Una deuda siniestra 6
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Una vez allí, le pedí al taxista que parara.

Todavía tendría que caminar un poco, pero lo hice porque estaba incómoda.

El tipo no dejaba de preguntarme estupideces y verme por el retrovisor.

Yo ni siquiera llevaba escote. Su aura repugnante me recordó a un profesor de mi universidad que dictaba Fundamentos de Economía.

Intentó convencerme, en varias ocasiones, de que lo dejara llevarme a mi casa.

«Para que no gastes en transporte hoy», argumentaba.

Tenías que ver a ese viejo verde de setenta años acelerar el paso para abordar a una muchachita como yo. Era un espectáculo bochornoso.

Varias chicas lo denunciaron por cosas bastante peores, pero renunció poco después de que yo me graduara, cuando el Ministerio de Educación le impuso una multa millonaria a la universidad, y al rector, por negligencia en casos de violencia y acoso sexual.

El muy malparido salió calladito y por la puerta de atrás.

Disculpa, sé que me he ido por las ramas, pero es que historias como esa son el pan de cada día en la vida de una cartagenera.

Esa clase de hombres siempre están al acecho.

Es por eso que disfruto tanto la temporada del año que pasamos en Ámsterdam.

Si no fuera por tu amor a Cartagena —el cual comprendo, pero no comparto—, yo solo volvería para las fiestas.

Creo que por eso le caes bien a Flora, porque me mantienes en casa.

Si yo no hubiera estado distraída mirando las filas de banderas coloridas que colgaban de los tejados de las casas, ni rehuyendo de la gente para que no me rozaran con sus cuerpos sudorosos, ni sujetando mi bolso para que nadie fuese a meterle la mano, me habría dado cuenta de que me estaban siguiendo.

Hasta paré por una arepa de queso asada que se me antojó, pese a mi despido.

La vendedora, doña Chavely, era reconocida porque amadrinaba a muchos perritos sin hogar del Centro.

Aseguraba que todas sus propinas eran invertidas en comida o medicina para ellos.

Eché una moneda de mil en su alcancía y seguí mi camino hasta la calle del San Juan, o la calle de las pinturas, como la distinguen ustedes, los extranjeros.

Toqué el timbre y miré hacia la cámara de seguridad. La fachada de la casa de Samir era de un naranja intenso, casi rojo. Contrastaba con los tonos celeste, rosa, violeta y amarillo pastel de las casas vecinas. En letras de bronce, junto a la puerta de madera de roble, se leía «Aissa» en árabe.

Vi el rostro de Samir entre los barrotes de madera de la ventana. Sonrió al abrir la puerta, pero, en cuanto notó que yo no le correspondía, preguntó qué me pasaba. No tuve tiempo de responder, porque detrás de mí saltó una voz.

—¡Entonces es él! —gritó Juan Sebastián.

Arremetió contra nosotros. Samir reaccionó primero y me empujó detrás suyo. Como un toro bravo, Juan Sebastián le metió un puñetazo en la cara a Samir. Yo grité, y los primeros curiosos empezaron a acercarse.

«No se lo devuelvas. No se lo devuelvas», rogué en mi mente, pues sabía que Juan Sebastián disfrutaba de una buena pelea, en especial si tenía las de ganar. Samir no era débil, pero no tenía, ni de cerca, la complexión atlética de Juan Sebastián. Él se paró firme y azuzó a Samir.

—¡Sé hombre! Para robar mujeres sí tienes huevos ¿no? ¡Da la cara, malparido!

La ira nació en mi pecho, subió por mi garganta y se alojó en mi cabeza.

Gracias a ella, pude gritarle a Juan Sebastián que se largara, que estaba loco y que iba a denunciarlo.

Pero él ni si quiera me miró. Era como si yo, en vez de un ser humano, hubiese sido un saco de dinero que Samir le hubiera arrebatado.

En una descarga de sentido común, saqué mi celular y comencé a grabar. Si Juan Sebastián hacía algo más, al menos tendríamos cómo acusarlo. Él se dio la vuelta de inmediato. Tuvo pudor, al fin. Yo tomé una de las manos de Samir.

—Entra, amor —le supliqué, aterrada. Había llegado a querer demasiado a Samir en muy poco tiempo.

«Va a dejarme por esto, no hay duda», pensé.

Y la idea de que lo hiciera por culpa de Juan Sebastián se me hacía intolerable.

Si eso llegaba a pasar, yo estaba dispuesta a hacerle la vida imposible a Juan Sebastián.

Haría que deseara que nunca me hubiera conocido.

Me daba lo mismo si yo salía mal parada en el intento.

Para ese momento, yo ya tenía muy poco que perder, ¿comprendes?

Es muy peligroso que la única compañía de una mujer sea la ira.

Para mi sorpresa, Samir me siguió la corriente y cerramos la puerta, dejando al perro rabioso afuera. Mis manos temblaban cuando las acerqué hacia su cara, sin atreverme a tocarla.

—¿Qué hago, mi amor?

