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Nos sentamos en su balcón con dos vasos de té helado. Un crucero estaba pasando, se movía tan lento como el sol poniente y las gaviotas lo sobrevolaban. Con vistas así, te acostumbras con facilidad al olor a pescado.
Yo no tenía absolutamente nada bueno que contarle a Flora, así que era ella quien me entretenía con sus noticias.
Eso me traía calma ¿sabes? Para mí, era un consuelo que mi hermanita estuviese feliz, sana, que su vida marchara sin contratiempos.
Pero no pasó mucho rato antes de que me preguntara por la mujer.
Yo le dije que no la había visto en los últimos dos días.
Algo se apagó en sus ojos, se rascó la nariz pecosa y me dijo:
—¿Has encendido la veladora como te dije? ¿Con el vaso de agua?
Le respondí que sí. Flora y yo habíamos intentado toda clase de rituales con agua bendita, velas, huevos, legumbres. Ella iba a menudo a mi apartamento para limpiarlo.
—Si viniste por más ayuda, tienes que darme tiempo para investigar otros rituales. Tal vez pueda contactar a un sanador que vive en San Onofre.
¿Comunicarnos con la mujer? Por supuesto, Vigo, lo intentamos en varias sesiones.
Pero hablar con el mundo espiritual no es como telefonear a un amigo.
Cada vez que haces contacto, te expones, abres canales.
Igual que con una radio, cualquier cosa puede oírte y responderte.
Un demonio podría escucharte y engañarte, decirte lo que quieres oír o contarte cosas horribles para atormentarte.
Al menos, eso es lo que dice mi hermana, pero yo le creo.
Los encuentros eran una tortura para mí.
Mi corazón latía rápido por el pánico. Me ponía pálida y fría.
Flora sentía la presencia de la mujer y yo la veía.
Podíamos instarla durante una hora, pero no le arrancábamos ni una sílaba.
Cuando por fin se marchaba, yo no podía sostenerme en pie, ni siquiera levantar un brazo. Me drenaba por completo.
Yo le dije a mi hermana que no había ido por la mujer, sino porque quería saber si me convenía una salida esa noche. Ella se alegró en cuanto le dije que la actividad implicaba fastidiar a Juan Sebastián.
—Cuando me hablas de él, casi me arrepiento de mi decisión de solo hacer trabajos buenos —dijo y fue por la baraja de cartas.
Yo hice la pregunta, y salió la carta de la estrella.
Flora dijo que había luz y esperanza en esa reunión, que era el camino correcto.
Entonces, yo recordé mi sueño. ¿Y si Samir era la estrella?
¿Aquello que me salvaría del precipicio?
No te imaginas lo poderosa que es una pizca de esperanza para alguien que vive en tinieblas, Vigo.
Aun así, sobre eso no quería ninguna confirmación, así que no le conté sobre el sueño a Flora. Si Samir iba a ser mi amigo, o algo más, quería descubrirlo por mí misma. Él tenía que ganarse mi afecto sin ayuda de las cartas.
Decidí ir a la reunión. Por supuesto, quedaba el detallito de Juan Sebastián, a quien no le gustaba que saliera sola.
No porque quisiera cuidarme en verdad, sino porque pertenecía a la clase de hombres que vigilan como halcones a sus novias.
Terminarle inmediatamente no era una opción; el drama habría sido espantoso, lo suficiente como para amargarme la noche y hacer que cambiara mis planes.
Además, aunque no nos habíamos visto, él y yo hablábamos por teléfono con relativa normalidad.
Si quería estar tranquila, la relación marchita tenía que aguantar, por lo menos, una noche más. Y para eso tenía que mentirle.
Estaba por despedirme de mi hermana cuando empecé a sentir frío. Flora cerró los ojos y arrugó el entrecejo como si algo le doliera. Empuñó las manos hasta que se le emblanquecieron. La mujer tenía una energía demasiado densa, incluso para ella.
—Está aquí ¿cierto? —me preguntó. Yo le dije que estaba de pie justo detrás de ella. El mar se estaba tragando los últimos rayos del sol, pero yo la veía claramente.
Mi pecho se contrajo como un acordeón y gemí de dolor. Fue un quejido profundo y lastimero. De repente, dejé de oír las aves y el sonido de las palmeras meciéndose por la brisa. Sentí que algo tapó mis oídos, como cuando tienes gripa y congestión. Escuché que Flora dijo: «¡No!», y me desmayé.
De esto no tengo recuerdos, pero Flora dice que caí al piso.
Allí, empecé a temblar y a arquearme como gusano.
Emitía sonidos roncos y afónicos. Estaba intentando hablar, pero las contorsiones ahogaban las palabras.
Flora comenzó a rezar y a ordenarle al espíritu que se marchara, que no se atreviera a tomar a su hermana.
Me decía que peleara. «¡No la dejes entrar, Esmeralda!
», gritaba. Y funcionó, de momento, porque la mujer se marchó pocos minutos después.
Yo pesaba unos sesenta kilos. Flora, si acaso, llegaba a los cincuenta. Es por eso que, cuando desperté, yo seguía en el piso.
—Al menos ya sabemos lo que es —dijo cuando vio que abrí los ojos. Ella estaba concentrada encendiendo carbón en un cuenco. Un olor a salvia quemándose me penetró la nariz—. El alma de esa mujer está infestada, vive en una especie de cloaca energética.
Parafraseando a mi hermana: ese espíritu se había negado a descansar, a trascender.
Se aferró a la tierra por motivos que, hasta entonces, Flora y yo no comprendíamos.
Por lo tanto, se degradó y adoptó esa forma horrible.
El problema era que, del mismo modo en que tú y yo necesitamos de agua y comida, esa mujer también necesitaba combustible.
—Tu alma se resistió esta vez —añadió Flora—, pero la depresión no te está ayudando. Tu vulnerabilidad la hace más fuerte. Tienes que luchar.
Yo le dije que no tenía idea de cómo hacer eso, y ella me respondió que buscara paz.
Felicidad. Me parecía más lograble que me pidiera respirar bajo el agua.
Encontrar la felicidad es algo tan complejo como la existencia misma, y resultaba irónico que mi vida dependiera de ello.
Flora se alarmó cuando comencé a reír. Creyó que el ataque estaba sucediendo de nuevo.