Una deuda siniestra 5
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Desperté casi diez horas después con una tortícolis horrorosa y un brazo acalambrado, cosa que tomé como una señal de que seguía en el mundo de los vivos. La mujer se apareció un par de veces más antes de la salida con Samir, pero ninguna ocasión fue tan grave como la anterior.

Llegó el anhelado sábado. Él me recogió, llegamos al sitio y la pasamos del putas.

Él se veía feliz, y yo, ni para qué te cuento.

Lo invité a mi casa después de que acabó la clase de zumba.

La aseé y todo. Prendí una vela de olor a vainilla, dejé lista una tabla de quesos y carnes frías.

Nada más faltaba el letrero de «Cómeme» en la entrada de mi cuarto.

Yo no suelo abrirme a ese nivel con tanta facilidad, pero Samir me embelesaba. Su voz misma me hacía temblar. Me sentía como si lo conociera de toda la vida, quizá hasta más. A él no se le veía tan deseoso como a mí, pero yo estaba segura de que le gustaba, y eso era suficiente.

Esa tarde me enteré de un par de novedades de su vida.

Cuando le pregunté por su madre —a quien yo recordaba vagamente por las veces que lo visité en nuestra adolescencia—, me dijo que ella y su padre habían muerto pocos años atrás.

Iban de camino a Barranquilla, una camioneta se adelantó en una curva y chocaron.

Como trataron de esquivarla, el carro salió disparado hacia la derecha.

Allí los esperaba un abismo con una maraña de árboles secos por el verano, y eso fue todo.

A raíz del accidente, Samir heredó la casa familiar ubicada en el Centro, a donde se había mudado recientemente.

Él me contó todo con cierto aire de entereza, como si quisiera mostrarse fuerte ante mí o no le apeteciera oscurecer el rato.

Yo me limité a darle el pésame. Perder a dos padres en un mismo día me parecía algo horrible.

Entonces, él respondió algo que nunca olvidaré: «No toda muerte es digna de duelo».

Fue en ese momento cuando recordé que Samir solía llegar al colegio con toda clase de moretones.

Decía que se los hacía jugando fútbol, pero yo no le creía; ninguno de los chicos terminaba tan magullado como él.

Por otro lado, cada vez que su madre, Evelyn, estaba cerca, él se transformaba por completo.

Como te dije, yo lo visitaba a veces. Nos poníamos juntos para hacer tareas grupales.

Si la señora se asomaba para cerciorarse de que no estuviéramos metiéndonos la lengua hasta la garganta, él dejaba de sonreír, alzaba la cabeza para verla y la bajaba rápidamente.

Luego, continuaba hablando, pero ya en voz muy baja.

En cuanto a su padre, Ahmed Aissa, solo sé que Samir lo llamaba por su nombre de pila cuando lo mencionaba frente a sus amigos.

Ya con eso te haces una idea de la linda relación que tenían.

Por fortuna, el tipo raras veces estaba en casa, se la pasaba viajando por trabajo.

Aún así, creo que a Samir le habría ido mejor si Ahmed hubiese comprado un tiquete sin retorno, como mi papá.

La empleada doméstica que tenían, por el contrario, era un rayito de sol en esa casa.

Amanda Londoño fue lo que Evelyn tuvo que haber sido.

Abrazaba a Samir, le tomaba del pelo y lo ayudaba en lo que necesitara.

De hecho, era ella quien iba a la escuela si Samir requería un acudiente, excepto si se trataba de una queja por mal comportamiento. En ese caso, iba Evelyn.

Amanda no era lo suficientemente negra para los negros, ni lo suficientemente blanca para los blancos.

Samir la llamaba «café con leche» para fastidiarla, y ella siempre le respondía con un carpetazo1.

Esa señora tenía una sonrisa preciosa; sus dientes eran grandes y se encaramaban los unos con los otros, pero cómo le lucían.

Bastaba con verla para que se te arreglara el rato.

Todo lo que sé sobre Amanda es que era oriunda de San Onofre y que, según Samir, se cargó a su yerno por andarle pegando a su hija, pero las autoridades nunca lograron probarlo.

«Le debo mucho», me confesó Samir un tiempo después de que empezamos a salir, «Si no fuera por ella, yo sería una persona totalmente diferente».

Y tenía razón. Samir estaba roto por dentro.

Buscaba sanación, un amor que lo ayudara a remar por la vida.

Me convencí de ello cuando, sentados en el sofá de mi sala, me tomó de las manos y miró mis palmas con melancolía.

Él tenía unas manos andróginas y delicadas, muy bellas.

Le sujeté una, me la llevé a los labios y la besé. Ahí comenzó todo.

¿Todo bien, cariño? Sí, ya sé que no eres celoso, pero igual quiero cerciorarme de que estés cómodo. Vale.

Salados y medio hediondos por el sudor del ejercicio previo, le abrimos las puertas al sexo. Fue brusco y apasionado, mucho más que en mi sueño. Le pedí a Samir que me halara del pelo, que me agarrara con fuerza y me golpeara fuerte en las nalgas.

