Una bruja por Navidad Capítulo 6. Reunión vecinal
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Capítulo 6. Reunión vecinal

Ni el martes ni el miércoles por la mañana he hablado con Ted. Cuando se ha acercado a casa, no le he abierto y la verdad, me he pasado casi todo el tiempo arreglando cosas en el cobertizo y buscando esa llave que abre el libro. Ya tengo curiosidad. Pero nada.

Me llega un mensaje del abogado dándome la hora y el lugar de la reunión vecinal, que es en un local de la iglesia. Me ruega que vaya. Luego hay un pequeño ágape con tarta de calabaza de su esposa.

Bueno, puede ser que eso acabe de convencerme.

Como no sé muy bien por dónde cae, saldré un poco antes de las cinco para buscar el sitio.

Esta mañana he ido al supermercado y de nuevo Billy me ha traído las cosas y me ha contado cotilleos del alcalde, que al parecer quiere convertir Holly Falls poco menos que en el pueblo navideño más visitado de Estados Unidos y tiene proyectos enormes para ello.

Dice que mucha gente quería que Ted se presentase a alcalde, pero a él no le apetecía y el señor Harrison Walters consiguió el puesto, aunque casi nadie fue a votar.

Le doy los diez dólares y se va tan contento.

Se ofrece a traer leña y acepto. El jueves ya tiene vacaciones escolares así que puede trabajar en lo que necesite.

Me parece un poco explotación infantil, pero supongo que así se paga sus cosas y no me parece un niño poco maduro.

Acepto y quedamos en que el viernes por la mañana vendrá a casa.

Seguro que necesito leña, pero no creo que tenga tanta fuerza como Ted.

Me asomo y lo encuentro mirando hacia mi casa. Da un salto a la valla y se acerca con decisión.

—Mierda.

Aporrea la puerta de la cocina.

—Sé que estás ahí, Amy, acabo de ver salir a Billy. ¿Qué pasa? ¿Por qué no quieres ni verme? ¿Qué he hecho?

Me pongo detrás de la puerta, cabreada, pero sin abrirle. El cerrojo que es bastante flojo está echado, aunque no dudo que, si le diera una patada, abriría la puerta.

—Mentirme, Ted. Todo el tiempo. Solo me… ayudabas porque mi tía te lo pidió. Y parecías tan amable. ¿Me tomas por idiota?

Pone su mano en el cristal, detrás de la cortina y adivino su silueta.

—Jamás haría eso, Amy. Y sí, Agatha me pidió que te ayudase en lo que fuera necesario. Pero… yo…

—Tú me has mentido, como todos. Parecéis tan majos, pero hay secretitos por todas partes. ¡Qué ganas tengo de que se haga el día veinticinco para largarme!

Da un paso hacia atrás, luego otro. Y se marcha a su casa.

Me siento en el suelo, llorando de rabia. Jolines. Odio a la gente falsa. Pero no podrán conmigo.

—Lo siento, tía Agatha, pero después de Navidad se lo venderé a quien lo compre. Ya no quiero estar aquí. No es mi sitio ni lo será nunca.

Subo a vestirme, me pongo un jersey abrigado, porque se ha levantado viento, el gorro y la cazadora. Cierro la puerta con llave y salgo caminando hacia la iglesia.

Estoy muy enfadada y frustrada porque pensaba, tonta de mí, que incluso parecía interesado por mí.

Saco una risa medio histérica mientras casi troto por la calle.

Veo la iglesia y la gente que está entrando en un edificio anexo.

Trudy me saluda con la mano y muevo la cabeza.

Todavía estoy enfadada con ella. Con Ted. Con todos.

La gente va entrando, también los amigos de Ted, pero me hago la loca y me siento atrás, sola y alejada de cualquiera.

Creo que el mensaje es claro. Cuando todos se colocan, hay una fila vacía justo delante de mí.

Bien. Mejor. Ted se sienta con sus amigos y me mira de reojo.

Está serio. George le pasa el brazo por los hombros.

No, si encima lo consolarán a él, cuando he sido yo la engañada.

Un trueno resuena y hace estremecer a algunos.

Trudy se gira hacia mí y me sonríe. Yo la ignoro.

Entra un hombre trajeado, tendrá unos cincuenta, elegante como un ejecutivo. Con una señora también que parece que vaya a una convención política. Se colocan en el estrado, con algunos otros que deben de ser los que les bailan el agua.

—Queridos vecinos y amigos. Gracias por venir en este día tan… inestable. Hoy es importante que las fuerzas de nuestra querida ciudad se unan para conseguir lo mejor para todos.

Miro alrededor. Sin duda hay partidarios del tipo, aplauden. Otros, no. Habrá como unas quinientas personas y según sé, Holly Falls tiene alrededor de cinco mil habitantes.

—Estamos aquí para decidir entre todos, envié a cada uno de ustedes una copia del magnífico proyecto que hará que nuestro pueblo se llene de turistas y todos amen venir en invierno a ver nuestra preciosa Navidad y en verano, a disfrutar de los deportes en el lago.

Los comercios, las cafeterías, todos ganarán mucho.

—¿Y no perderemos nuestra personalidad, señor alcalde? —interrumpe Tiffany. Me da que ella no se corta un pelo.

—Tú, como dueña de una cafetería, tendrías que ser la primera en querer un proyecto así. Podrías ampliarla e incluso montar otra.

—¿Y para qué querría otra cafetería que atender cuando soy feliz con la que tengo?

