Una bruja por Navidad Capítulo 4. Empezando a revisar #3
41%

Capítulo 4. Empezando a revisar #3

Empujan a Ted, pero niega. Entonces, Dora y Louise me cogen de la mano y me llevan al escenario, y no me da ni tiempo a resistirme. Cuando me doy cuenta, tengo un micrófono en la mano y empiezan a sonar los primeros acordes de una canción.

Sonrío. Esa me la sé.

Dora me quita el micro y lo pone en el pie. —¡A bailar, brujilla!

Y empieza a sonar la canción. Dora canta el primer párrafo y me voy animando, cuando llega el estribillo, ya estoy como loca.

Foreign types with the hookah pipes say

Ay, oh, uh-ey, oh, ay, oh, uh-ey, oh

Walk like an Egyptian

(https://youtu.be/Cv6tuzHUuuk)

Las tres bailamos como egipcias, como las Bangles en su canción y cada vez me siento más animada bailando.

Alguien me da unos cascabeles y animo a todos a que se pongan a bailar.

Dios, todo el bar se ha puesto a dar palmadas y a hacer el baile egipcio.

Incluso Ted. Y no me lo imaginaría a él bailando.

Cuando acabamos, gritamos y aullamos las tres como locas. Nos aplauden y casi nos sacan a hombros, pero viene Ted y me coge de la cintura para llevarme a la mesa. Todos se van calmando de momento y mira a Louise.

Ella me lleva al baño para refrescarme. La verdad es que estoy muy acalorada, como todos.

—¿Te encuentras bien, Amanda?

—Sí, genial, hacía mucho que no me divertía tanto.

—Ya veo, tienes mucha… energía. Anda, vamos.

Cuando salimos, el ambiente está más tranquilo. Un tipo está cantando algo más melódico. Tengo otra cerveza fresca en la mesa que Ted me pasa.

—¡Qué divertido! Otro día repetimos.

—¡No! —dicen casi todos.

—Es porque así todos participan, ¿sabes? —dice Ted. Pero no me convence. Creo que me miente. Pero disimulo. La gente suele mentirme. Mi madre fue la primera. Sonrío y me meto un nacho en la boca para no hablar.

Cambian de tema comentando que el sábado que viene empieza un mercadillo en la plaza, hay puestos de artesanía, de dulces, de libros y luego se quedan callados.

—Tu tía solía poner un puesto —dice Dora—. La gente lo echará de menos. ¿Por qué no pones tú algo? De paso, puedes vender cosas.

—No sé si legalmente puede —interviene Ted antes de que yo pueda hablar.

—¡Qué tontería! Seguro que sí. A su tía le encantaría que la gente pudiera comprar todo y podemos echarte una mano si te hace falta.

En el cobertizo tiene guardado el puesto completo.

Anda que no hemos ido Ted y yo veces para ayudarle —dice George.

Ted lo mira mal. Vale, no me quiere ayudar y solo por eso acepto.

—Me parece bien. Le preguntaré al abogado, por si acaso, pero si me dice que sí, pongo un puesto en la feria —Miro retando a Ted y él solo se rasca la cabeza, dándose por vencido.

—Chicos, yo me retiro, mañana tengo guardia —dice Louise.

—Vámonos a casita, amor. Así te daré calorcito.

Ken le da un beso y todos se echan a reír. Los demás también se despiden y como el ambiente está tranquilo, decido marcharme. Ted se levanta.

—Te acompaño.

—Que si te quieres quedar, quédate.

—No, no. Vamos.

Recogemos las cazadoras y caminamos en silencio. Estoy molesta con él, que si no soy especial, que si no puedo poner un puesto. Jolines, parece que me odie. Me giro de repente.

—¿Por qué te caigo mal? Pensaba que me apreciabas, aunque fuera por ser sobrina de mi tía.

Da un respingo y me mira entrecerrando los ojos.

—¿Yo? No me caes mal, al contrario. Si lo dices por lo del puesto es que no sé si podrías o si… sabrías. No solo vendía sus cosas, también les explicaba para qué servían las piedras y eso. La gente va buscando ese tipo de información y bueno, echaba las cartas.

—Ella me enseñó ese verano. Me enseñó muchas cosas y no me acordaba hasta que he vuelto. No digo que sea como ella, y no es por el dinero, te lo aseguro. Creo que sería como un bonito homenaje, Ted. Pero entiendo que no me apoyes.

—Claro que te apoyo, Amy. Madre mía.

Se adelanta murmurando hasta que llegamos a casa. Luego se despide con un ademán de su cabeza y entro en casa.

Hoy han pasado muchas cosas. De repente, estaba en mi piso de siempre. Ahora estoy en la casa de mi tía, he cantado en un karaoke y he conocido a gente estupenda. Y en cuanto a él… no sé ni qué pensar.

Dejo los zapatos en la entrada de las escaleras y subo descalza.

No tengo ni idea de cómo me siento, creo que bien.

Después de desmaquillarme y lavarme los dientes, me acuesto en la cama.

Se escucha el ligero viento que mueve las paredes y hace crujir la casa.

Mi tía me decía que era normal, porque está hecha de madera.

Que no tuviera miedo. Así que no lo tengo.

Me imagino a mi tía durmiendo aquí. Una noche hubo una gran tormenta y me pasé a su cama, muerta de miedo.

Ella me explicó que la naturaleza necesita soltar sus fuerzas, sacar la energía que tiene retenida y desde entonces, jamás volví a temerlas.

Pero a veces, me pasaba a su cama. Mi madre jamás me dejó.

Cierro los ojos y pienso en ella. Lloro bajito, con pena. Porque me parece que, si trabajas demasiado y no pasas tiempo con tu familia y amigos, en realidad, estás perdiendo el tiempo. Y el tiempo es lo más preciado de la vida.