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Una deuda siniestra

Una deuda siniestra

Por Nicole Sanchez Castillo

© inepub.com

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Ya que nos vamos a casar, mi querido Vigo, hay una historia que debes saber. Necesito que te pongas cómodo, porque es larga. Me perdonarás, pero tengo que contarla en español. ¿Crees que puedas seguirme el ritmo? Maravilloso.

¿Sabes, amor? Mucha gente piensa que nuestra relación funciona porque no nos entendemos ni mu.

En parte, tienen razón, pero no en el sentido que ellos creen.

Raras veces, uno se siente cómodo hablando en una lengua extranjera cuando se han pasado los cuarenta.

No decimos estupideces porque encontrar las palabras correctas es un proceso desgastante.

Economizamos nuestros intercambios, y eso hace que sea difícil pelear, reclamar, en fin.

Sin embargo, creo que nosotros funcionamos porque lo esencial de la vida, en la gran mayoría de los casos, no se dice con palabras.

¿Vino? No, gracias, cielo. Sabes que a esta hora ya me entra el sueño. ¿Por qué no mejor pedimos un café a la habitación? Dijeron que el servicio para suites era veinticuatro horas. Estos italianos se precian de vender buen café, más les vale que esté sabroso.

Espera a que Flora vea el anillo. Cuando le conté de nuestro noviazgo hace años, me dijo: «Si te pretende llevar a Holanda, más le vale que te trate bien, porque como yo me entere de algo…». Yo no me reiría tanto si fuera tú. Esa chiquitica tiene un carácter que te espantas.

Dime, mi amor, ¿crees en los espíritus? Me lo imaginé. ¿Y en la brujería? Ya. No esperaba menos de un analista de datos. Ya veremos si al final de la noche sigues pensando lo mismo.

Guau, qué rápido llegó el café. Gracias, cariño.

Oye, aunque me encanta esta cama, preferiría que habláramos en el balcón.

No se me ocurre un mejor lugar para contar un cuento de terror que a las orillas de un lago.

Mira esa luna tan preciosa. Déjame decirte que escogiste el lugar perfecto para convencerme de casarme contigo.

Si me lo hubieses pedido en Cartagena de Indias, te habría respondido en tres días hábiles.

No es que tenga algo en contra de mi ciudad, lo que pasa es que Cartagena es de esos lugares estáticos, no avanza ni retrocede. Es deprimente.

Eso, mucho mejor. Podría dormir toda la noche en este sofá, te lo juro.

No, no me importa el viento, aunque es una lástima que las nubes cubran tanto las estrellas.

¿Hueles los aromas de los árboles? Qué delicia.

Siempre he sentido curiosidad por la botánica, tal vez me compre un libro en estos días.

Bueno, resulta que, a mis treinta y dos años, yo estaba pasando por una crisis personal.

Te lo diré claro: el espíritu de una mujer me venía acosando desde hacía un par de años.

Yo pensaba que, por alguna razón, estaba desarrollando los mismos dones que mi hermana.

Flora veía espíritus desde que era una niña y lo contaba como la cosa más natural del mundo.

Gracias a ella sé que la mayor parte del tiempo, aunque creamos que sí, no estamos solos.

Una mañana, cuando ella tenía como cinco añitos, le dijo a mi mamá: «Mami, el señor que está al lado tuyo dice que dejes de invitar a la vecina, que es una vieja chismosa y falsa».

Mi mamá y yo nos quedamos de piedra. Solo estábamos nosotras tres en la cocina.

Luego, Flora siguió comiéndose tranquila sus huevitos con puré de plátano, como si hubiese pedido que le pasaran la sal.

Además de eso, Flora tenía premoniciones.

Veía sucesos antes de que pasaran. A sus nueve años, soñó con la muerte de su abuela paterna.

La señora murió de un infarto mientras subía las escaleras de la entrada de una iglesia.

Ahogó un grito y se fue de jeta como si le hubiera caído un rayo en la cabeza, justo como Flora dijo que sucedería.

Mi mamá llevó a mi hermana con todos los pastores y curas que te puedas imaginar, pero su don no se fue.

Creo que nunca sucedió porque Flora no quería que se lo quitaran.

Se aferró a él como un jaguar mordiendo a un caimán.

Al final, mi madre le dijo que no debía andar por ahí espantando a la gente, así que le ordenó que se guardara sus manifestaciones para sí misma, y así se zanjó el asunto por un tiempo.

Es necesario que sepas que Flora ha sido dura desde su infancia.

Eso es algo por lo que toda la vida la he admirado.

Si a Flora le caía mal alguien que llegaba de visita, no le dirigía la palabra.

Mi padrastro le pegaba unas nalgadas y la mandaba al cuarto.

«¡Vienes cuando tengas ganas de dar las buenas tardes!

», le decía. La cara de Flora se ponía como un tomate, se le inflaban los cachetes y lloraba en silencio, pero no saludaba.

No comía hasta que mi mamá se condolía y le llevaba la comida al cuarto a escondidas de Enrique.

