Una deuda siniestra 4
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Tengo sed, cielo. Uy, cómo estás de caballeroso hoy, gracias. ¿Será porque me quieres coger otra vez? Ya ya, no me mires así, todavía falta mucho por contar.

La noche de la reunión, me cayó un cansancio pesadísimo, pero pensé que, si la felicidad se hallaba en algún lado, con toda seguridad no sería en mi cuarto.

Me metí en la ducha a las malas, definí mis rizos y me puse un vestido negro corto que me sentaba muy bien.

Creo que aún conservo una foto de esa noche en mi celular, espera.

¿Verdad que estaba linda? Hoy en día me arrepiento de lo malagradecida que era con mi cuerpo.

Yo me veía al espejo y pensaba: «Mi entrepierna y mis axilas son demasiado oscuras», «Ojalá pudiera quitarme el lunar grande de la mejilla», «Quisiera un cuerpo más tonificado».

Yo era un bizcochito, carajo. Y estoy segura de que todo el mundo lo notaba, excepto yo.

Entré y me fijé en los pisos: mármol en la sala; coralina pulida en la zona de la piscina.

No sé de qué material estaban hechas las esculturas que vi, pero esa casa olía a plata.

Para alguien que aún no había salido del país, esas cosas resultaban deslumbrantes, en especial si creciste en un barrio donde no pasaba una semana sin que fallaran los servicios de agua y luz.

La mayoría de mis excompañeros estaban en la piscina riendo y bebiendo como si no hubiera un mañana. Varios se volvieron y me saludaron agitando las manos. «Ven, entra al agua», me decían, aunque la música sofocaba sus voces.

Samir ya había llegado. Él y otros dos compañeros, Gustavo Pérez y Álvaro Urrego, estaban sentados conversando sobre política.

En realidad, Gustavo y Álvaro hablaban acaloradamente, Samir solo fingía escucharlos mientras se fumaba un puro.

Los destellos ondulantes de las luces de la piscina danzaban sobre su piel.

Él me miró, se sacó el cigarro de la boca y lo apoyó delicadamente sobre el cenicero.

Luego, me sonrió sin enseñar los dientes.

Es de los pocos hombres que he conocido a los que en verdad les luce el bigote y la barba mosca.

No supe ni dónde me quedé cuando esos ojos oscuros barrieron mi cuerpo de arriba abajo.

Sus cejas eran delgadas, pero densas y definidas, como las plumas de un pájaro negro.

Yo caminé hacia él sin fijarme en nadie más. Si Samir no se hubiese girado hacia Gustavo y Álvaro para que los saludara, hubiese pasado por maleducada. Mira tú si me había embobado.

—Qué guapa te ves —dijo, y el muy atrevido me besó el dorso de la mano. ¡Imagínate!

¡Claro que se acordaba de Juan Sebastián! Lo que pasa es que le valía madres. A mí, en cambio, todavía me quedaba honor, y me prometí que no iba a pasar nada con Samir hasta que mis asuntos con Juan Sebastián hubiesen terminado. Pero la tarea no estuvo exenta de dificultad.

Ya sabes que amo bailar. Salsa, en particular.

Yo llevaba casi dos años sin hacerlo, y eso no habría pasado con Juan Sebastián aunque yo lo hubiera querido; un tronco tenía más ritmo que él.

Si flexionaba las rodillas y me restregaba el paquete mientras sonaba Bad Bunny, podía decirse que era una noche exitosa.

Pues, esa noche, Samir y yo lustramos el piso. ¿Y sabes cuál fue la primera canción? Ese hombre, de Rocío Jurado. Pero sonó la versión de salsa que sacó La India. Hay una parte que dice:

Ese hombre que tú ves ahíQue aparenta ser divino

Tan amable y efusivoSolo sabe hacer sufrir

Es un gran necioUn estúpido engreídoEgoísta y caprichosoUn payaso vanidoso

Dime si eso no era una señal clara de: «Termínale a ese imbécil».

Se nos fueron las horas charlando y riendo.

Estaba tan contenta que podía llorar, Vigo.

Yo había olvidado lo que era vivir como una persona normal, sonreír genuinamente.

Algo que creía distante, imposible, por fin estaba sucediendo.

Samir me dio todo eso en una sola noche, y así fue como supe que mi situación se reducía a sacar un clavo con otro.

Samir era todo un caballero, además. Le ofrecieron güisqui un par de veces, pero lo rechazó y me dijo:

—Si yo bebo, ¿quién te va a llevar a tu casa?

A eso de las tres nos fuimos, y ya que estábamos solos en su carro, pensé que intentaría besarme. Gracias al cielo no lo hizo, porque yo no habría podido resistirme. Nos despedimos con un beso en la mejilla, prometimos seguir en contacto, y listo.

