Una bruja por Navidad Capítulo 7. El tercero #3
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Capítulo 7. El tercero #3

—Me cae bien. Es un poco excéntrica, pero yo creo que sí tiene genes de bruja. El aquelarre puede examinarla.

—¿De verdad? —pregunta emocionada porque lo ha escuchado.

—Eso, tú dale alas.

La campanita del microondas suena y le obligo a sentarse a comer. Por fin, se calma.

—Entonces, te quedas hasta Navidad y recibirás la casa en herencia.

Pero si es así y eres bruja, puedes quedarte.

De todas formas, escuché que seguramente tú y yo nos íbamos a la calle por coger vacaciones.

O sea. Esta gente quería que solucionásemos todos los casos de enero para que ellos se fueran, pero nos adelantamos.

No sé si seré bruja o no, pero me da que nos enviarán una carta de despido.

—Mejor, así te quedas aquí —dice Cielo.

—No sé si quiero quedarme aquí. Y no sé si el aquelarre querrá reunirse conmigo en lugar de mi tía… de mi abuela.

—Lo están deseando, Amanda. Nada más que las llamases, estarían aquí. Pero bueno, tómalo con calma y el sábado ves qué ocurre en el puesto callejero.

—¿Un puesto callejero?

Se lo cuento y ella aplaude.

—Yo te acompaño. Vamos a preparar las cosas. A mí se me da muy bien vender. Desde los cinco años me ponía a preparar limonada fría y sacaba una pasta.

—Hemos bebido, tendrías que descansar.

—Porfa, vamos a ver el carrito.

Resoplo y es que ante la energía de Jenny no puedo hacer nada. Es demasiado… arrolladora.

Salimos al jardín de camino al cobertizo. Ted nos mira y Jenny se coge de mi brazo y lo saluda. Él sonríe y le devuelve el saludo. Yo le vuelvo la cabeza.

—Madre mía que cara de penita ha puesto cuando no le has saludado. Me parece que le gustas. ¿Es ese vecino del que me has hablado? Está buenísimo.

—Me mintió, como todos. Y paso. Vamos a lo del puesto.

—Vale, jefa.

La verdad es que con su ayuda elegimos cosas más comerciales y alguna rara. Hay sahumerios y piedras, colgantes y alguna figura bonita. Pasamos la tarde y por la noche, nos metemos en la casa heladas de frío.

Reviso mi email. Hay una propuesta de la alcaldesa para comprarme la casa. Es más que interesante. Se la enseño a Jenny y ella niega.

—Si hubiera sido hace unos días, lo entendería, pero ahora, yo no vendería esta casa por nada del mundo.

—A pesar de todo… creo que yo tampoco. Pero me da que tendremos que buscar otro trabajo. Como tú decías, nos han despedido con un miserable cheque —digo mirando el siguiente correo.

—No te preocupes, nos echarán de menos, les hacíamos todo el trabajo. Y podemos teletrabajar o algo. Incluso a mí me daría igual llevar la contabilidad de alguien. Si me dejas vivir aquí, compartimos gastos y…

—¿En serio te quieres quedar en este pueblito cuya principal afición es llenar todo el mes de diciembre de adornos navideños?

—Si te quedas tú, y me dejas, sí. Y podríamos hacer galletas de jengibre. Hoy mismo. Ahora.

—Has bebido demasiado, Jenny.

—Y nunca estuve tan cuerda. Es hora de reinventarnos, Amanda. ¿No te parece emocionante?

—A ver, emocionante, sí es. Pero…

—Hagamos galletas y le llevas al vecino buenorro. ¿Tiene amigos solteros?

—Pues sí, uno que yo sepa, pero…

No sé cómo, pero ya ha empezado a sacar ingredientes. Ni siquiera sabía que estaban. Cortamos las galletas y las metemos al horno mientras nos acabamos la botella de vino entre risas. Cuando salen, pone dos en un plato y me empuja hacia la puerta de la cocina.

—Oye, que no quiero ir.

—O vas o voy yo y le pego un morreo.

Frunzo el ceño y se echa a reír.

Salgo por el jardín, murmurando.

—Bueno, solo es darle dos galletas al vecino buenorro.

Y entones me echo a reír yo sola. Él se asoma por la puerta de la cocina, con la cabeza ladeada y mirándome divertido.

—Hueles a vino. Y a jengibre.

—Mi amiga y yo hemos hecho galletas —digo presentándoselas. Él coge el plato y espera.

—¿Sigues enfadada conmigo?

—Puede ser —digo apoyándome en la valla que separa. Él deja el plato en una mesita y se pone a mi altura, me quita el pelo de la cara y acaricia mi mandíbula.

—Estás preciosa incluso cuando tienes los ojos vidriosos.

—¡Oye! —protesto levantándome de golpe y me caigo de culo en mi propio jardín. Acabo echándome y las flores me rodean. Río tontamente cuando lo veo dar un salto y acabar a mi lado, echado.

Pasa el dedo por mi nariz y recuerdo algo. Eso también lo hacía cuando éramos adolescentes.

—Pensé que nunca volverías, Amy. Y cuando volviste, pensé que ya estarías comprometida con alguien.

—Solo con mi trabajo que, por cierto, acabo de perder por venir aquí.

—Era tu destino. Como yo lo soy.

Se acerca muy despacio a mí y posa suavemente los labios en los míos, le agarro de la nuca y se aparta entre risas.

—Quiero que estés bien sobria cuando nos demos nuestro tercer beso.

—¿Tercero?

—Sí, haz memoria.

Se levanta y me ofrece su mano, luego me acompaña a la puerta y se va. Jenny está mirando por la ventana, con lagrimones.

—Dios mío es tu verdadero amor. Lo sé.

—Y ahora tú y yo nos vamos a dormir la mona —digo confusa. Porque… sí quería besarlo. Y no voy tan bebida como para poder decir que es culpa del vino.