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La mujer no estaba ahí, gracias al cielo, y llegué a creer que fue porque me tuvo lástima. Yo estaba tan abatida, Vigo, que a menudo pensaba que, si una moto me arrollaba o un ladrón me metía un tiro para robarme, tanto mejor. ¿Me entiendes?
Mi apartamento no era muy diferente a mí. Yo tenía la casa llena de macetas. Había en la sala, las ventanas y el baño. Los cactus, las suculentas, mi Costilla de Adán, la albahaca; todas estaban muertas o a punto de morir.
Tal vez no lo recuerdes, pero la brisa en Cartagena hace que uno tenga que desempolvar todo, mínimo, dos veces por semana.
Los electrodomésticos, el jarrón de cristal que me regaló Flora y los estantes de madera de la cocina tenían una capa de polvo asquerosa.
Ya te imaginarás cómo estaban los cojines del sofá.
Lavaba mis sábanas cuando ya olían a una mezcla entre sudor y perro mojado.
Ni hablar de mi baño, al inodoro se le formaba una franja amarilla por donde llegaba el nivel del agua.
Marinelda lo frotaba con ácido de vez en cuando.
«Tú trabajas mucho, Esme. Demasiado. Deja que te ayude, yo no tengo nada mejor que hacer», me decía.
En cuanto tiré el bolso al suelo, me desplomé en la cama a llorar y llorar.
Ni siquiera prendí el ventilador de techo.
Lo único que oía eran mis propios sollozos.
Al cabo de un rato, cené un banano que estaba en la frutera.
Lo hice porque sentí que me iba a desmayar por la falta de azúcar, no porque tuviera hambre.
A Juan Sebastián, como era típico en él, no le demoró demasiado el orgullo. Fernei, el portero, llamó al citófono a medianoche. Yo ya había apagado mi celular.
—Señorita Esmeralda, aquí está el joven Juan Sebastián. Yo le dije que no podemos llamar a los residentes a esta hora, pero dijo que no se iba a ir hasta que no le avisara —comentó con esa voz gastada por tanto fumar cigarrillos.
—Pídale que se vaya, por favor —dije y colgué.
Poco me imaginaba la perla que me tenía preparada Juan Sebastián. Al cabo de unos cinco minutos, sentí golpes en la puerta. Fernei estaba usando su voz de portero autoritario:
—¡Si no se retira, voy a llamar a la Policía!
—¡Llámela! ¡Usted es un sapo! ¡No tiene derecho a decirme que no puedo ver a mi novia! —le respondió Juan Sebastián.
Cuando abrí la puerta, Marinelda estaba viendo todo desde la suya. Llevaba una bata de dormir y el pelo recogido en un gorrito de seda. Sentí una vergüenza espantosa, Vigo. La luz amarilla del techo nos iluminaba a los cuatro en ese pasillo angostito.
—Ya, deja la gritería, Juan Sebastián. Entra —dije por fin. Su cara parecía un ají.
Marinelda me miró como diciéndome que esa clase de hombres solo sirven para mandarlos a la guerra.
Es el único lugar donde pueden brillar. Allí les aplauden por espectáculos como ese, el de «Quién Tiene la Mondá1 Más Grande».
En cuanto Juan Sebastián cruzó el umbral, me disculpé de manera general y cerré la puerta sin mirar a Marinelda a los ojos.
Para desgracia de Juan Sebastián, en ese momento, yo ya experimentaba un entumecimiento general ante todo lo que sucedía.
El idiota se arrodilló, lloró, dijo que nunca me haría daño, que primero se cortaría la mano, que no me merecía, blablablá.
Jueputa, yo solo quería que se largara y me dejara dormir.
Durante más de una hora, vi cómo le salían ríos de mocos por la nariz y se le hinchaban los ojos.
Me pregunto qué habrían dicho los pacientes del respetado doctor Mason si lo hubieran visto así.
¿Miedo? No, Juan Sebastián no me asustaba.
Cuando ves muertos de forma recurrente, la vara que mide las cosas que te asustan de repente se pone muy arriba.
Como te comenté, le tenía lástima porque él me decía cuánto me necesitaba, cuánto sufriría si yo lo dejaba en la tenebrosa incertidumbre de su soledad.
Sí, era el drama en pasta. Esa noche no le dije que lo perdonaba, pero creo que él lo asumió cuando nos comenzamos a besar. Seducirme era una de las pocas cosas que hacía bien. Tampoco es como que hubiese tenido que esforzarse; él sabía cuánto me gustaba. Tuvimos sexo y él se quedó a dormir.
¿Que cómo era? No sé por qué a los hombres les gusta saber esa clase de información.
El sexo con Juan Sebastián me ayudaba a lidiar con la depresión.
Gracias a eso duramos casi dos años juntos, por miserable que suene decirlo.
El problema era que, una vez llegaba al orgasmo, volvía a sentirme como un culo; sola, como si no hubiese nadie a mi lado en la cama.
Todos esos besos que me otorgaba al final, esas caricias, me las daba en vano.
Sentía un vacío muy muy grande, Vigo, y ni siquiera sabía por qué.