Entré a mi casa con unas ganas locas de masturbarme. Se me dio por revisar mi celular, y vi las quince llamadas perdidas de Juan Sebastián. Antes de salir, yo le había dicho que me iba a dormir temprano —una mentira que destapó por su cuenta—.

Para ese momento, yo ya estaba convencida de lo que tenía que hacer, pero me faltaban agallas. Siempre hacen falta para lidiar con machos. Se iba a formar al día siguiente, no me cabía duda. Pero aún faltaban unas horas para eso, así que hice lo que quería y me fui a dormir.

A media mañana, Juan Sebastián se presentó y, una vez más, Fernei, el portero, no pudo hacer nada para detenerlo. Todavía llevaba puesta la pijama cuando abrí la puerta. Él estaba recostado contra la pared, medio sonriente, como si se tratara de una emboscada. Supongo que así era en su cabeza.

—¿No tienes pacientes hoy? —le pregunté.

—Tuve que decir una mentira para aplazar las citas. Tú sabes un poco de eso ¿verdad, Esmeralda?

Él dio un paso al frente, pero yo cerré más la puerta y me estampé en la entrada.

—¿Es que tienes a alguien ahí contigo?

Yo le dije que no y que de todas formas eso ya no sería su problema, porque nuestros días juntos habían terminado.

Creo que también debí decirle que era un celópata abusivo, pero mis fuerzas estaban enflaquecidas.

En mi vida, cualquier contratiempo se convertía en un huracán, y yo siempre me hallaba en su ojo, remando para permanecer a flote.

Juan Sebastián dijo mi nombre una sola vez antes de que le cerrara la puerta en las narices. Con esa clase de hombres solo puedes hablar así: con un muro entre tú y ellos. Si nada los separa, ellos derribarán la torre de voluntad que has construido con tanto esmero. Eso no podía volverme a suceder.

Le pedí que se fuera y que no me buscara más.

Él comenzó a golpear la puerta con tanta fuerza que pensé que iba a romperla, esa madera no era muy segura que digamos.

Me dijo que era una sinvergüenza, una malagradecida y muerta de hambre.

Yo solté una carcajada sincera. Por fin, el doctor Juan Sebastián había pelado el cobre3.

Él era consciente de que, si seguía con su show, los vecinos llamarían a la policía y pasaría un bochorno de verdad, así que no demoró en largarse.

¿Rendirse? ¿Juan Sebastián? Pff, apenas estaba calentando los motores.

Los días siguientes no me contactó, por lo que llegué a pensar que librarme de esa relación había sido bastante sencillo, y todo gracias a su ego.

Sin embargo, un fin de semana me llamó por la madrugada.

«Quizá le pasó algo», pensé ingenuamente antes de contestar.

Estaba ebrio. Detrás de sus súplicas, alcancé a oír lo que me pareció la voz de Daniel, su mejor amigo.

«¡No llames a esa perra hijueputa!», dijo alto y claro.

Colgué. Aquello me hirió, pero me quedé dormida casi de inmediato, y el sueño se llevó el insulto como agua de río.

La frecuencia de las llamadas fue incrementando con los días, a tal punto que las hacía sobrio.

Como no bastaba con colgarle, tuve que bloquearlo.

Entonces, él trató con otros teléfonos. Mientras estaba en el trabajo, me llegaban mensajes de cuentas falsas a mi Instagram.

El tono del texto variaba según el día. En ocasiones, me decía que me iba a arrepentir, que yo no sería nadie sin él, que iba a buscar al tipo con el que yo estaba saliendo y a confrontarlo.

Otras veces, me decía cuánto me amaba y me extrañaba, que nunca había conocido a una mujer como yo y que podríamos superar cualquier cosa si permanecíamos juntos. Y una mierda.

Dos veces se apareció en la clínica con flores y una pinta de adicto en rehabilitación. El portero le decía que yo no había ido a trabajar esos días. Un día, se quedó esperando porque, claro, tampoco era tonto. Tuve que salir escondida en el carro de uno de los dermatólogos. Imagina mi vergüenza.

Lo más curioso es que, a pesar de que Juan Sebastián andaba como mosca sobre la comida, Samir era quien ocupaba mis pensamientos.

La idea de volver a verlo me generaba una ansiedad eufórica.

Lo veía en mi sueños a menudo, cual de todos más picante.

Día y noche lo deseaba. Revisé mi teléfono incontables veces para ver si había algún mensaje suyo.

Así transcurrieron unas tres semanas, las mejores hasta entonces porque la mujer no había regresado; pero también las peores, dado que Samir no daba señales de humo.

¿Qué por qué no le escribía yo? Bueno, yo estaba medio enchapada a la antigua.

Para mí era lógico que el hombre tomara la iniciativa.

No lo parece, pero, en el fondo, nosotras le tenemos miedo al rechazo tanto como ustedes.

