Una deuda siniestra 2
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Yo ya trabajaba a tiempo completo como estratega de contenido digital para una clínica dermatológica.

Era modalidad híbrida; iba a la clínica solo cuando teníamos que grabar, el resto del trabajo lo hacía en casa.

Me iba bien, pero, si te soy franca, algunos días no sabía cómo me mantenía en pie.

Estaba viva, pero agotada. Me sentía como un pájaro en vuelo que nunca puede aterrizar.

Ese día tenía cita con psiquiatría. No estaba en tratamiento porque pensara que tuviera esquizofrenia ni nada parecido.

Esa mujer era un espíritu, lo habría jurado ante un juez.

Iba porque estaba deprimida, y eso es lo que se espera de los deprimidos: que tengan la voluntad de salvarse a sí mismos.

No te imaginas lo difícil que es si no lo has vivido.

Mi cuarto estaba patas arriba porque no encontraba mi billetera.

Llevaba unos pocos días trabajando desde casa y no sabía en qué bolso o rincón la había dejado.

Tenía bolsos regados en el piso y los cajones de mi mesita de noche revueltos.

De repente, sentí frío. Esa era su forma de anunciar su llegada.

Yo me quedé quieta, cerré los ojos y respiré hondo.

Por lo regular, si hacía eso durante suficiente tiempo, ella se iba.

Pero ese día no fue así. Sentí que transcurrieron muchos, muchos minutos.

Aunque eran las tres de la tarde, no me llegaba ni un ruido de la calle.

Todo lo que percibía era ese frío espantoso.

¿Alguna vez te han derramado slime sobre las manos?

Bueno, era algo parecido, pero gélido, y lo sentía en cada centímetro de mi cuerpo.

Ese frío me paralizaba, solo dejaba espacio para el miedo y la desesperación.

Abrí los ojos, y el cuarto estaba en penumbra.

Aquello me parecía imposible, pues la persiana estaba arriba, pero así era.

De frente al clóset, enfoqué mi vista en los cajones para evitar ver a la mujer.

Luego, giré muy despacio hacia la puerta.

El camino estaba libre, pero no el espejo junto al umbral.

La vi en el reflejo, Vigo, como si hubiese sido de carne y hueso.

Su piel era grisácea. De su cabello negro y enmarañado caía tierra.

Un velo blanquecino cubría sus ojos, que estaban inyectados en sangre y parecía que se le fuesen a salir en cualquier momento.

Llevaba una especie de túnica sin mangas que le llegaba hasta las rodillas y que tenía toda la pinta de haber sido blanca alguna vez.

Quería dejar de mirarla, pero no podía, Vigo.

Me atraía como un imán. Reparé en su cuerpo y noté moretones amplios y oscuros por todos lados.

Uno de sus pies estaba torcido, roto, al igual que su clavícula; el hueso afilado quería atravesar la túnica.

Los músculos de su cara se habían consumido como los de un cadáver, y su cráneo, astillado, tenía huecos que se distinguían bajo la piel muerta.

Mis brazos y piernas comenzaron a doler de repente, como si alguien estuviera golpeándolos con un martillo. Grité y caí de rodillas. Creí que ella estaba intentando matarme, romper mis huesos uno a uno para destrozarme desde adentro.

Gimiendo por el dolor, gateé hacia la entrada de mi apartamento para huir.

Cuando llegué a la puerta de mi vecina, levanté la vista hacia la entrada de mi sala.

Allí, la mujer aguardaba, me miraba fijamente y parecía decir: «No he terminado contigo».

El dolor mermó, y yo aproveché para cerrar los ojos, tapar mis oídos y cantar una canción en mi mente, cosa que funcionaba, a veces, para ahuyentar al espíritu.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que mi vecina abriese la puerta…

¿Qué? Ah, era una canción que cantaban en la iglesia a la que mi madre nos llevaba.

No tiene nada de especial, y yo tampoco era la cristiana más devota.

De hecho, yo decía creer en Dios por costumbre social, al igual que muchos otros colombianos.

Todas mis afirmaciones a futuro iban acompañadas de un: «si Dios quiere», pero creo que era solo por la ausencia de certezas.

Aun así, la canción funcionaba, quizá, porque me recordaba al recinto iluminado, al olor a incienso, a los niños del coro con sus toguitas y a la gente aplaudiendo:

Hay ángeles volando en este lugar

En medio de todos y sobre el altar

Subiendo y bajando en todas las direcciones…

Ahora que lo pienso, tal vez mi vecina sí era un ángel.

¿Quién sabe? Marinelda era una señora muy dulce.

Falleció un par de años después de que tú y yo nos conociéramos.

Ella era muy atenta conmigo. Me compartía las comidas que preparaba, me invitaba a tomar café por las tardes, salíamos a caminar juntas, y yo no me perdía ninguno de sus cumpleaños.