Era tremenda, pero creo que lo más duro que Flora ha tenido que hacer fue defenderme de Enrique. En la Costa colombiana, los hijos de hombres ajenos son mal recibidos en casi cualquier nuevo hogar, y el caso de Enrique no era la excepción a la regla.

Mi papá era un tipo trabajador y tranquilo, pero sinvergüenza.

Nunca le dijo a mi mamá que estaba casado y, cuando la embarazó, no sabía cómo librarse de nosotras.

En cuanto abrí los ojos, dio un brinco y dijo que yo no era hija suya.

«¡En mi familia no hay nadie con ojos verdes!

», gritó el muy pendejo. Mi mamá le explicó que su abuelo tenía los ojos verdes, que seguro los saqué por él, pero a mi papá le importó una mierda.

Trató de hacer quedar a mi mamá como una perra en el barrio, pero la gente, por supuesto, sabía que yo sí era su hija.

Aun así, la culpa era de mi mamá por dejarse engañar y por abrirle las piernas a un imbécil.

Ella tuvo que buscar trabajo antes de que las tripas se le terminaran de reacomodar y se le quitara el dolor por la epidural.

Mientras tanto, a mí me cuidaba mi abuela Rosalvina, que en paz descanse.

Mi madre consiguió un puesto de manicurista en una peluquería, y allí fue donde conoció a Enrique, un cliente muy fiel.

Ella no le dijo nada sobre mí hasta que estuvo segura de sus intenciones.

Cuando Enrique le dijo que quería formar una familia, ella le soltó la bomba.

No le cayó muy bien, pero Enrique tenía más huevos que mi papá, así que me aceptó.

En principio, él no me determinaba. El primer recuerdo que tengo de él es cuando llegaba de trabajar, le daba un beso a mi mamá y a mí me saludaba con un simple «Hola».

Mi madre lo miraba con una mezcla de resentimiento y miedo.

Hoy no la culpo, ser ama de casa ya era bastante trabajo.

Mi mamá solo quería seguridad y un hogar donde ella pudiera criar a su hija.

Enrique le daba eso, y si para ello la pequeña Esmeralda tenía que aguantar un poco de desprecio, pues qué ofertón.

Además, Enrique siempre nos pagó una educación privada a mí y a Flora; mi mamá casi lo veneraba por eso.

Flora nació cuando yo tenía cinco años. A partir de ese momento, yo me convertí en una criada para Enrique.

Comenzó con órdenes simples: ayuda a tu mamá a cambiar los pañales, a lavar los teteros; limpia la mesa, saca la basura, etc.

Imagino que pensaba: «Si estoy manteniendo hija ajena, al menos que sirva pa’ algo la pelaíta2».

Y serví. Mi mamá no tenía ni que pedírmelo, yo entendía todo.

A medida que mi hermana crecía, Enrique se volvía más cruel conmigo.

Me alzaba la voz; me insultaba cuando se me derramaba algo, cuando se perdía un objeto, cuando olvidaba un quehacer; me culpaba si un rincón de la casa estaba sucio...

Él se cuidaba de que sus exabruptos siempre sucedieran delante de Flora, porque tenía la esperanza de que ella me tratara igual, pero Flora me adoraba.

De tanto que la velé y cuidé, nos volvimos inseparables.

Por eso, con el pasar de los años, Flora resentía a su papá cada vez más.

Le sonreía a todo el mundo, menos a él; lo saludaba sin abrazos; y si él le daba un juguete, ella lo recibía como si fuera basura y nunca jugaba con él.

Un día, cuando yo tenía quince años, Enrique me recibió con un puño cuando Flora y yo llegamos del colegio. Me reventó el pómulo.

¿Eh? Sí, sé que parece una mancha. Imaginé que por eso nunca me preguntaste por la cicatriz. Yo tampoco quería revivir el momento, la verdad.

No recuerdo nada más que el golpe porque perdí el conocimiento.

Mi hermana fue la que me contó todo. Alguien le llevó a Enrique el chisme de que me había besado con un compañero al salir de clases.

«¡En esta casa no quiero perras!», dijo.

Según Flora, él estaba fingiendo estar enojado.

Decía que ni siquiera podía convencerse a sí mismo, que simplemente disfrutaba de lo que hacía.

Gracias a él, entendí que esa es la única forma en la que muchos hombres logran rozar la sensación de poder, Vigo. Metiéndose con los débiles.

Flora se tiró al suelo para sostener mi cabeza y protegerme.

Hay que ver que tenía diez años ¿vale? Llorando, le dijo a Enrique que, si me volvía a pegar o a tratarme mal, ella iba a dejar de llamarlo papá.

A otro hombre le habría dado igual, sin embargo, Enrique era orgulloso, y él sabía que su hija era especial.

Flora era implacable, pero tenía un carácter sensible la mayor parte del tiempo.

Siempre quería ayudar a las personas y tenía una mirada dulce.

A pesar de su piel pálida como rana platanera, de su cabello marrón opaco y de sus ojeras, Flora era como la miel que todo el mundo quería probar.

Con sus ojitos oscuros parecía que podía ver tu alma y transmitirte la medida justa de interés y serenidad.

