Una deuda siniestra 2 #2
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El portero del hospital ya me conocía, por lo que me dejó subir de una vez.

El aire acondicionado me cayó como una bendición.

Comenzaba la temporada de lluvias, así que la humedad era asfixiante.

Un poquito más y nos confundíamos con el Amazonas.

Mis rizos estaban completamente esponjados, y ni hablar de mi ropa; mi vestido ya lucía parches de sudor en las axilas y la espalda.

La secretaria de Juan Sebastián dijo que solo faltaba un paciente por salir, así que me senté y me puse a ver estupideces en Instagram para no pensar en nada.

Al cabo de unos diez minutos, se abrió la puerta y salió Juan Sebastián con su paciente, un hombre al que yo no había visto hacía años.

Fuimos compañeros de colegio toda la vida, pero luego la universidad nos separó, como suele suceder. Por él me llevé el puñetazo de Enrique.

«¡Esmeralda!», gritó Samir con una alegría que en verdad me conmovió.

Corrió a abrazarme y, mientras yo le correspondía, me fijé en la cara de Juan Sebastián.

Tenía una mirada que anunciaba problemas.

Me puse tensa, pero seguí hablándole a Samir con normalidad.

Le pregunté si estaba viviendo en la ciudad, que cómo iba la vida y demás formalidades.

El reencuentro se acabó pronto, pero no sin que antes él me invitara a la reunión que estaban organizando los de la promoción.

Iba a ser en casa de Antonella Lang dentro de un par de días.

Era una excompañera que tenía piscina y todo el cuento.

Yo le dije que iría, que me encantaría. Y era la verdad.

Cuando Juan Sebastián y yo nos quedamos solos, él no me saludó con un abrazo, como de costumbre.

Me dio un beso forzado, se despidió de la secretaria y bajamos rápido para subirnos a su carro.

Tenía una Toyota Rav 4. Me gustaba ese carro, aunque, en ese instante, parecía más bien una trampa.

Y yo había caído en ella voluntariamente.

—¿Por qué lo saludaste así? —me preguntó. Yo le pedí que se explicara mejor. Me dijo que yo salté a los brazos de Samir de forma muy descarada, como si tuviéramos demasiada confianza.

En ese momento me di cuenta de una particularidad de Juan Sebastián. ¿Sabes que los costeños pronunciamos la /s/ como /j/, cierto? Bueno, Juan Sebastián siseaba como serpiente con tal de esconder su acento. Era gracioso, porque se le notaba el esfuerzo. Hasta allá le llegaba el estiramiento.

Yo tuve que aclararle que no me interesaba Samir, al menos no de la forma en la que él se lo estaba imaginando.

Yo solo estaba feliz de verlo, y detestaba que me hiciera sentir culpable por ello.

Eso es lo peor de estar con una persona celosa; aun cuando no has hecho nada malo, te sientes como la peor mierda del planeta.

A mí me entraba un nervio que no te sé explicar.

Casi me preguntaba a mí misma: «¿será que lo besaste, le agarraste el paquete y ni cuenta te diste?

». Juan Sebastián no sabía que Samir y yo habíamos tenido algo, afortunadamente.

Si no, puedes imaginarte el tamaño del lío.

Cada vez que Juan Sebastián y yo peleábamos era debido a sus celos, y la mayoría de las peleas acababan en gritos. Yo lloraba, le decía que estaba cansada, que no podía seguir en una relación así. Entonces, era él quien lloraba, me pedía perdón y se calmaba unos días. Luego, el ciclo se repetía.

Aquella ocasión fue diferente. Cuando hice ademán para abrir la puerta, Juan Sebastián me tomó del brazo. Ambos callamos. El espacio se inundó con el ruido blanco del aire acondicionado y el andar lejano de los carros. Estábamos en un pequeño parqueadero a cielo abierto.

—Me estás lastimando —le dije.

Su mano se sentía caliente. Aún recuerdo cómo las falanges pálidas se clavaban en mi carne.

Creo que ni él sabía cuánta fuerza estaba aplicando porque, en cuanto le dije eso, me soltó muy despacio y se recostó contra la puerta, desconcertado.

Yo me bajé del carro, él no me siguió, y así terminé esperando otro taxi.

Los detesto. En Cartagena, casi todos huelen a pecueca o no les sirve el aire acondicionado.

¿Qué por qué seguía con Juan Sebastián? Bueno, es cierto que en ese momento me sentía más sola que un perro abandonado en una carretera, pero no todo el tiempo era así.

Juan Sebastián tenía sus buenos ratos. Creo que me aferraba a ellos porque yo no tenía ninguno propio.

Él era muy leal, inteligente, sensual, ambicioso, trabajador y buen conversador, aunque podía llegar a ser cruel con sus chistes.

Él quería formar una familia conmigo; todo el tiempo me decía que saliera de ese apartamentucho, que con él no tendría que preocuparme por nada.

Pero ya sabes cómo es la intuición de las mujeres. Yo siempre lo posponía.

En el fondo, creo que también sentía lástima por él. Cargaba con un trauma de su infancia; a su padre lo secuestraron y estuvo cautivo por más de una semana.

¿Por qué? Por lo que secuestran en Colombia, mijo.

Por plata. A los Mason les sobraba, justo por eso la policía se movió y rescataron a Philip.

Eso sí, Sandra, la mamá de Juan, tuvo que mandar bastantes millones primero para no levantar sospechas de la operación.

Lo hizo después de que Philip le hubiera puesto los cachos un montón de veces.

Mira tú si esa mujer no quería a su marido.

Juan Sebastián no lo dijo más que un par de veces, pero vivía con miedo. Miraba a los desconocidos con suspicacia, como si todos fueran parte de un complot para drogarlo y meterlo en una van2. Estaba obsesionado con la seguridad, y ¿cómo culparlo?

Me endulzaba el oído diciéndome que protegería a sus seres queridos de lo que fuera, que yo iba a ser su familia y que siempre daría la cara por mí.

Sobra decir que eso me parecía de lo más caballeresco, así que valoraba mucho esa intención que, aunque sincera, en el fondo no tenía absolutamente nada que ver conmigo.

En fin, el taxi pasó casi una hora atascado en el tráfico. Ya había anochecido cuando metí la llave en el cerrojo de mi puerta. Preparada para abrirla y encontrarme cara a cara con la mujer, inflé mis pulmones como si estuviese a punto de saltar al mar.