Una bruja por Navidad Capítulo 5. Conociendo a las vecinas
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Capítulo 5. Conociendo a las vecinas

Me despierta algo sobre mí. Veo dos ojos brillantes y me pego un buen susto. Un gato. Negro y gris con los ojos amarillo verdosos. Madre mía, no sabía que mi tía tenía un gato.

—Ey… ¿de dónde sales tú?

Se queda sentado y me mira, limpiándose la pata. Me levanto con mi pijama de unicornios y lo observo. O sea, tener un animal que no conozco en casa, sin saber de quién es, me da un poco de miedo.

—Baja de mi cama —digo sin ninguna esperanza de que me obedezca, pero lo hace—. ¿Quién eres?

Claro, no me contesta, y más vale o me dará un ataque. Bajo descalza a la cocina. Debe de tener suelos radiantes porque es muy agradable. Echo un tronco a la chimenea. Huele todo a las hierbas colgadas y realmente me reconforta. Voy a la cocina y miro al gato.

—Pues no sé qué te puedo dar de comer. Supongo que si estás aquí es porque mi tía te había adoptado o algo. Puedes quedarte, claro.

Enchufo la cafetera y pongo dos tostadas en la tostadora. Busco alguna lata de atún y menos mal, hay varias de comida para gatos. Busco un cuenco para el agua y otro para la comida.

—Tendremos que buscar algo de comer, creo que no siempre se come esto. Te compraré pienso y… no sé cómo te llamas. ¿Te parece bien Cielo? Puede servir para chico o para chica porque la verdad, ahora mismo no sé qué eres.

El gato me mira como si me despreciara. O sea, nunca he tenido un animal, a mamá no le gustaba. Yo qué sé.

Las tostadas saltan y me dan un susto. El gato come tranquilamente mientras me sirvo el café y pongo la cuchara. Echo un poquito de leche y mientras unto la mermelada, me quedo pensativa, mirando al animal.

—Creo que eres una chica.

Miro mi taza para tomar un sorbo de café y la observo. La cuchara está dando vueltas sola. Trago saliva. Doy un paso atrás. La cuchara para y se apoya en el lateral.

—Ay, Dios.

Me acerco como si fuera a saltar, la toco un poquito y no se mueve. La saco con dos dedos y la dejo en la encimera. Parece algo normal. Cambio el café de taza y miro por debajo. Tal vez tenga un imán, pero no.

—Creo que me estoy volviendo loca.

Me siento en la silla mirando la cuchara, ni siquiera desayuno hasta que llaman a la puerta de la cocina y me asusto.

—Amy, soy yo. Quería hablar contigo.

Voy descalza a abrirle, él se me queda mirando y me doy cuenta de que llevo mi pijama todavía.

—Perdona, es pronto para ti. Aunque son las once. ¿Te ha pasado algo? ¿Algo raro?

Lo miro con la sensación de que sabe algo, pero no dice nada.

—Entra. No sabía que mi tía tenía un gato.

—Ah, bueno, va y viene, supongo. Se llama Cielo.

—¿Cómo? No puede ser. Es justo el nombre que le puse.

—Qué casualidad, anda deberías vestirte, aunque estés bonita con tu pijama de unicornios, igual te quedas fría.

Me voy corriendo para vestirme rápidamente y bajo con calcetines. Se ha servido un café. Y se está comiendo una de mis tostadas. Lo miro.

—Uy, pensé que no las querías.

Miro la taza y la cuchara y doy un trago al café. Me como la otra tostada mirándolo mal.

—¿Qué quieres? O sea, ayer me tratas como si fuera una apestada, de repente me consuelas, o me llevas con tus amigos. Jolines, no sé qué pensar.

—Lo siento, es que... Acabamos de reencontrarnos y es raro. En fin, que me han llamado los amigos que iban a dar un paseo por un sendero fácil, ya que no hace demasiada ventisca. ¿Te apetece? No hace falta que te pongas muy deportista, solo de paseo.

—Um, vale. ¿Me das dos minutos?

—Claro.

Vuelvo a subir y me cambio con ropa de deporte.

Cuando bajo, Ted está sentado con la gata encima y acariciándola.

Se levanta y la deja con cuidado. Nos vamos caminando hacia el bosque lateral que sale de un camino, donde está el resto.

Me saludan con alegría y me enseñan que llevan agua y barras de cereales por si acaso.

La verdad es que hace un día espectacular, soleado, aunque frío. Caminamos en silencio. Louise no viene porque trabaja, pero los demás estamos disfrutando del paisaje. Ted se pone a mi lado.

—Siempre me caíste bien, Amy.

—Entonces no entiendo tu comportamiento de ayer. Sé que no soy nada del otro mundo, pero…

—¿Qué dices? Eres maravillosa.

Desvía la vista hacia la montaña, no sé si sonrojado.

Y todavía entiendo menos. Aprovecho para hacer fotos del lugar, es tan bonito que me deja sin palabras.

Los chicos sacan las barritas y nos vamos sentando en las rocas.

Me alejo de todos para pensar. No recordaba esto.

Otra vez, voy recuperando pensamientos difusos que ni sabía que existían.

Charlie me da una barrita y un botellín de agua. Es todo muy extraño. Desde que he venido, han sido cosas raras una tras otra. Una vez a mi madre se le escapó que mi tía era como una bruja, pero más bien la llamó charlatana. Pero la magia no existe.

