda, así que las guardé en una maleta que contenía mis bolsos y el portarretrato de mi foto con Flora.

En cuanto a las macetas con mis plantas muertas, volvería por ellas después. Tenía la firme intención de revivirlas.

Cuando creí que había terminado, me sorprendió darme cuenta de que, realmente, yo poseía muy pocas cosas.

Entonces, me acordé del altar y la veladora.

Opté por dejarlos, no era como si me hubiesen servido de mucho hasta ese momento.

La mujer se paseaba a su antojo por mi vida.

Ya llegaría el momento de decirle la verdad sobre ella a Samir, pero no todavía.

Tenía la vela en mis manos cuando sonó el timbre.

El portero no llamó para anunciar a nadie, así que me mantuve en silencio, temiendo que Juan Sebastián estuviese tras la puerta.

La claridad del día aún iluminaba bastante la sala, por lo que no tenía ninguna luz encendida.

Si esperaba lo suficiente, a lo mejor, él creería que no había nadie y finalmente se iría.

Pero fue a Flora a quien oí. Había olvidado que, por petición mía, el portero nunca anunciaba a mi hermana.

—¿Y ese milagro? —le pregunté. Ella me miró como si le hubiese dicho que iba a convertirme en astronauta.

—Es tu cumpleaños —dijo.

Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría. ¿Era ya febrero? Sentí un mareo repentino, cerré la puerta y me senté rápido en el sofá. ¿Cómo era posible que yo no supiera ni en qué mes estábamos?

Flora comenzó a decir que yo no contestaba sus llamadas ni las de mi mamá, que, por cierto, estaba carnavaleando con Enrique en Barranquilla2. Ella siempre se presentaba a mis cumpleaños, pero aquel viaje fue algo excepcional.

Preocupada por mi depresión, Flora decidió visitarme para verificar que todo anduviese bien. En las manos llevaba una caja con un pudincito dentro. Hizo una mueca de desconcierto cuando sus ojos barrieron el espacio.

—¿Qué pasó aquí? ¿Te vas a mudar? No me habías contado.

Yo asentí y le dije a dónde. Flora se me quedó viendo por unos segundos bastante largos antes de volver a hablar.

—¿Vas a irte a vivir con un tipo que acabas de conocer?

Técnicamente, no nos acabábamos de conocer, le repliqué.

Éramos amigos del colegio. Flora me preguntó qué carajos me pasaba.

Se agarró el puente de la nariz y me pidió disculpas al ver que a mí ya se me habían aguado los ojos.

Tomó asiento a mi lado para soltar su discurso; que estábamos yendo demasiado rápido, que yo recién había salido de una mala relación como para entrar a otra, que estaba siendo muy confiada.

Lo bueno de tener hermanas es que te dicen la verdad en la cara sin temor a herir tus sentimientos.

Muchas amigas se guardan opiniones por cortesía, en especial cuando no se las han pedido.

Tratan de mantener una distancia prudente con tus decisiones a fin de que no pienses que te infantilizan.

A Flora le valía madres todo eso. Y tenía razón en cada cosa que decía, pero yo no lo entendía.

—Déjame leerte las cartas con respecto a Samir —dijo, y mi tristeza se convirtió en rabia.

Como cegada por una banda invisible, le respondí que no me parecía que ofendiera a Samir de esa manera, con sospechas infundadas. No a él, que lo único que había hecho hasta entonces era ayudar. ¿Es que acaso no había salido ya la carta de la estrella?

Ella respondió que la adivinación no era una ciencia exacta y que el futuro podía cambiar.

¿Desde cuándo yo tomaba decisiones a la ligera?

Yo era de las que le daba mil vueltas a un electrodoméstico antes de comprarlo porque me preocupaba que no fuera la mejor alternativa, pedía recomendaciones a todo el que podía o me pasaba horas deliberando con video-reseñas de YouTube.

Esa era la Esmeralda que Flora conocía. ¿A dónde se había ido?

Vigo, ¿qué hace un perro cuando se siente acorralado? Exacto. Muerde. Eso fue precisamente lo que yo hice.

