Una bruja por Navidad Capítulo 8. Magia
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Capítulo 8. Magia

El pueblo se vuelve loco para el mercadillo del sábado y Ted se ha ofrecido para ayudar en el montaje, así que, entre la librería y eso, no lo veo. Y mejor, porque me siento un poco avergonzada no de haberle echado las manos encima, que de eso ya tenía ganas, sino de haberme pasado con la bebida.

El viernes llega Billy y recoge leña del bosque mientras nosotras le acompañamos también, para coger ramitas y echar un vistazo.

Billy nos muestra la plantación de Agatha, que está muy bien cuidada.

Ocupa bastante terreno y la verdad, hay un poco de todo.

Hundidos en la tierra se ven carteles de madera pintados a mano con los nombres. Jenny simplemente está fascinada.

Recogemos alguna por intuición y vamos a la tienda. Mientras las clasifico, se escuchan las campanitas. Una señora entra mirándonos con timidez.

—Buenos días, escuché que la nieta de Agatha había abierto la tienda. Necesitaría algunas cosas, ¿puede ser?

—Claro que sí —dice Jenny adelantándose.

Resulta que lo que necesita es sencillo, solo unos atados de salvia y puesto que tiene el precio, lo cobramos y ella, cuando nos paga, susurra.

—E. M., son mis iniciales. Tu abuela siempre lo apuntaba en su diario. Gracias, querida.

Abro el libro contable y apunto la venta con las iniciales. Acaricio la página.

—Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

Resulta que ese día hacemos varias ventas más y Jenny está emocionada.

—Sé que no da para un sueldo y yo puedo llevarte la contabilidad y teletrabajar, pero por favor, ¿podemos quedarnos aquí?

—De momento nos quedamos hasta el día veinticinco. Pero querrás pasar la Navidad con tu familia.

—Tú también eres mi familia. Y pueden venir, he visto que había una casa de huéspedes. Si no te parece mal. Resulta que a mi madre le encantan todos estos temas, se va a emocionar.

—Nunca me lo habías mencionado.

—Estas cosas no se suelen decir, te toman por rarita.

Llaman a la puerta y abro. Es George.

—Hola. Que dice… la organización si llevamos ya el carrito para colocarlo en su sitio.

—¿Tú podrás solo?

—Tiene ruedas. Si quieres, puedes ayudarme.

Ya veo que Ted pasa de ayudarme, asiento y entonces aparece Jenny. Él se queda con la boca abierta y ella sonríe de oreja a oreja. Se acerca a mí.

—Dime que está soltero.

—Que yo sepa, sí.

Ella alarga la mano.

—Soy Jenny, amiga de Amanda. ¿Qué tal?

—George, hola. Madre mía, qué preciosa eres. Uy, perdón.

—No te disculpes por eso—contesta ella riéndose tímida por una vez en su vida.

—A ver, vamos a por el carro.

Entra en casa, nos abrigamos y empujamos el carro hacia la plaza principal donde están montando todo el mercadillo. Ted anda subido en una escalera poniendo luces y banderines y puedo ver su estupendo culo. Dios. No.

Dejamos el carrito y Charlie nos ayuda a colocarlo en su sitio. Ted baja de la escalera de esa forma sexy de deslizarse sin usar los peldaños. Se gira hacia mí y sonríe.

Me sonrojo y empiezo a preparar los adornos del puesto. Será una guirnalda de flores y luces. Mientras estoy en ello y Jenny se pone a tontear con George, escucho unos pasos firmes y me da un escalofrío.

—Amanda, ¿qué tal, querida? No me contestaste al email. ¿Te llegó?

—Sí, la verdad. Tu oferta es muy generosa, pero no te voy a vender la casa de mi abuela. De momento, me quedo yo. Veremos al año que viene.

—Podemos aumentar la oferta. Serías más que rica y podrías comprarte una casa mil veces mejor.

—¿Ya, pero sabes qué? Esa casa la construyó un ancestro, la cocina la talló mi bisabuelo y está llena de recuerdos familiares. Es un no definitivo.

Jenny, que está al lado aplaude y la alcaldesa la mira con disgusto y se marcha taconeando. Ted se acerca a mí con una sonrisa.

—¿Te quedas, Amy?

—De momento, sí.

Se pone delante de mí y me toma de la cintura. —Y conmigo, ¿te quedas?

—Mmm no sé. Todavía no me has hecho recordar tus dos primeros besos.

—Eso tiene solución.

Me aprieta a su cuerpo y paso las manos por su nuca.

Despacio, se acerca y me besa, tierno, posesivo, como si lo hubiéramos hecho más veces, y entonces recuerdo su primer beso torpe en el bosque y el segundo, que salió mejor.

Recuerdo lo mucho que lloré cuando mi madre se me llevó.

Y todavía lo beso con más ganas, hasta que escucho unos silbidos.

—Ey, tíos, idos a casa —dice Charlie riéndose.

—Ya era hora —comenta Trudy acercándose. Va con todas las mujeres y sé que son el aquelarre.

—Esperamos tu invitación para el domingo, Amanda. Llevaré tarta de calabaza —dice Tiffany y las mayores se van, las jóvenes se quedan y me dan un abrazo.

—¡Qué alegría! Una bruja nueva y para Navidad. A Agatha le encantaría.

—Tendréis que enseñarme —suspiro aceptando la cruda realidad.

—Por supuesto, como tu abuela hizo con nosotras.

Al día siguiente montamos el mercadillo. George no se despega de Jenny y me da que ahí habrá algo. Ted sigue montando por ahí cosas y desde el beso de ayer ni siquiera puede acompañarme a casa, prácticamente no lo he visto.

Montamos el puesto y la verdad, vienen tantas personas a comprar un poco de todo que tengo que enviar a Jenny y a George a por más cosas para reponer. Ellos vuelven con los labios hinchados de besarse, pero me traen lo que he pedido y más.

—Creo que todo el mundo quiere hacer un homenaje a tu abuela —dice Louise que se ha acercado con un ponche caliente—. Y has estado muy acertada recomendando minerales. Tienes intuición de bruja, sin duda.

—No lo sé. Puede.

Echo de menos a Ted, pero ellos están en la otra punta de la plaza, con el puesto de la librería. A veces nos miramos, pero enseguida, él o yo, acabamos ocupados.

Se hace la hora de cerrar y George nos ayuda a llevar lo poco que ha quedado. Jenny se queda indecisa.

—Oye, Amanda, ¿te importaría si me voy a casa de George a pasar la noche? O sea…

—Me parece perfecto. Pasadlo bien.

Recojo todo y como no tengo muchas ganas de cenar, me ducho y me pongo mi sudadera grande y los calcetines, delante de la chimenea. Por supuesto, con una de esas infusiones.

—Enciéndete —digo con firmeza y una llamita empieza a crecer en los troncos.

Miro la taza y muevo el dedo en círculos. La cucharita se levanta un poco y luego empieza a dar vueltas con suavidad. Sonrío. Ahora sí me considero bruja.

Una suave llamada en la puerta de la cocina me hace suspirar. Voy a abrir. Lleva el cabello mojado, recién duchado y me mira con hambre.

—Dios, tenía tantas ganas de verte. Maldita feria. El año que viene nos pondremos al lado.

Retrocedo. O sea, quiero quedarme, pero… Él se da cuenta.

—No, no hagamos planes tan lejanos, solo esta noche, para empezar.

—Tal vez estuviera planeando llevarte a la cama. Y quitarte la ropa.

—Coincide con los míos.

Me coge en hombros y sube las escaleras corriendo mientras yo me parto de risa.

Y sí, entre nosotros, sin duda hay magia.