Él no dijo nada y fue hasta el lavaplatos de la cocina.

Allí escupió y se enjuagó la boca. Apoyó ambas manos sobre el mesón de mármol negro, como meditando sobre lo que acababa de pasar.

Yo volví a respirar cuando por fin habló para decirme que no le había roto ningún diente.

Sonaba calmado, pero sus ojos no mentían.

Albergaban una emoción inquietante que me mantenía en vilo.

Era como contemplar la cuenta regresiva de una bomba y no poder hacer nada al respecto.

Yo temía que, en aquella explosión, mi corazón se hiciera pedazos.

Me desplomé en el sofá y comencé a llorar.

—Lo siento, lo siento tanto —balbuceé.

—¿Por qué lo sientes? —respondió. Cada vez que Samir hablaba, parecía soltar hachazos.

Yo le dije que todo era mi culpa por no haber denunciado a Juan Sebastián.

—Esa es una tierna ingenuidad de tu parte, linda.

Aunque entiendo que necesites mostrarte cortés.

La denuncia no habría detenido a tu ex. De hecho, es posible que lo hubiese alentado.

Créeme, yo conozco a los de su clase, gente de poco intelecto y espíritu inferior que no tiene otra opción más que recurrir a los golpes.

»Asestar un puño es fácil, rápido, pero dañar a alguien lo suficiente como para no temer su venganza, eso es más difícil. Se requiere mucha reflexión y astucia.

No importaba que estuviese feliz, triste o enojado, Samir siempre hablaba como narrador de audiolibro sobre crecimiento personal; mantenía un tono gentil, pero categórico.

Era difícil llevarle la contraria hasta en las cosas más triviales, lo cual resultaba molesto en ocasiones.

Si te dolía algo, tenías que tomarte la pastilla que él mandaba.

Él creía que lo sabía todo porque había leído un reguero de libros a lo largo de su vida.

Desde Dostoievski hasta Stephen Hawking.

Samir era un consolidado todólogo, o un sapo, como diría mi madre.

De igual forma, yo me sentía inteligente solo por estar con él.

Yo, que a duras penas había leído El principito en el colegio.

Samir aprovechó mi silencio para preguntarme cómo me había ido en el trabajo, a fin de apaciguar el ambiente.

Eso dejó el asunto de Juan Sebastián en un segundo plano.

Yo me puse en pie y caminé hasta la pecera de Alister, el pez betta de Samir.

Alister no podía juzgarme, así que le hablé a él.

Busqué su ojo en medio de sus escamas negras y rojas.

Esos colores le daban un aspecto exótico, como de una sombra venenosa a la que hay que contener.

—Me despidieron. —Le di las razones sin ahondar en los detalles—.

Si en los próximos meses no me sale nada, voy a tener que mudarme.

El pago por adelantado del arriendo no durará mucho.

Mi mamá y Enrique me recibirán, o Flora, si es que a su novia le agrada la idea. La verdad, me da vergüenza pedírselos.

Entonces, Samir me invitó a vivir con él.

Yo le dije que no podía aceptar la ayuda.

Después de lo que mi madre y yo tuvimos que soportar con Enrique, lo último que yo quería era depender de otro hombre.

Muchas mujeres se les pegan como garrapatas a los tipos porque creen que atenderlos y mantener una casa es más fácil que trabajar ocho horas en una empresa, pero no es verdad.

Ambas cosas son un camello. Lo que pasa es que muchas mujeres tienen suerte y consiguen hombres medianamente decentes.

Otras hallan especímenes como Enrique; hijueputas, pero manejables.

Por último, están las de autoestima baja y estándares por el piso. Esas se quedan con un Juan Sebastián.

—No tengo que mantenerte eternamente, si eso te avergüenza, aunque a mí no me molestaría.

Puedes quedarte hasta que consigas trabajo.

Yo, por mi parte, disfrutaría cada minuto —dijo Samir.

Luego, vino hacia mí y puso una mano detrás de mi cabeza.

Entrelazó sus dedos en mi cabello, empuñó la mano y tiró hacia abajo para levantar mi mirada.

Nuestros labios casi se tocaron. Y así de fácil cedió mi voluntad feminista.

—Puedo darte todo, Esmeralda —dijo eso con total convicción, como si comprarme una empanada o una propiedad en Nueva York le presentara el mismo esfuerzo—. Todo lo que me pidas.

Como él tenía la boca reventada, lo besé con mucho cuidado. Sentí el sabor a hierro de su sangre. No quería mencionar a Juan Sebastián —estaba cansada de que se interpusiera entre nosotros—, pero debía hacerlo. Tenía que preguntar.

—¿Qué haremos con Juan Sebastián?

—No te hará nada si te quedas conmigo. Yo te cuido —concluyó.

Luego, tuvimos sexo, tan desproporcionado e intenso como siempre. Ni si quiera fuimos al sofá. Lo hicimos en el piso. Nos llevamos un buen susto cuando tropezamos mesa en la que reposaba la pecera de Alister. Un chorro de agua me cayó en la cabeza.