Aun así, las relaciones no estaban nada mal.
Baste con decir que Juan Sebastián lograba que yo no me fijara en nadie más que en él.
Si alguien me hubiese dicho: «cierra tus ojos y dime a quién ves cuando te pido que pienses en un tipo guapísimo», no habría tenido que mentir.
Era él. Así que podrás imaginarte mi sorpresa cuando, esa misma noche, soñé con Samir. Y no fue un sueño para nada inocente.
Seré gráfica porque esto es importante para la historia, ¿vale?
En mi sueño, Samir y yo estábamos desnudos en una especie de explanada.
El cielo estaba gris y parecía que empezaba a anochecer.
Un viento tibio nos azotaba como si quisiese apartarnos de su camino.
Olía a malezas y a un humo que provenía de lejos.
Ambos empezamos a tener sexo. Muy duro. Los gritos eran tan salvajes como los movimientos.
Recuerdo que me senté sobre él y sentí que el césped seco se me clavó en las rodillas.
No me importó. Brinqué sin parar hasta que, de repente, se abrió un gran abismo a mi derecha, tan profundo que no se veía el fondo.
Me aterré. Yo quería parar y alejarme, pero no podía.
El placer era como una cuerda que me ataba, y no me soltó hasta que saltó la alarma de mi teléfono.
Juan Sebastián ya se había ido, y aparte de la humedad de mi entrepierna y sábana, no quedó más evidencia de esa traición onírica.
Los días sucesivos no pude sacarme a Samir de la cabeza.
Le revisé el perfil de Instagram unas diez veces sin saber qué buscaba.
Tenía cuatro publicaciones; en tres de ellas posaba solo en varios lugares de México, y en la otra mostraba a su pez mascota.
Yo no había pensado en Samir desde que nos graduamos del colegio, así que me preguntaba si ir a la reunión era una buena idea y si, a lo mejor, él tenía algo que ver con eso.
Él me generaba una atracción intrigante.
Además de un poco de culpa —pues yo siempre quise ser fiel, incluso en un caso como el de Juan Sebastián—, yo sentía miedo.
Temía que ir no sirviera de nada y que mis pensamientos no fueran más que ilusiones estúpidas.
Además, socializar con un montón de gente era un reto para mí por aquella época, en especial si se trataba de una panda de chismosos que no se veían desde hace años.
Mientras meditaba sobre mi decisión, trabajé como de costumbre.
Mucha gente cree que las personas con depresión se vuelven inútiles como canoas en el desierto.
Pues verás, yo era bastante diligente. Obsesiva, me atrevo a decir.
Mi trabajo era otro escape para mí, así que todo allí tenía que ser perfecto.
No me gustaba que nadie del equipo llegara tarde; y la edición de los videos, la iluminación, el sonido, todo tenía que hacerse mil veces hasta que se ajustara a mi visión.
Recuerdo que Dayana, la editora, bromeaba llamándome señorita Tronchatoro.
Sí, sí, la de Matilda, pero la versión del noventa y seis.
Bueno, el día de la reunión, por la tarde, se me ocurrió consultar a la única persona en cuyo juicio yo confiaba. Flora.
Mi hermana todavía vive en ese apartamento frente a la bahía de Castillo Grande.
Un dato curioso: ella y Lilibeth, su pareja, lo compraron a muy buen precio.
Los dueños estaban desesperados por deshacerse de él.
El edificio ya era viejísimo y la zona se desvalorizó mucho con la subida del nivel del mar.
Yo considero que, si no te molesta la temporada del año en que las calles se inundan y tienes que salir en canoa, puedes decir que es un barrio bonito.
Flora dice que su diosa le envió la señal de que lo comprara.
No es que yo sea experta en el tema, pero sí sé que las brujas, médiums y gente del gremio siempre «trabajan» con una deidad o seres superiores.
La de Flora es una tal Morgana. Mi hermana me contó que llevaba meses buscando un apartamento hasta que soñó con el nombre «Estrella del mar», escrito en letras de bronce sobre la fachada verde oliva con blanco.
El hogar de una bruja es más o menos como te lo imaginas: lleno de amuletos, estatuas, velas y plantas raras.
Flora y Lilibeth tienen un gusto especial por la madera.
Los muebles, las puertas, los objetos de cocina; casi todo lo que tienen está hecho de ese material.
Los únicos electrodomésticos que tienen son la nevera, la lavadora, la secadora y la máquina de coser de Lilibeth, porque es diseñadora de modas.
En cuanto a entretenimiento, creo que les basta con leer o salir a abrazar arbolitos.
Vale, estoy jodiendo. Es solo que hacen mucho ecoturismo.
Flora estaba sola la tarde en que fui. Me abrió la puerta, y vi que tenía un libro de cocina francesa en una mano. Cuando vivíamos juntas no le salía ni una arepa, así que le dije que tuviera listo el número de los bomberos. Ella solo sonrió y me dijo:
—Hola, piedra.
Yo le respondí: «Hola, petunia». Es un chiste idiota, ella me dice piedra porque eso es lo que son las esmeraldas, y yo la llamo petunia porque me parece un nombre horrible para una flor.