No. Es imposible. Esa cucharilla no se movió sola. Estaba medio dormida. Vale. Lo dejo, me lo he imaginado y a partir de ahora no voy a pensar que ocurren cosas raras. Ya no. Se acabó.

Me incorporo a la conversación como si no pasara nada. Ted no me mira mucho, pero también participa. Luego volvemos a la casa y nos despedimos. Me meto. Cielo no está. Pero bueno supongo que, como ha dicho mi vecino, va y viene.

Hoy inspecciono las otras habitaciones. Reconozco la que fue mía. Tiene muchos libros. Los ha guardado todos. También hay algunas fotos mías, e incluso un gato de peluche al que llamaba… ¡Cielo!

Me siento en la cama, abrazando al peluche. Claro, de ahí viene el nombre. Lo recordé. Es como si ese verano que estuve aquí se hubiera borrado temporalmente y ahora, al regresar, comenzase a brotar como las flores en el jardín de mi tía. Ahora está tan seco que da mucha pena.

Todavía queda incluso algo de ropa. Puede que ella tuviera la esperanza de que regresase en alguna ocasión.

Me echo en la cama, otra vez llorando y miro por la ventana.

Se desata una tormenta en las montañas y empieza a llover.

Me gusta. Me recuerda a ella. Tenía algún tipo de dicho sobre las lágrimas y la lluvia, pero no lo recuerdo.

Espero al menos, irme con esos momentos que compartimos.

Me quedo dormida en mi antigua cama hasta el lunes. Menos mal que por lo menos son solo las ocho, así que me da tiempo de ducharme y arreglarme más o menos. Viene el abogado, el señor Blank y quiero mirar bien las cláusulas.

Bajo a la cocina y me preparo un café. Cielo no está en casa, así que cojo una manzana y me asomo a la ventana del fregadero.

Después de la tormenta de ayer, tiene que estar lleno de charcos.

Pero veo con asombro que hay un suave césped cubierto de flores blancas y amarillas.

No doy crédito. Salgo por la puerta con la manzana en la mano y miro el jardín.

Es como si la primavera hubiera vuelto y es completamente imposible.

Me giro hacia la casa del vecino. Ahí está mirándome muy serio.

Luego, mueve la cabeza y se marcha dentro.

—Oye, que yo no tengo la culpa, que a lo mejor la tormenta hizo crecer las plantas.

No sé si me ha escuchado, pero hasta yo sé que no tiene lógica.

—No. No pasa nada. Son casualidades, no es nada, de verdad. Seguramente ni me fijé bien y estaba todo eso… allí antes.

Me meto a la cocina y saco una lata de galletas que parecen comestibles. Sí, son de canela y chocolate, mis favoritas, como si… las hubiera dejado allí para mí.

—Claro, sabía que vendría. Pero están buenas. Jolines.

Recojo todo y veo salir a Ted supongo que a trabajar.

Ni mira hacia mi casa. Me tiene totalmente descolocada.

Reviso las cosas de la tienda. Puede que en el sótano haya más en esas cajas, y me acuerdo de que han dicho que el puesto está en el cobertizo.

Salgo deprisa, sigue haciendo frío y entro.

Está abierto, sin candado ni nada. El suelo es de madera y parece más un granero.

A un lado hay un carrito con ruedas, bastante amplio, tiene estanterías y está pintado de azul con estrellas blancas.

Es bonito. Apiladas en un rincón hay cajas de lo que sea y también en otro lado, muebles viejos, una cuna antigua, y otras cajas y bolsas. Se me cae el alma a los pies.

¿Cuánto puede acumular alguien en su vida? Pero me veo incapaz de tirar sus cosas sin mirar. Espero que venga Jenny pronto, tal vez eso me ayude a pensar.

—Y dejar de hablar contigo misma. Veamos qué hay en esas cajas.

Abro una y veo bolsas de piedras. Otra, figuritas preciosas, colgantes, todos con su precio ya puesto. Son suministros, tal vez para la feria. Quizá no estaba tan predeterminada su muerte y ella quería participar. Y eso me convence más para que, si puedo, monte su puesto en su honor. Lo merece.

Escucho la campanilla de la puerta y voy hacia la casa, cerrando el cobertizo. El abogado está en la tienda, sonriendo al verme.

—¿Qué tal, señor Blank?

—Por favor, solo Jeremy. Tu tía era amiga de mi madre y yo era casi como un familiar lejano, eso sí.

—Me gustaría darle las gracias a tu esposa. La comida fue excepcional. Ya tengo los recipientes limpios.

—Se las daré de tu parte, pero puedes dárselas tú. Hay una reunión de los vecinos el miércoles, por si quieres ir. El alcalde hablará de las fiestas y eso.

—No sé. ¿Miramos el tema del testamento?

—Por supuesto. He traído una copia en papel.

—Pero antes, ¿un café o una infusión?

—Si no te parece mal, una infusión sería perfecto. Tu tía tenía una caja con una mezcla deliciosa.

—Voy a ver si la encuentro —suspiro. Si empezamos con lo de las infusiones y las cucharas que se mueven, me largo.

Pongo agua a hervir y busco en los armarios, pero luego, me viene a la cabeza y entro en la despensa.

Hay una lata con un motivo antiguo de estrellas y la cojo.

Sé que es esa. La agito y abro la tetera para echar dos cucharitas y media.

Luego, preparo las tazas en una bandeja.

No hay azúcar, pero sí melaza y saco un platito con galletas.

Él sonríe al verme y luego suspira.

—Verte a ti es como ver a tu tía. Ella siempre me preparaba las infusiones así.