El alcalde se queda parado y he de reconocer que ha sido una contestación bastante cortante. La mujer del alcalde carraspea y él le cede el micrófono.

—Mis queridos vecinos, entiendo que Tiffany quiera mantenerse en su cafetería y es una decisión estupenda, pero muchos tenéis otras aspiraciones e hijos que a veces deben salir a trabajar porque aquí no tienen futuro.

Les estamos ofreciendo un buen motivo para que nuestros hijos se queden en Holly Falls.

Hay un rumor de aprobación y ella sonríe satisfecha. Me cae mal. Lo sé. Aunque no la razón. Supongo que será tan falsa como todos.

—El caso es que las negociaciones están muy avanzadas.

—Entonces, ¿a qué viene esta reunión? —pregunta Ted— Si ya lo tienes todo decidido.

—Bueno, Ted. Hay una cláusula vecinal bastante anticuada, por cierto, en la que los habitantes de Holly Falls tienen la última palabra.

Así que en cinco días convocaremos unas elecciones en el ayuntamiento, donde habrá papeletas para votar.

Y todo vecino propietario de una casa aquí podrá votar.

Solo el titular, no toda la familia, para no molestar demasiado.

Gracias por asistir. Nuestras vecinas han preparado algo de picar en la sala contigua.

Se levantan unos protestando, otros satisfechos. No tengo claro qué va a ganar. Y la verdad, cada vez me importa menos. Eso sí, voy a pasar a tomar un trozo de tarta y me largo.

Han preparado una mesa muy cuca. Trudy y Tiffany con otras mujeres cortan el bizcocho y lo ofrecen.

En cuando me ven, me dan un vaso de chocolate y un pedazo de tarta.

Les doy las gracias y me aparto a un lado.

Apoyo el vaso de chocolate en una repisa y miro a la gente.

Algunos rodean al alcalde. Ted y sus amigos están en otro lado, hablando en voz baja.

Los demás rondan la mesa para comer. Doy un trago al chocolate, madre mía, si me quedo hasta Navidad me voy a poner redonda.

Como la tarta y en cuanto la termine, me largo, cuando veo que la mujer del alcalde viene hacia mí. Jolines, qué mala suerte.

—Querida Amanda Morgan, bienvenida al pueblo. Te doy mis condolencias por la muerte de tu tía.

—Gracias.

—Verás, aunque tu tía era un tanto… excéntrica, estábamos hablando del tema de… vender el terreno a la ciudad. Sería una cantidad nada desdeñable, claro.

—Vaya, señora alcaldesa, va al grano directa.

—Sí. Sé que eres una abogada que trabaja en una firma de prestigio y que vivir aquí es como enterrarse viva. De hecho, con el dinero que podríamos pagarte, incluso podrías crear tu propio despacho independiente, o comprarte un apartamento en la ciudad.

—Es algo para pensar, desde luego.

—Esta gente que vive aquí y que te ha dado la espalda, son pueblerinos sin ambición como habrás podido ver.

Ellos no imaginan cómo podría ser Holly Falls, sería un sueño hecho realidad y por mucho que se empeñen, que viniera turismo controlado, por supuesto, les aportaría muchos beneficios.

Si me das tu correo, podría pasarte una propuesta para que la estudies con calma.

—Está bien.

Se lo doy y ella lo apunta en su iPhone de color dorado. Luego me da la mano amistosa y se marcha.

Por leerlo no cuesta nada y, total, es verdad que todos me han dado la espalda. Ni se han acercado a saludarme. Claro. En cuando me he dado cuenta de sus engaños, se acabó.

Termino la tarta y cuando salgo, me encuentro con Ted de frente.

—¿Has quedado en algo con la señora Walters?

—No te interesa. Para nada. Y ya me enviarás las cuentas de mi tía. Creo que las llevabas tú. Espero no descubrir nada ilegal.

—Amy, por el amor de Dios ¿Qué estás haciendo? Tu tía…

—Mi tía no está y yo decido. No tengo nada más que hablar.

—No, desde luego que se ve que eres su sobrina, tan cabezota y…

—¿Y qué, Ted? ¿Loca? ¿Extravagante? ¿Inmadura? Vete a la mierda y no vuelvas a intentar pasar a mi casa. Eso se acabó.

Me marcho enfadada. Maldita sea. No quiero pensar en su rostro disgustado.

¿Cómo he sido tan ingenua? Claro, así me va en mi trabajo.

También mis jefes se aprovechan de mí. Sí, me iré.

Me quedaré hasta el día veinticinco, venderé al alcalde si el precio es razonable y le diré a Jenny que nos montemos algo las dos. Y me largaré de este pueblito.

Entro en casa y cierro de un portazo. La casa está fría, jolines.

Se ha debido de apagar la caldera. Aunque me fastidie, tengo que bajar a encenderla.

Cojo el bastón de tía Agatha y una linterna potente.

Ya no me pilla de sorpresa. O sea, no espero encontrar a nadie, pero si es una rata, al menos la asustaré.

Bajo despacio las escaleras, alumbrando las cajas y todo.

Retiro la que se cayó y veo un álbum de fotos.

Lo dejo en la escalera para subirlo y me acerco a la caldera.

Esta vez no siento nada raro. La enciendo y con unos ruidos normales, se pone en marcha.

Esta vez no hay nada. Ni sombras, ni ratas.

Un simple sótano oscuro que necesita un cambio de bombillas.

Cojo el álbum y escucho un suspiro. Me giro, pero no veo nada.

Mi imaginación, jugándome una mala pasada, como siempre.