No me explicaba por qué ella disfrutaba tanto de mi compañía hasta que me contó que un loco había matado a su única hija, que debía de haber tenido exactamente mi edad.

Ellos eran pareja. Ella lo dejó, se consiguió un nuevo novio y, poco después, él le metió tres tiros una tarde en que ella salía de trabajar.

Aún está preso por feminicidio, gracias al cielo, pero ya sabrás que una madre nunca se recupera de algo así.

La pobre Marinelda… Al menos ahora está con su hija.

Ya sé que me he alejado un poco de la historia de mis ex, pero ten paciencia. Todo esto es necesario, créeme.

Yo nunca le conté a Marinelda lo del fantasma, ni a ella ni a nadie, excepto mi hermana.

No quería que la gente pensara que estaba loca.

Ese día, cuando Marinelda me encontró, inventé que se había metido una rata enorme a mi casa y que había entrado en pánico porque les tenía fobia.

Ya, ahora da risa, pero ella casi se infarta del susto.

Me trajo corriendo un bocadillo1 porque me dijo estaba pálida como la pared.

Al rato, me acompañó a coger el taxi para ir a mi cita.

Tardé cinco minutos en convencerla de que no fuera conmigo.

¿Qué puedo decirte? Éramos dos mujeres que vivíamos solas, cuidando la una de la otra.

Cualquier mínimo acontecimiento era motivo de preocupación.

Debes saber que, para ese entonces, yo no contaba con mi madre.

La llamaba poco, raras veces la visitaba.

Le tenía rencor por la forma en como había rechazado a Flora, pero, sobre todo, porque sentía que ella siempre había preferido a su marido sobre mí.

Sí, claro, me defendió del puño de Enrique, pero no de todo lo anterior.

Con el tiempo, mi rabia se transformó en compasión.

No la justifico, pero la entiendo. Ya todo ha quedado atrás.

Ese día, la cita con el psiquiatra no trajo consigo ningún cambio.

Yo solo iba por cumplir los controles. Edwin era un buen tipo y un gran profesional, lo encontré después de haberme tratado con cuatro insensibles que daban la impresión de odiar su trabajo.

Edwin tenía un par de cachetes que le daban un aspecto muy tierno, pese a su edad, y una risa como de buen sacerdote.

Me escuchaba, me aconsejaba y me pedía que fuera paciente al tratamiento, pero hasta ahí.

Él sabía que yo le ocultaba algo, estoy segura.

Decía que el consultorio era un lugar seguro, que no tenía nada que temer…

Pero, incluso si le hubiera contado sobre el fantasma y él me hubiese creído, ¿qué podría haber hecho para ayudarme?

De cualquier forma, salí de su consultorio un poco más tranquila. Él transmitía una especie de calma que lograba ponerme los pies en la tierra. A pesar de que estaba deprimida, yo no quería morirme, y él siempre me decía las palabras correctas para que yo siguiera en el ruedo.

Luego de eso, fui a ver a Juan Sebastián, el primer exnovio de mi historia.

¿Recuerdas el Hospital Bocagrande? El que está frente a la playa.

Tiene una fachada medio mugrosa, no cuenta con más de once pisos…

Bueno, este tenía una pequeña sección en la que los especialistas podían atender a sus pacientes de forma particular —claro, si es que podían pagar el arriendo del consultorio—.

Juan Sebastián trabajaba ahí como médico internista.

Él era hijo de un gringo que inmigró y se casó con una cartagenera.

Tenían cuatro hoteles, si mal no recuerdo.

Dos de ellos estaban en las Islas del Rosario.

¿Eh? Mason. Juan Sebastián Mason Pérez. ¿Que cómo era? Te mostraría una foto si conservara alguna.

Era un muchacho muy guapo, para qué te voy a mentir, yo no tengo mal gusto.

Su cabello era de un rubio oscuro, ondulado, sedoso y espeso.

Se lo cuidaba más que una perra a sus crías.

Tenía cejas tupidas, ojos marrones. Siempre se lamentaba por no haber sacado los ojos azules de su papá.

Recuerdo que no le gustaba su barba, decía que le crecía como pelos de cuca.

Le gustaba mucho hacer ejercicio, cosa que iba bien con su estatura de metro ochenta.

Practicaba tenis, pádel e iba al gimnasio, y cuando no hacía nada de eso, podías apostar tu sueldo a que lo encontrarías jugando Play Station. Todo de él gritaba: «Tengo plata».

Esa tarde fui hasta su trabajo porque yo quería estar en cualquier parte, excepto en mi casa.

No me sacaba de la cabeza la imagen de la mujer, creía que me iba a estar esperando para seguir atormentándome.

Juan Sebastián era un imbécil, pero yo aún no caía en cuenta de eso.

Me sentía protegida cuando estaba con él.

Una vez casi se agarra a puños con un tipo que me chifló en la calle, y es raro que un hombre haga eso en Cartagena, incluso por su novia.