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Cuando terminamos, noté que Samir y yo estábamos cubiertos de arañazos hinchados y sangrantes en las piernas, brazos y torso.
Escocían al contacto con el sudor. Lo curioso es que yo no recordaba que nos hubiésemos agredido hasta ese punto.
En realidad, no me acordaba de nada. Cuántos orgasmos tuve, si gemí fuerte o no, las posturas.
Nada. Mi mente formó una laguna de alcohólico.
Se lo atribuí al cansancio, a la depresión.
A lo mejor la mala alimentación y el mal dormir ya me estaban pasando factura.
«Lo importante es que fue consensuado», pensé mientras recogía mi ropa del suelo, la que tampoco recordaba haberme quitado.
Estaba exhausta, pero no como quien acaba de tener un buen polvo, sino como alguien que trabajó un turno nocturno de doce horas.
Samir lo notó, así que me sugirió que fuera a dormir.
No me levanté ni una sola vez hasta las seis de la mañana.
Samir seguía dormido cuando la voz de un carretillero vendiendo fruta me hizo abrir los ojos. Salí de la cama con cuidado de no levantarlo y fui al baño corriendo. Hice muecas cuando la piel de mis piernas se estiró, pero olvidé el dolor apenas mi vejiga comenzó a vaciarse.
Bajé a la cocina con la intención de preparar desayuno, mi primer acto como «ama de casa agradecida». Entonces, reparé en mi entorno y pensé que, en verdad, no me molestaría en absoluto vivir ahí.
Al igual que muchos otros inmuebles de Getsemaní, la casa de Samir era como las tiendas de acampar en Harry Potter: modesta por fuera, grande y lujosa por dentro.
Tenía dos pisos, cuatro habitaciones y una azotea con jacuzzi.
La sala y la cocina eran bastante amplias.
Las paredes eran de piedra restaurada, pues no podían modificarse por leyes de patrimonio histórico y toda esa vaina.
Los padres de Samir le habían dado un alma árabe.
Había cojines de seda brocada con oro y plata, una alfombra persa junto al sofá, farolitos de metal calado con vidrios de colores, y un inconfundible olor a madera de oud.
No pienses que todos los descendientes de inmigrantes árabes viven así en Colombia ¿eh?
La gran mayoría ni se acuerda de su herencia.
Muchos hasta apoyaron a Netanyahu cuando acabó con Palestina, por allá en la primera mitad de los años veinte. Irónico, ya sé.
Hice huevos con pico de gallo y un par de arepas de yuca que estaban en el congelador.
Muy árabe y todo, pero, naturalmente, Samir no podía resistirse a la comida colombiana.
Tomé una bandeja y abrí el portón de madera que separaba la sala y la cocina del resto de la casa.
Lo habían instalado a fin de que en esas estancias pudiese encenderse el aire acondicionado.
El patio andaluz de los Aissa tenía una porción de tierra en el centro para un jardín pequeño.
Yo suponía que, desde la muerte de sus papás, Samir no se había molestado en cuidarlo, porque ya ni las hormigas lo habitaban.
A un lado de este había una mesita y un par de sillas de cerámica y metal muy coloridas.
Al frente se hallaba la primera habitación y, a la derecha, las escaleras que conducían al segundo piso. Las enredaderas de los vecinos caían por la pared rústica de la izquierda. Decoración gratuita para Samir.
Subí, y la puerta de uno de los cuartos llamó mi atención. Nunca me había tomado el tiempo de reparar en ella. La madera estaba opaca y llena de grietas, aunque tenía un cerrojo de bronce. Parecía un cuarto de San Alejo4, pero me transmitía una sensación agria y funesta, como si repeliera la vida.
Un escalofrío recorrió mi espalda. De pronto, sentí que la tristeza invadía mi pecho.
Me acerqué, pese a que mis rodillas flaqueaban.
Los cubiertos y platos en la bandeja produjeron un tintineo nervioso.
Comencé a llorar. Una vez más, quería apartarme de la aflicción, pero no podía.
La energía que manaba de ese lugar me desconectó tanto de la realidad que no sentí los pasos de Samir tras de mí.
—Esa era el cuarto del castigo —dijo.
Yo ahogué un grito y sacudí la bandeja. Se cayeron los cubiertos y los vasos de jugo. Samir ignoró mis disculpas.
—Allí me encerraba mi mamá cuando la nota final de una asignatura no superaba el 90 %, cuando olvidaba cepillar mis dientes o cuando la despertaba por accidente. Siempre tuvo un sueño muy ligero.
Quise preguntarle qué hacía ahí cuando le encerraban, pero las palabras no lograron salir de mi boca.
—Ahora lo mantengo con llave.
Samir sujetó el pomo e intentó girarlo. Yo me estremecí por el corto estruendo. Al volverse, él vio mis lágrimas y, con el pulgar de su mano, las barrió.
—No llores, cariño. Ya pasó —lo dijo como si yo estuviese llorando por él—. Y tranquila, ahora limpiamos esto.
Me rodeó con el brazo y empezamos a caminar hasta su habitación, pero yo giré la cabeza para ver la puerta por encima del hombro. Me sentía intranquila, como si algo fuese a salir de ahí para atacarme.
1. Baile tradicional de la costa atlántica colombiana, de origen africano, nacido en Cartagena de Indias en el siglo XVII.
2. «Ombe» es una contracción de «hombre» usada como muletilla o interjección, característica de la variedad costeña del español colombiano.
3. Comida típica de Cartagena de indias. Suele ir acompañada de arroz de coco, patacón y ensalada.
4. Colombianismo. Habitación donde se guardan objetos inservibles, trastos viejos y cosas en desuso.