La diferencia es que, en nuestro caso, el orgullo es más potente que las ganas de culear.

Finalmente, una noche mientras me comía un burrito, la pantalla alumbró con el nombre «Samir Aissa Bolaños», y un «hola esme» junto a un corazón verde.

Yo grité como adolescente enamorada. Por cierto, ¿ya te había mencionado que él era de ascendencia árabe?

¿No? Bueno, tampoco es que importe mucho.

Su familia llegó con la mal llamada inmigración turca hace más de un siglo.

A Barranquilla no solo entraron turcos, pero para los colombianos todos provenían del mismo arenero.

Te ahorraré los detalles de la conversación y lo patética que me veía cronometrando cinco minutos entre cada respuesta para no verme tan desesperada.

Samir dijo que estaban impartiendo clases de zumba en el peatonal de Crespo y que le encantaría ir conmigo el próximo sábado.

En cuanto le di mi respuesta, supe que los próximos días iban a ser muy largos porque, justo en ese momento, la mujer apareció otra vez.

Al otro lado de la encimera, ella me miraba como si quisiera que me atragantara con el atún. Estaba llena de ira y lista para arruinarme la fiesta de nuevo. Entonces, recordé las palabras de Flora: «Tienes que luchar».

Aun así, sin importar cuántas veces la viera, yo no me acostumbraba a su presencia.

Y valga decir que esa vez había menos de un metro entre ambas.

Aparté la mirada, pero no sin antes reparar, quizá por error, en su cara.

Descubrí que tenía una nariz ancha y chata y pómulos pronunciados.

No importa cuántos años pasen, no creo que pueda olvidar esa imagen, Vigo.

Se veía tan real, tan humana, que por un pequeñísimo instante olvidé que estaba muerta.

Temblando, fui hacia el altar de la veladora que tenía en una mesita de vidrio junto al sofá.

«Mantente despierta», me repetía a mí misma mientras una oscuridad iba nublando mi vista y las fuerzas me abandonaban.

Por suerte, tropecé el dedo meñique de mi pie contra el comedor de madera que me heredó mi abuelo materno; el dolor me despertó.

Encendí la vela y, sentada en el mueble, comencé a recitar las palabras que Flora me había enseñado.

Ella me indicó que tenía que hablarle a algo en lo que creyera, así que le dediqué mi plegaria a Dios, pero no funcionó.

Dios solo te oye cuando tienes fe, y lo que yo tenía era miedo.

Dios, protégeme de los muertos que no duermen

De la noche que no cesa

Y de los demonios que acechan…

Mis dientes castañeaban y mi voz se desvanecía, ya no solo por pánico, sino por el frío.

La oscuridad inundaba la estancia casi por completo.

Sentía que la luz de la vela era lo único que me mantenía atada a este mundo.

Me parecía que, si se apagaba, la mujer me arrastraría a esa cloaca en la que habitaba.

De pronto, oí que las manzanas de la frutera caían y rodaban. Los cristales del jarrón que me dio Flora estallaron. El único portarretrato que colgaba en una pared dio un trastazo contra el suelo. En la foto, Flora y yo posábamos junto a unos flamencos en el aviario de Barú.

Intenté ponerme en pie para abrir la puerta y huir —otra vez—, pero no podía mover las piernas.

No estaban entumecidas. Era, más bien, como cuando eres niño y tus amigos juegan a enterrarte en la arena de la playa.

Me alcanzó un olor a tierra húmeda, y un cosquilleo comenzó a recorrerme las pantorrillas y los muslos, como cientos de agujas diminutas pinchando mi piel.

Entonces, lo supe. Eran los gusanos, las hormigas, los bichos que acompañan a los muertos.

Mordían. Escarbaban. Saboreaban lo que algún día iba a ser suyo.

Estuve a punto de rendirme. «¿Qué más da?», pensé. Mi vida no valía nada para mí. Las únicas personas a las que les importaba eran Flora y mi madre, y ellas lo habrían superado. Eran fuertes.

«Mátame», quise decirle a la mujer. «Haz lo que quieras, no puedo más». Sin embargo, tan pronto como lo pensé, las luces volvieron. El frío desapareció, y yo pude moverme.

Ella se marchó. Huyó como ladrón tras obtener lo que quiere. Antes de desplomarme ahí mismo, me pregunté: ¿cuándo estará satisfecha?

2. En la costa caribe colombiana, «enmierdar» significa caerse o tropezarse. Difiere del uso estándar en español, donde significa «ensuciar con excremento» o «arruinar algo».

3. Pelar el cobre es una expresión colombiana que significa revelar la verdadera cara de alguien, usualmente su peor versión. Viene de la imagen de un objeto chapado en oro que, al desgastarse, muestra el cobre barato que oculta debajo.