Quererla era tan sencillo como respirar.

Por todo eso, Enrique sabía que ganarse el odio de su hija habría sido un error tremendo, así que volvió a su estado inicial. No me hablaba ni me determinaba más que para lo necesario.

¿Mi mamá? Ella estaba en el supermercado cuando pasó eso, pero sí me defendió, para mi sorpresa.

Doña Irma le decía a todo el mundo que haría cualquier cosa porque sus hijas estuviesen bien, y ese día puso en práctica su dicho.

Le dijo a Enrique que si volvía a ponerme una mano encima, ella se iba a largar con nosotras, y no volvería.

Enrique era un macho, pero no tenía un pelo de tonto.

Si mi mamá se marchaba, nadie iba a hacerle la comidita, a lavarle la ropa y organizarle la casa.

Él le dijo que no se preocupara, que no volvería a pasar, o algo así escuché a través de la puerta.

Poco después me gradué del colegio, y Enrique me pagó la carrera en publicidad y mercadeo.

Su benevolencia estuvo acompañada de amenazas, por supuesto.

Si perdía una sola materia, iba a dejar de pagarme los estudios y yo tendría que ganarme un puesto en una universidad pública. Bueno, todo eso ya lo sabes.

Flora se graduó unos años después y empezó una carrera en psicología.

Ahí fue cuando salió del closet. Mi mamá y Enrique estaban por poner una película en la sala cuando Flora se les sentó al lado y se los dijo sin una pizca de miedo en la voz.

A mí casi se me cae la loza que estaba secando.

Yo ya sabía, obviamente, pero el anuncio me tomó por sorpresa.

Mi mamá, que vivía con el nombre de Dios en la boca, pero nunca en el corazón, dio gritos como si se fuese a caer el cielo.

Enrique, en cambio, la abrazó. La siguió queriendo igual, y eso me dejó asombrada.

No sé si ya te lo había mencionado, pero, en la Costa, muchos hombres dicen preferir a una hija puta que a un hijo marica.

Asumo que el dicho también aplica para las lesbianas.

Enrique, gracias al cielo, fue más racional que el promedio.

Le dijo a Flora que, siempre y cuando no llevara a sus novias a la casa —más por mi madre que por él—, no había problema.

Mientras estudiaba, Flora retomó el camino al que mi madre tanto miedo le tenía.

Comenzó a comprar libros de esoterismo, espiritismo, demonología, brujería, y los escondía debajo de su colchón.

No demoró en hacer dinero con las transmisiones EN VIVO de TikTok.

Empezó a leer el Tarot, a hacer consultas virtuales y enseñar rituales sencillos de magia buena.

Yo le pregunté una vez que si le molestaba que le dijeran bruja.

Me contestó de lo más alegre: «Claro que no.

Eso es lo que soy, una brujita moderna y autodidacta».

Mi mamá la echó de la casa cuando se enteró.

Le dijo que se podía ir al infierno si quería, pero que no iba a arrastrar a su familia con ella.

Flora estaba a dos semestres de acabar psicología.

Yo ya me había independizado, así que Flora se mudó conmigo hasta que se graduó y pudo mantenerse con sus ingresos.

Enrique, por suerte, siempre la respaldó.

No le hacía ni pizca de gracia el tema de la brujería, pero, en el fondo, él era un hombre de palabra.

No iba a desamparar a su hija ni aunque esta matara a alguien.

Es más, la hubiera ayudado a esconder el cuerpo.

Hoy en día, Flora vive de curar enfermedades, «limpiar» casas y almas, ver el futuro, hablar con los muertos, y quién sabe qué más.

Sé que no hace trabajos3 malos. Dice que las acciones se componen de energía y que todo lo malo que haces es como un búmeran; siempre vuelve a ti.

Ella se dedica a ayudar a las personas, y ya está. Dice que para eso vino al mundo.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro.

Gracias a ese don, Flora conecta con el mundo espiritual en muchas más formas de las que quisiera.

Los espíritus no le piden permiso para manifestarse.

Y eso está bien para ella, pero yo, en mi juventud, no tenía ni la mitad de su autocontrol o coraje. Me aterraba la idea de ser como Flora.

Sería una pérdida de tiempo contarte todas las ocasiones en las que vi al espíritu y, sinceramente, tampoco las recuerdo. Pero hay una que…

Carajo, cómo quisiera fumar un cigarrillo ahora. Sí, ya sé que no debo fumar cuando estás presente, no me lo tienes que recordar. Es solo que, cuando pienso en esa tarde, se me ponen los pelos de punta.

1. Vocablo utilizado en la costa caribe colombiana que resulta de un proceso de aféresis en la palabra «mierda». Puede utilizarse como interjección que cumple diversas funciones o como muletilla.

2. Diminutivo de pelada o pelá. En la costa caribe colombiana se usa de forma coloquial para referirse a niñas y adolescentes; sus equivalentes masculinos son pelao y pelaíto.

3. En prácticas esotéricas, «trabajo» es el término que se usa para referirse a hechizos o rituales que se realizan con un propósito específico.