Una bruja por Navidad Capítulo 7. El tercero
71%

Capítulo 7. El tercero

Menos mal que mañana viene Jenny porque entre lo sola y lo cabreada que me siento, estoy pasándolo fatal.

Decepcionada por todos ellos y pensaba que podría no sé, pasármelo bien al menos.

Me siento con un sándwich de pavo para ver el álbum.

Es muy antiguo, de cuando tía Agatha era joven. ¿Por qué guardarlo en el sótano?

Mi abuela era hermana gemela de mi tía, pero murió cuando mi madre tenía dieciséis, por eso se vino a vivir aquí. Hay alguna foto de cuando ella era bebé. De mayor, fotos en blanco y negro. Con sus padres. Con su esposo. Con mi madre. ¿Dónde está mi abuela? Solo sale mi tía. No entiendo nada.

Vuelvo a revisar y encuentro un obituario. Christina Morgan, fallecida a los cinco años. ¿Cómo? Mi abuela se llamaba así. No es posible.

Hilo todo. Entonces… ¿Mi tía era mi abuela? ¿Por qué mi madre no me lo dijo? ¿Por qué la odiaba?

Dejo el álbum sobre el sofá y aparece Cielo, se acurruca encima de mí y acaricio su cabeza. Ronronea y me tranquiliza.

—Cielo, no es posible que tía Agatha fuera mi abuela, porque entonces mi madre me mintió y yo…

Me levanto corriendo y salgo al jardín que sigue teniendo flores.  Me pongo a arrancarlas con furia, a llorar y cae un chaparrón que me cala hasta los huesos, grito, lloro porque no es justo.

—Vamos, Amy, te vas a congelar.

Ted me levanta y me lleva dentro. Me echa una manta encima.

—Es mejor que te quites la ropa empapada.

Lo miro, pero no le hablo. Subo a mi habitación helada y espero que se haya ido cuando baje. Pero no, ahí está haciendo una infusión. Ya no tengo fuerzas ni para echarle. Me siento delante de la chimenea, descalza, con la melena empapada y no entro en calor.

Me trae una manta y una toalla con la que me envuelve la melena. Deja la infusión a un lado, en el suelo y se sienta sin decir nada.

—¿Por qué me miente todo el mundo? —Lo miro no enfadada, sino decepcionada. Mira el álbum sobre el sofá y comprende.

—Verás. Tu madre no se llevaba bien con Agatha. No quería seguir la… tradición familiar. Solo quería vivir con tu padre y contigo. Eso es lo que mi madre hablaba con ella.

—¿Sabíais que era mi abuela y aun así no me llamasteis?

—Lo sé. A mí también me pareció mal. Y tu madre no quería que tú fueras como tu abuela. Solo que no le salió muy bien.

—Ya sé, me lo has dicho, soy cabezota y eso. Me da igual.

—Mmm, no. No es eso. Sé que no debería decírtelo, pero estoy harto de esconderlo.

Lo miro sin comprender.

—¿Qué era mi abuela, una espía o algo así?

Él sonríe negando.

—Algo más fácil. Algo que en el fondo tú también sabes y has experimentado. Ella era una…

—Bruja. Una bruja de verdad —termino. Él sonríe encantado y asiente—. No. No lo soy. Os equivocáis todos.

—Júrame que no te ha pasado nada raro desde que has venido.

Agatha dijo que despertarías en la casa.

Dime que no ves extraño que cada vez que llores amargamente se ponga a llover o que, cuando te enfades, truene.

Dime que no has visto nada, o que algo raro ha sucedido sin que tenga explicación.

Si me dices a todo eso que no, ya no insistiré más.

Lo miro, enfadada. Y no puedo.

—Ja, lo sabía. Y todas las brujas de su aquelarre estaban seguras de que despertarías.

—¿Brujas de su aquelarre? Dios santo. ¿Estamos locos?

—Se reúnen aquí en casa de tu abuela una vez por semana y estaban deseando que despertases para volver a hacerlo.

Me levanto y niego.

—No. No me lo creo. Son casualidades y cosas extrañas de una casa vieja. Queréis volverme loca para quedaros con la casa o yo qué sé.

Él se pone a mi lado y me toma de los hombros.

—No es así, Amy. Piénsalo. Piensa en toda tu vida, llena de casualidades y cosas extrañas.

—¡No! —grito apartándome—. ¿En qué siglo te crees que estamos? Por favor, eso es… imposible.

—No lo es. Y la casa de tu… abuela mantiene cerrada una línea ley. Por eso tus antepasados la construyeron aquí. Y por eso no puedes venderla y que se destruya.

—Lárgate, Ted y déjame en paz con todas esas tonterías. Vete, en serio.

—Dale una vuelta, por favor. Es importante.

Señalo la puerta y él sale. Sinceramente, no sé qué pretenden. Si fuera una bruja podría hacer cosas mágicas y no esas que dice.

—Como darle vueltas a la cuchara sin tocarla. Mierda.

Cojo la infusión que me ha preparado y la pongo sobre la encimera de la cocina. La miro fijamente y hablo.

—Muévete, da vueltas. Haz algo.

Nada.

—No lo estás haciendo bien —dice una voz. Me vuelvo y el gato está sentado en la encimera, mirándome.

—¿Qué? ¿Quién está ahí? ¿Ted?

—No. Ted hace rato que se ha ido. Soy yo y, por cierto, soy chico.

El gato me mira fijamente y yo abro la boca. Debe de haber algo en la infusión.

Retrocedo y él parece suspirar impaciente. Me pongo al lado de la chimenea donde tengo el atizador a mano.