—¿Por qué ahora, cuando intento hacer lo que me dijiste, ser feliz, te molestas? —solté.

—Ah, sí. Eres la felicidad en pasta, Esmeralda. No más hay que verte la cara.

Ay, amor. Cada vez que me acuerdo de cómo traté a mi hermanita, mi corazón se arruga.

Ya todo está en el pasado, por supuesto.

Flora me ama con el alma, y yo a ella. Pero ese es uno de esos recuerdos que vuelven por las noches y hacen que uno se retuerza en el colchón. Perduran en contra de nuestra voluntad.

Yo salté del sofá y le grité:

—¿Tu magia ha servido de algo, Flora? El espíritu sigue jodiéndome la vida, al igual que Juan Sebastián. Samir me ha estado cuidando. Tú no has hecho otra cosa que jugar a Sabrina.

Las palabras salieron casi sin permiso, me pareció que algo más, y no yo, impulsaba mi lengua. Vi con claridad el momento del golpe. La mirada de Flora se apagó, la garganta se le cerró. Escondió los labios, asintió en silencio y se puso en pie. Después, vino el portazo.

Ya sola, me embistió una ola de culpa y desamparo como ninguna otra.

Sentí que había estrujado el corazón de mi hermana, ese que ella me había obsequiado cuando niña.

De súbito, recordé la época en que las dos jugábamos a ser sirenas en las playas de la Boquilla.

Al atardecer, salíamos del agua tiritando y mi mamá nos esperaba con toallas, gaseosa y coctel de camarones.

La pobre Flora siempre terminaba colorada por el sol.

Yo le daba besos en la cara y los hombros y le aseguraba que con eso sanaría rápido el ardor de su piel.

Según ella, el método funcionaba, porque siempre me los pedía.

Aquel pensamiento quebró mi pecho, y tomé la determinación de suicidarme.

Quería morir, aunque no sabía con exactitud por qué.

Yo no tenía un motivo como el de mi vecina Marinelda, por ejemplo, que le mataron a la hija.

Tampoco estaba siendo explotada en un burdel ni pasando hambre.

Solo sabía que estaba cansada de sentir tristeza y una desesperanza tan pesada como un elefante.

Me sentía sola, cosa que, a mi juicio, era cien por ciento mi culpa.

Saqué un cuchillo de un cajón de la cocina y estuve, qué sé yo, unos cinco minutos con la hoja sobre el antebrazo. Mi respiración era corta y rápida, al igual que los latidos de mi corazón. En el suelo ya se había formado un charquito de lágrimas.

De repente, empecé a sentir frío. No estaba completamente sola, después de todo.

Creí que la mujer iba a hacer el trabajo por mí cuando alcé la vista y la vi de frente.

Tenía cara de empute3, como siempre. Solté un grito que me salió de las entrañas antes de enterrar la hoja en mi carne, pero entonces ella también chilló.

Su boca se deformó en un círculo alargado con un abismo negro en su interior.

El alarido de un muerto no se compara con nada que puedas oír en tu vida.

Penetra en el cuerpo de tal forma que confirmas la existencia del alma.

Te conmueve como un meteorito que impacta contra un planeta.

Lo sé porque en ese instante salí disparada hacia atrás.

El choque contra la pared vació el aire de mis pulmones, y un lindo chichón en la cabeza completó la experiencia.

No me detuve a pensar por qué lo hizo. Por qué evitó mi muerte.

Yo solo quería llorar. Sin darme cuenta, el llanto ya se había convertido en un anhelo para mí.

Cuando lloras, no te esfuerzas. Dejas de batallar contra la oscuridad y solo flotas en ella con la esperanza de no tener que volver a moverte.

Ya ves que incluso la tristeza puede convertirse en una adicción.

Cuando la mujer se marchó, mi impulso suicida repentino se fue con ella. Las ganas de matarse funcionan más o menos como el sexo: si cortas el chorro en pleno clímax, ya no lo vuelves a intentar, solo esperas hasta una próxima vez.