Una bruja por Navidad Capítulo 5. Conociendo a las vecinas #2
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Capítulo 5. Conociendo a las vecinas #2

—Supongo que estoy recordando ese verano que estuve aquí.

—Claro, es eso. Los recuerdos van y vienen, es lo natural.

Sirvo el té y afortunadamente no quiere endulzarlo y no usamos las cucharas. Él me da el testamento, son dos páginas completas y yo estoy más que acostumbrada a leer temas legales. Sencillo, pero efectivo. Llego a varias conclusiones, aunque no responde a todas mis preguntas.

—Es decir. Me lega veinte mil dólares si paso tres días aquí. La tienda, la casa y el terreno más otros veinte mil si me quedo hasta el día veinticinco y un testamento adicional se entregará el día veintiséis. La verdad, no sabía que mi tía tenía tanto dinero.

—Vendió un terreno familiar fuera del pueblo hace un par de años. Dijo que jamás lo usaría, así que ¿para qué?

—Entonces, si tenía dinero, ¿por qué la tienda?

—A tu tía siempre le gustó ayudar. Lo hacía sin tener tienda, y pensó que era más práctico. Y según confesó un día, le daba motivos para comprar cosas bonitas. Creo que tendrá algunas cajas acumuladas.

—Sí, en el cobertizo. ¿Quién le llevaba la contabilidad?

—Ella. Aunque Ted solía ayudarle a gestionar sus impuestos. Él te puede ayudar también.

—No me lo ha dicho.

—Poco a poco. Creo que recibir toda la información de golpe es perjudicial para cualquiera —contesta apurado, como si fuera una niña que está aprendiendo a caminar. Resoplo y tomo un trago del té. Dios, está delicioso.

—Los amigos de Ted me hablaron de la feria, de que mi tía ponía un puesto, pero no sé si puedo legalmente.

—No hay nada al respecto, así que sí. Nadie va a protestar por ello. Eres la única heredera y francamente, si te fueras antes, el alcalde, que es un poco antipático, tiraría todo a la basura y construiría en este terreno un hotel.

—¡No! —exclamo—. Eso no puede ser. Todo esto pertenece… pertenecía a mi tía. Los muebles de la cocina los talló su padre.

—Ya. Solo tienes que quedarte hasta el día de Navidad y no tendrás ese problema. Y después, podemos hablar de las posibilidades. Total, ya estamos a día tres, Amanda. No queda nada.

—Eso es verdad, Jeremy. Y me merecía unas vacaciones, supongo.

—Tu tía decía que trabajabas mucho, estaba muy orgullosa de ti, pero…

Se mira las manos, nervioso.

—¿Pero?

—Que era una pena que no sacaras tu verdadero potencial. Ella sabía que eras magnífica. Esa palabra usó una vez.

Abro los ojos, sorprendida. Eso no me lo esperaba.

—Entonces, si quieres, puedes montar el puesto. No es necesario que eches las cartas como hacía Agatha, puedes simplemente vender las cosillas que tenga y bueno, no está mal, aunque enviaré la transferencia de los primeros veinte mil a tu cuenta.

Silbo. Es mucho dinero, al menos para una pasante como yo.

—Gracias por todo, Jeremy y por ocuparte de mi tía. Incluso había dinero en la caja, Dios santo.

—Trudy y su hermana solo recogieron la nevera y por orden de tu tía, su ropa para llevarla a la tienda de la caridad. Agatha dijo que el resto era para ti. Todo lo que encuentres en la casa te pertenece, Amanda.

—¿Qué quieres decir con todo lo que encuentres?

—Pues en general, todo. Me tengo que ir. A Trudy le encantará conocerte el día de la reunión. Lo está deseando.

Me despido con un me lo pensaré. ¿Qué pinto yo en una reunión vecinal? Vuelvo a mirar los papeles. Ojalá me hubiera dejado al menos una carta de despedida.

Jenny me envía un mensaje que el jueves viene y que ha tenido follón con el jefe, pero que ahora no puede hablar y que ya me contará.

Le mando unos emojis de corazones y después de abrigarme, salgo a pasear.

Necesito despejar la mente y pensar en todo.

Si soy realista, quedarme hasta Navidad tal vez supondría un gran cambio en mi vida.

Si mi tía me dejase una buena cantidad, podría alquilar un despacho con Jenny y tener nuestro propio negocio.

Ella es muy habilidosa en temas empresariales y lo mío es más de personal, divorcios, herencias, esas cosas. Hacemos un buen equipo.

Camino por la calle y acabo poniéndome el gorro.