—¿Cómo encendiste la chimenea?

—Con una cerilla.

—Erróneo. Le ordenaste que se encendiera. Ahí nos dimos cuenta de que eras una bruja.

—¿Nos?

—Bueno, la verdad es que yo solo te vigilaba y se lo dije a Trudy y a las demás. Se pusieron muy contentas. Aunque estás un poco descontrolada.

—¿Descontrolada? ¿Descontrolada dice? ¡Pero si me está hablando un gato!

—Disculpa, no soy un gato, soy un familiar y tengo ese ridículo nombre de Cielo que me pusiste cuando eras pequeña. A tu abuela le hizo mucha gracia y con eso me quedé.

Me resbalo hasta quedarme sentada en el suelo y él da un ágil salto y se echa en el sillón, al lado. Levanto la mano para que no se acerque más.

—Amy, ¿de verdad piensas que si quisiera hacerte daño no te lo habría hecho ya? Por favor —dice chasqueando la lengua.

—Explícate.

—No me ha quedado otro remedio que hablar porque como no escuchas a Ted que te iba a contar todo el pobre, pues te lo cuento yo.

Y sí, tu abuela era bruja, tu madre se enfadó con ella porque no pudo salvar a tu padre, después de que llevaba años insistiendo para que te dejara aquí los veranos.

Pero hay cosas que no se pueden evitar y el destino es una de ellas.

Agatha tenía habilidades, pero no la de salvar vidas. Tu madre jamás lo aceptó.

Parpadeo para evitar las lágrimas que me quieren inundar y porque no quiero que llueva otra vez. Creo.

—¿Qué me pasa?

—Verás, cuando la energía de una bruja se acaba, como la de Agatha, nunca se pierde, sino que, cuando la heredera está preparada, se va introduciendo en ella.

El problema es que normalmente han aprendido y estudiado todas esas prácticas.

Pero tu madre le dijo a tu abuela cuando pasaste aquel verano que olvidases todas esas tonterías o nunca más te volvería a ver.

Me llevo la mano a la boca. El gato se echa en el brazo del sofá, sin acercarse.

—Agatha entendió a tu madre. Él era el amor de su vida.

Y sintió no poder hacer nada más, pero como te digo, hay cosas contra las que no puedes luchar.

Le dijo que tú habías heredado el don y de ninguna manera quiso que te entrenase.

Y lo aceptó, porque son las madres quienes diseñan el futuro para sus hijos, tengan o no razón.

Tu madre lo hizo porque te quería. Había vivido lo que es ser bruja con la suya y seguramente no deseaba eso para ti.

—¿Y qué es ser bruja entonces?

—Son muchas cosas y depende de cada una.

Trudy, por ejemplo, es capaz de cocinar con los ingredientes adecuados, cantidad, horno, etc.

, sin tomar notas o hacer esfuerzos. Tiffany hace con sus cafés que la gente tenga mejor día.

Según ella, no es para tanto, pero a mí me parece importante.

Luego tienes a la tía de Ted, Daisy, a la que le se le da de maravilla escoger el libro perfecto para sus lectores.

—Eso no tiene mérito, cualquier librero hace eso. Vas a una librería y siempre hay alguien que te aconseja qué leer.

—¿Solo al verle la cara? Lo dudo. Ted ha heredado una habilidad parecida. Pero esa te la puede contar él.

—¿Es brujo?

—No es muy común, pero a veces, si no hay descendencia femenina en la casa, pasa al hijo.

Y tienes a Louise que es capaz de diagnosticar muy rápido.

Desde niña. Y Dora, la chica del hotel, bueno, ella suele adivinar cosas.

En cuanto a ti, no sabría decirte, pero unirte al aquelarre te ayudaría a centrarte, a saber cómo controlar esas tormentas y la lluvia, que, la verdad, no resultan muy prácticas.

Vuelvo a taparme la cabeza con las manos e intento no ventilar demasiado.

—En cuanto a Ted… bueno, él debería decírtelo, pero no te lo dirá. Os comprometisteis. Y sí, se casó porque sabía que no volverías. No nos extraña que se divorciara. No la amaba. Solo a ti. Solo tú.

Me echo a reír de forma histérica, lo reconozco.

—Vale, ahora sacáis un micro y me decís que es una cámara oculta. Venga ya. Menuda milonga. Mira, me voy a la cama. Déjame en paz y lárgate de esta casa.

—No puedo, estoy unido a la familia.

—Pues no vuelvas a hablarme.

Me mira y bufa. —Tú te lo pierdes.

Me meto a la cama. Dios, qué ganas de que venga Jenny. Ella es tan racional que seguro que le encuentra una explicación a todo esto.

Me levanto con ojeras hasta el suelo. No he dormido casi nada con pesadillas de gatos parlantes y fantasmas en el sótano. Me preparo un café y cojo una galleta. No veo a Cielo por ninguna parte, de lo cual me alegro.

—Vale, si soy bruja, quiero la llave de ese libro ahora mismo —digo enfadada. Se escucha un tintineo en la zona donde está la tienda. Es como una suave campanilla y diría que viene de la figura del hada que siempre me ha gustado.

La cojo y la miro por todos los lados. Entonces, la base se abre y cae una llave pequeñita al suelo.

—¡Joder!

Cierro la tapita y dejo el hada y juraría que por un momento la he visto sonreír. Con un escalofrío, abro el cajón y cojo el libro. Me siento en el sillón que da a la ventana con las manos temblorosas. Se abre con un suave clic, y allí, nada más abrirlo, hay una carta dedicada a mí.

Mi querida Amy,