Una bruja por Navidad Capítulo 5. Conociendo a las vecinas #3
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Capítulo 5. Conociendo a las vecinas #3

Ted llama a la puerta, pero lo ignoro. Que le den. Si tanto esfuerzo está haciendo por cuidarme, como él dice, paso mucho. A saber qué ha hecho con las finanzas de mi tía. Cuando venga Jenny se las enseñaré para que las revise.

Paso el resto del día leyendo, mirando cosas del cobertizo, pensando en lo que llevaré el sábado y haciendo una selección. En la caja hay cambios suficientes como para llevar y aunque no tiene tarjetero, supongo que la gente pagará en efectivo.

El cobertizo tiene una gran mesa y voy dejando allí lo que creo que podría ser interesante, pero, por ejemplo, no pongo la estatua del hada porque esa me la quedaré para mí.

Suenan las campanitas ya por la tarde y me acerco a la tienda. Una señora de cabello negro canoso, aunque no tendrá más de cincuenta, me sonríe.

—¡Qué ganas tenía de venir! ¡Soy Trudy! Mi esposo dijo que tal vez acudirías a la reunión, pero quería volver a verte. Y, además, mi hermana, que viene ahora, necesita unas cositas.

Una señora algo más mayor y de cabello corto y como muy enérgica, nos saluda.

—Hola, Amanda, qué gusto verte.

Oh, Dios. Son las dos mujeres que estaban hablando con Ted. Reconozco las voces. Empalidezco, pero sonrío.

—¿No te acuerdas de nosotras? Veníamos con tu tía. Incluso ese verano que te cuidó.

—No tanto, la verdad.

—Bueno, pues nos presentamos, Trudy y Tiffany. Soy la madre de Billy y tengo una cafetería que sirve una tarta de manzana espectacular. La hace Trudy a la que se le da muy bien cocinar.

—Sí, desde luego, la comida fue impresionante. Muchas gracias.

Ella se sonroja complacida.

—Lo que no haríamos por tu tía… —suspira Tiffany.

—En fin, necesitabais algo, ¿no?

—Sí, un preparado de hierbas. Aunque no sé dónde puede estar. Imagino que tendrá mi nombre… pero ni idea de dónde lo guardaría Agatha.

Se miran entre las dos como si estuvieran pensando una fechoría. No entiendo a esta gente.

—Voy a buscarlo. A ver si hay suerte, si os queréis sentar.

—Pues claro. Nos sentaremos. ¿Quieres que preparemos una infusión? Agatha solía apreciarlo mientras ella estaba ocupada.

Me parece muy descarado, pero quiero sonsacarles sobre esa conversación tan confusa así que acepto. Tiffany va directa a la cocina y sabe mejor que yo dónde está todo. Pone el hervidor y saca las tazas.

Mientras, me dirijo a una alacena, abro la puerta y veo un paquete. Pues no ha sido tan difícil. Pone Tiffany, veinte dólares. Lo saco y lo llevo para dejarlo encima de la mesita.

Ellas sonríen satisfechas. Tiffany pone el té, saca los veinte dólares y los deja en el mostrador. Luego, se guarda el paquete que es abultado, en su mochila.

—Con esto tendré para un par de meses. Si… te quedases, ¿podrías prepararme algo más? Es por salud.

—No sé si me voy a quedar y tampoco sé qué lleva.

—Tu tía lo apuntaba todo en su libro. La receta de Tiffany la llamó.

—¿Es un libro como de piel? Tiene un candado.

—Sí, justo ese. Supongo que tendrás que encontrar la llave. A veces Agatha era un poco despistada.

—Entonces, ¿qué significa que decidió morirse?

Ellas se quedan paralizadas, parpadean y se miran.

—¿Quién te dijo eso? No sería el inútil de mi marido —dice Trudy.

—Pues sí.

—Maldito charlatán. Querida, es una forma de hablar. Solo que ella estaba cansada y bueno, ya tenía cerca de los noventa.

—Aunque siempre fue muy vital —apunta su hermana—, pero sí es verdad que dijo que ya llegaba su momento, eso hay que reconocerlo. Nos dio muchísima pena, porque la queríamos casi como a una madre. Pero ella era así. Hacía lo que le daba la gana.

—Ya. No quiero parecer maleducada, pero sé que no me decís todo.

—Querida Amanda, la información suele llegar cuando es el momento, no cuando lo decide una.

El universo toma esa determinación y no se puede forzar.

O al menos nosotras somos de esa opinión.

El camino o el destino de cada persona tiene un trayecto y sí, a veces se desvía, como cuando los gobiernos deciden cambiar el curso de un río, pero en cuanto llega una tormenta, vuelve a su cauce natural —dice Trudy—.

Creo firmemente, las dos lo hacemos, que has recibido mucha información, todavía tienes que avanzar en tu duelo e ir conociendo, pero de verdad, a tu tía.

—Estoy de acuerdo con mi hermana. Imagínate que a un niño de seis años le dan un libro de… Aristóteles, o Freud, o cualquier cosa para la que no está preparado. Sería un error.

—Queréis decir que yo no estoy tan preparada como para saber de mi tía.

—No. Queremos decir que casi estás preparada para saberlo. Solo falta un poco más, que pases algunos días aquí, que te familiarices con el… ambiente. Y entonces, lo comprenderás todo.

—Ya, cuando la fruta esté madura, caerá del árbol, ¿no?

—Es un símil perfecto, Amanda —sonríe Trudy.

Pero yo estoy molesta. Nunca fui una persona inmadura.

Ellas cambian de conversación y me hablan del pueblo, de que el alcalde es antipático y que quiere la casa de mi tía.

Les aseguro que no se la quedará, que, si no ocurre nada, me quedo hasta Navidad y que luego veré qué hago.

Ellas parecen satisfechas y cuando se van, recojo todo. La verdad, espero por fin caer del árbol, para su parecer, y que me digan de verdad qué está pasando.