Sí, ya me imaginaba que pondrías esa cara.

Tú y yo nunca hemos tenido sexo así porque, en verdad, nada de eso me gusta, Vigo.

El deseo que sentía por Samir era inconcebible, tan insólito como una granizada en Barrancabermeja2.

Esa tarde duramos más de dos horas cogiendo.

Dos horas. Yo no quería parar. Mi vagina ardía por la fricción y sentía picor cuando mi piel entraba en contacto con su vello púbico una y otra vez.

El poliéster de los cojines estaba enchumbado de nuestro sudor.

Cuando lo miraba a los ojos, me era imposible apartar la vista. Yo era como una yegua encabritada a la que atan a un poste, y paradójicamente, me complacía estarlo. Deseaba entregarle todo de mí, hasta la última gota de mis fuerzas. Respiraba su aliento como si fuera oxígeno.

Desde ese momento, supe que el sexo con Samir se convertiría en mi droga y que, si alguien me la quitaba, sufriría tremenda tusa3.

Todo acabó. Él se tiró al piso y me dejó sola en el espacio individual del sofá. Ambos nos miramos y reímos, satisfechos. Se nos había hecho realidad el sueño de cuando éramos pelaítos.

—Espero que no haya una familia con niños en el apartamento de enfrente —dijo Samir—. Yo hubiera salido espantado al oírte.

Yo me reí y le dije que, ahora sí, teníamos que bañarnos. Cuando me puse una blusa para bajar la persiana de mi cuarto, ¿a quién crees que vi por la ventana?

No, la mujer brillaba por su ausencia. Desde su camioneta blanca, dos pisos abajo, Juan Sebastián miraba hacia mi departamento como un poseso.

Yo me quedé petrificada. La tapa de la olla fue cuando Samir se me acercó por detrás.

No se había puesto la camiseta. Me acarició una nalga y apretó su boca contra mi cabeza.

—¿Qué ves? —susurró.

La ira que vi en los ojos de Juan Sebastián en ese instante, la frustración, fue como una ráfaga de aire que atravesó la calle y me sacudió el pecho. Sé que él me habría arrancado el corazón con sus propias manos solo para que Samir no lo tuviera.

Halé del cordón rápidamente hasta que solo un poquito de luz se coló en el cuarto.

Estaba aguantando la respiración para no llorar, me daba vergüenza mi situación y no quería que Samir se convirtiera en mi paño de lágrimas.

Pero así fue. Le conté todo lo que había pasado con Juan Sebastián, le mostré el acoso y le dejé claro que ya no sentía absolutamente nada por él. Nada bueno, al menos.

Samir me secó las lágrimas con sus dedos y dijo:

—Estás asustada.

Yo asentí y bajé la mirada, pero él levantó mi mentón.

—No hay que tenerles miedo a las personas malas, Esme. Hay más de un camino para protegernos de ellas, solo tenemos que ser valientes para tomarlos.

Samir me abrazó y me prometió que no dejaría que Juan Sebastián me hiciera daño.

Casi dejo escapar una risa. ¿Quién puede cumplir esa clase de promesas?

De todas formas, me permití creer en su mentira.

Pensé que me lo merecía después de haber pasado por tanto.

Ni Dios, ni Flora, ni el psiquiatra me daban soluciones.

Samir, en cambio, estaba ahí. No solo emocionalmente.

La suya era una compañía de carne y hueso, el consuelo que yo tanto necesitaba.

Temí que todo aquello fuera parte de un sueño hermoso y cruel.

—No te vayas, por favor —le supliqué con una voz temblorosa, frágil y llena de pavor.

Él creyó que me refería a esa noche, porque me dijo que sí, que podía quedarse y pasarse todo el domingo conmigo.

Yo no quería que se fuera nunca. Como por capricho del destino, Samir se había convertido en mi sol.

Él me sostenía. Me daba calor, luz y vida.

No quise ser tan obvia al respecto, por lo menos hasta asegurarme de que él sentía lo mismo por mí.

Pero fue difícil, especialmente cuando los últimos pilares de mi vida se desplomaron.

Transcurrió, más o menos, un mes. Juan Sebastián me tenía paranoica.

Por las noches, yo me levantaba por cualquier ruido creyendo que él se había metido a mi apartamento, cosa que me sacó unas lindas ojeras de mapache.

Los Uber tenían que entrar a mi edificio porque no me atrevía a tomarlos en la calle, y hasta reforcé la cerradura de mi casa.

Juan Sebastián no paraba de enviarme mensajes llenos de insultos y reclamos.

Una vez, me dejó un regalo muy digno de él.

Fernei dijo que no lo recibió en persona, lo había encontrado en la puerta de la recepción.

Juan Sebastián debió de aprovechar alguna de las idas al baño de Fernei para dejarlo ahí.

El sobre contenía condones y un mensaje corto:

ya que andas tan urgida. ten, que no te falten.