La verdad, ya ni me molesto en peinar mis rizos que se desmandan a placer.

Veo una encantadora cafetería y me apetece tomar algo.

Ya llevo una hora caminando sin rumbo. El sitio está decorado con cuadritos de paisajes, plantas y mesitas con manteles a cuadros rosas y verdes.

Bueno, es… parte encantador, parte kirsch, pero me vale.

Tienen cappuccino y tarta de calabaza. La única mesa libre está en un rincón, casi al lado del baño y otras puertas, pero no me importa.

La camarera me sonríe y me lleva todo a la mesa.

Le pago y miro el café, pero la cuchara no se mueve.

No quiero ser paranoica pero jolines. Lo pruebo y ronroneo. Qué bueno está. Y la tarta, es una maravilla. Te hace flotar. Casi lo he acabado, cuando escucho una voz. ¿Ted? Me levanto disimuladamente y me coloco cerca de la puerta cerrada. Ya lo sé. Soy una cotilla.

—Pues yo soy partidario de decírselo. ¿No sabéis lo que ha pasado?

—Que sí, cariño, pero ella tiene que descubrirlo poco a poco, como pidió Agatha.

Doy un respingo. Hablan de mí. ¿Qué narices tienen que decirme y no quieren?

Otra mujer de voz más rasposa contesta. —Está madura, a punto de caramelo y entonces, todo saldrá. Tú solo cuídala como te pidió Agatha.

Él maldice y entonces me voy. Le digo adiós a la camarera y salgo pitando de la cafetería.

Esto me aclara muchas cosas. Mi tía le pidió que me cuidase. Por eso me ronda. Y no sé qué tiene que decirme. ¿Hay algún problema que yo no sepa?

Pero mi teléfono suena y la aplicación del banco me anuncia que he recibido los veinte mil.

Sé que estoy llorando porque cae una gota en mi móvil. Lo que faltaba, encima empieza a llover. Jolines. Me meto en la primera tienda que encuentro, que resulta ser una de ropa. La tormenta está cayendo con ganas. Alguien que huele muy bien, se acerca.

—Buenos días, señorita Morgan —dice y me vuelvo sorprendida. Es una mujer de unos cuarenta, bastante atractiva y maquillada—. ¿Se ha perdido?

—No, solo… llovía. Lo siento —digo limpiándome la cara.

—Yo apreciaba mucho a su tía. Soy Mary. La visitaba… a menudo.

—Gracias.

Miro alrededor. Es una tienda preciosa, con mucho gusto.

—Qué ropa tan bonita, no esperaba esto en Holly Falls, si me permite.

—Tratémonos con confianza, Amanda, si no te molesta. Echa un vistazo, tal vez encuentres un vestido precioso.

—Gracias.

En otro momento y, aunque según veo los precios no son caros, no me permitiría comprarme nada, y no soy derrochadora, qué remedio, pero acabo de recibir dinero y tal vez podría comprarme algo bonito solo porque sí.

Traje solo dos o tres jerséis y un vestido, porque siempre voy con traje.

No quiero nada de eso. Tal vez un vestido ancho, no sé.

La vista se me va a un vestido verde de terciopelo, de tirantes. Me quedo absorta mirándolo.

—Ese vestido está hecho para ti, con ese precioso cabello castaño rizado. Pruébatelo.

—¿Para qué? O sea, seguramente no tenga ocasión de lucirlo.

—Dentro de poco hay una fiesta donde todos nos ponemos elegantes y es el único que tengo. Te haré una rebaja.

—No es eso, Mary. Es que…

Suspiro y me digo que por qué no. Lo cojo y lo llevo al probador. Es ajustado y parece, es verdad, hecho para mí. Salgo y ella aplaude. Me da un chal del mismo color y sandalias plateadas.

—Cuando te lo pongas, te recoges el pelo así con alguna horquilla que tu tía usaba. De joven tenía la misma melena que tú.

Me levanta el cabello y me miro al espejo. Me siento bonita.

—Vale, me lo quedo. Me gustaría algún jersey o vestido más. Tienes buenos precios.

—Genial. Te voy a traer cosas y te vas probando.

Paso una mañana muy divertida, porque todo lo que me trae me cae perfecto. Al final, entre risas y una divertida conversación, me voy con un par de bolsas de ropa y zapatos. Y no ha sido tan caro. Pero también me alegro, al final, el comercio local es importante. Además, ha dejado de llover.

Cuando llego a casa, cuelgo la ropa feliz de haber dado ese paso. Tengo tres vestidos más, dos pantalones, jerséis y camisas, pero no blancas, sino más alegres y sexys, la verdad.