¿Denunciarlo? Claro, ya era más que el momento adecuado.

Samir me pidió cincuenta veces que lo hiciera.

Pero creo que, en mi interior, aguardaba la esperanza de que Juan Sebastián se diera cuenta de lo ridículo que resultaba su comportamiento.

Aparte, como te dije, mi vida se fue a la mierda muy rápido.

¿Recuerdas que siempre me pides que lleve el carro a mantenimiento porque, si no lo hago, un día de estos me va a dejar varada?

Pues, de esa misma manera, yo había descuidado mi trabajo.

La tarde de un viernes, yo estaba en la clínica.

No faltaba mucho para la hora de salida.

Las del equipo de comunicaciones teníamos una oficina muy cómoda para trabajar, aunque se usaba muy poco.

La editora y la ad manager preferían hacer todo desde casa.

Gracias a eso y a que ni la mujer ni Juan Sebastián parecían poder alcanzarme ahí, convertí la oficina en un lugar de reposo fiable.

El sonido de tacones, las risas de mis colegas y, en general, la humanidad del entorno me mantenían ligeramente motivada mientras yo no estaba con Samir.

Él tenía que trabajar también, desde luego, era abogado.

Derecho contractual, si mal no recuerdo.

Él era muy reservado con respecto a sus clientes.

Dayana abrió la puerta y, con tono seco, me dijo que me llamaba el doctor Jean Carlos, mi jefe.

Mi relación con Dayana ya se había deteriorado mucho para ese entonces.

Y no la culpo. Yo estaba más insoportable de lo usual; la regañaba todo el tiempo por las más mínimas cosas e incluso llegué a alzarle la voz.

Aun así, me costó asimilar la situación y le agarré mucho rencor.

El consultorio de Jean era tan radiante como su cara, tenía más de cuarenta años y no se le asomaba ni una arruga.

Eso sí, no podía levantar las cejas por tanto Botox.

Era un tipo sumamente amable, de esas personas que siempre tienen una buena disposición hacia los demás.

Jean me había dado la oportunidad de dirigir su equipo sin tener la más mínima experiencia.

Él encontró un reel que hice para un medio periodístico local durante mis prácticas de fin de carrera.

Me contactó y me preguntó si quería trabajar para él.

Eso derivó en cinco buenos años de cooperación.

Jean no me llamaba por fuera de horas laborales ni me exigía horas extra, me daba bonificaciones todo el tiempo, y hasta me regaló un muy buen computador para trabajar.

Decía que se lo agradeciera dando lo mejor por la clínica, y así lo hice.

Sé que para ti, que eres europeo, todo esto —a excepción del computador— te debe parecer básico, pero en Colombia hay pocos empresarios así, créeme.

Al verlo en su silla, abatido, me di cuenta de que la situación no le agradaba más que a mí.

—Siéntate, Esme. Por favor —dijo. Yo ya me olía lo que iba a pasar.

Además de que Dayana y mis otras subordinadas se habían quejado de mi actitud de mierda, objetivamente, yo no paraba de meter la pata.

Publicaba los videos en horarios equivocados, las parrillas de contenido tenían ideas pésimas, me olvidaba de las citas con las influencers de la ciudad.

En fin, que vivía en las nubes a causa del mal dormir, la depresión y todo lo demás.

La verdad es que era un milagro que yo pudiese mantenerme en pie.

Jean me despidió, pero eso no fue lo peor.

—Me disculpo por el atrevimiento, pero creo que tienes que hacerte cargo de un par de cosas en tu vida personal —dijo—.

Hemos visto a un joven… Tu ex, si no estoy mal, rondando la clínica en repetidas ocasiones.

Ha inquietado a algunos pacientes. Por otro lado, los doctores dicen que siempre tienen que sacarte a escondidas de aquí.

No puedo permitir que la imagen de la clínica se vea afectada, Esme.

Pocas veces en mi vida me he sentido tan sola y vulnerable como en ese momento. Mis pensamientos oscilaban entre el odio que sentía hacia Juan Sebastián —lo culpaba por todo, absolutamente todo— y la tristeza al comprender que mi jefe, a quien yo quería tanto, me estaba dando la espalda.

Ese día aprendí que en los negocios no existen los amigos. Me sequé una lágrima escurridiza, le di la mano a Jean, le expresé mis más sinceros agradecimientos y me marché. Poco después, me enteré de que Dayana ocupó mi puesto y de que contrataron a otra chica para la edición.

El sol estaba sumergiéndose en la bahía cuando salí con mi liquidación en el bolso.

Respiré hondo y me prometí que no daría rienda suelta al llanto hasta llegar a casa de Samir.

La calle no era un lugar seguro. No importaba cuántos niños viera patinando, cuántos perros corrieran tras sus pelotas o cuántas flores colmaran los arbustos.

Mi vida siempre corría peligro. Estaba tan segura de ello como de que mi nombre es Esmeralda.

A partir de ese momento, yo creí que mi situación no podía empeorar. Debieron darme el premio a la ingenua del año.