Una bruja por Navidad Capítulo 4. Empezando a revisar #2
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Capítulo 4. Empezando a revisar #2

Estoy toda la tarde sin parar de leer, de hecho, me hago un sándwich porque quiero leer la novela entera. Madre mía qué escenas, si parece que las vivo. Y el hombre lobo, es un empotrador de cien. Me abanico con la mano. El calor que me está entrando es demasiado.

Debería hacer algo. O sea, tal vez no pasa nada por tocarme, que es algo muy natural. Me rozo el pecho y sé que lo tengo durísimo. Jadeo cuando pienso en que, maldita sea, él no.

Dejo el libro, sonrojada, porque no… no debería pensar en mi vecino. Y llaman a la puerta de la cocina y se me cae el libro al suelo. Él entra.

—¿Amy? Perdona que entre. ¿Estás bien?

Dice mirándome. Mi camiseta está fuera del pantalón, el libro en el suelo y yo colorada como un tomate. Dios, ¿qué pensará?

—Ah, oh, bueno, solo pasaba para decirte que si vamos juntos a la fiesta. Me… media hora, te paso… si quieres… te busco.

—Vale. Sí. Media hora. Perfecto.

Se marcha deprisa y me tapo la cara con las manos.

Qué vergüenza. O sea, cada uno en su casa hace lo que le da la gana, pero que te pillen, bueno es…

demasiado. Aunque no debería haber entrado sin llamar.

Me voy a la ducha, con agua fría y me pongo un vestido de punto y me seco el cabello al aire, se me olvidó la plancha y ahora tendré mis ridículos rizos salvajes.

Me maquillo un poco y preparo la cazadora, el gorro, y el bolso.

—El móvil. Sí. Me falta. ¿Dónde narices está? En la habitación. Sí.

Lo encuentro en la mesa y lo meto al bolso. Llaman a la puerta principal. Él lleva un jersey de cuello redondo azul y la cazadora abierta. Parece bastante cortado.

—Siento haber… entrado sin permiso. No volverá a suceder. Es que con Agatha… bueno ella me dijo que entrase siempre sin llamar. O sea.

—No pasa nada. Me asusté porque me había quedado dormida.

—Claro, es normal.

Camina a mi lado y sé que no se lo ha creído. Carraspea. Lo miro.

—¿Qué tal llevas lo de… estar en la casa? O sea… es un sitio muy especial.

—Lleno de trastos. No he revisado casi nada. Ni siquiera sé cómo haré para quedarme aquí hasta el día de Navidad. Son muchos días, Ted. Muchos días para no hacer nada, me refiero. Estoy acostumbrada a trabajar duro.

—Algo harás, seguro.

—Bueno, el lunes va a pasar el abogado para ver los términos del testamento y creo que la madre de Billy necesitaba algo de la tienda. ¿Qué haría con eso? ¿Le regalo lo que necesite?

—No creo que a tu tía le gustase que regalases las cosas. O sea, me parece muy generoso por tu parte, y no digo que puedas rebajar lo que sea, pero el que necesite algo, que lo pague. De todas formas, es tu dinero y tu patrimonio. Y tal vez te venga bien.

—Bueno, no tengo un suelo disparado, pero me da para vivir. Comparto piso con una compañera de trabajo, Jenny, mi mejor amiga, que, por cierto, va a ver si se puede tomar unas vacaciones y quedarse unos días conmigo.

—¿Ves? —sonríe y se le hace un hoyuelo en la mejilla que no puedo dejar de mirar. Quiero tocarlo—. Ya tienes algo que hacer. Pasear con Jenny. Aunque hace mucho frío, si sale un buen día, hay excursiones estupendas, tanto a caballo como en coche o caminando. ¿Te gusta la montaña?

—Me encanta.

—Yo echaba de menos salir a la naturaleza cuando vivía en la ciudad.

Por eso quise volver. Y mis padres, bueno, insistían en que teníamos que vivir en la casa familiar, querían tener nietos.

Pero mi ex dijo que no se iba a enterrar en un pueblucho de mierda y que además prefería estar con uno de mis amigos.

Y se quedó. Yo me vine y mi tía me regaló la librería.

—Joder, Ted. ¡Me parece fatal! ¡Qué bruja!

—No, bruja no. Mala persona. Mientras tenía mi sueldo para gastar a manos llenas…

—O sea que eras un tío rico.

Se ríe con esa voz profunda y sensual que tiene. Mecachis.

—Trabajaba en un despacho de arquitectura con el socio que me robó a mi esposa. Como comprenderás, me compró las acciones y le dieron por saco. Y perdona la expresión.

—No, uf, lo entiendo. Yo los mandaría a la mierda y les desearía que les cayera un saco de mierda por encima para…

—Shhhs, no digas eso —dice tapándome la boca—. Mejor no desees nada malo a nadie. No está bien.

Huelo su mano. A colonia. No me aparto. Él tampoco hasta que suspira y continuamos caminando. Llegamos a un pub, me abre la puerta y entramos. Como todo, está lleno de adornos de Navidad y huele…

—Dios santo, ¿hay galletas de jengibre?

—Te hartarás de olerlas. Se pegan todo el mes horneándolas. Chicos, aquí estamos. Gente, Am… Amanda. La sobrina de Agatha. Ellos son Charlie y Dora, Louise y Ken y George.

Son todos más o menos de nuestra edad, y les sonrío. Ted me ofrece una silla alta como la de todos, nos quitamos las cazadoras que colgamos en el respaldo y se va a por dos cervezas. Me miran como si tuviera algo raro hasta que Louise carraspea.

—Perdona, somos una cuadrilla de paletos que no está acostumbrada a que Ted traiga a una chica. Y, además, tú. Alguien que…

George le da un codazo y ella se calla en seco. Las dos cervezas aparecen y Ted se sienta a mi lado.

Miro alrededor. Hay un billar, dardos y un pequeño escenario donde avisan que habrá karaoke. Ahora suena una música de fondo. Diría que hay unas cuarenta o cincuenta personas entre jóvenes y mediana edad. No está tan mal.

—El Molly´s es el más adecuado para nuestra edad —dice uno de ellos, creo que Charlie—, aunque hay otros pubs, si uno quiere más intimidad, aunque en el pueblo no la hay. Para nada.

—No, si de eso ya me he dado cuenta. Uy, o sea, no quiero ofender a nadie.

—Es que tu tía era muy especial. Supongo que como tú —dice Dora y veo que Ted niega con la cabeza. Lo miro decepcionada. O sea, ya sé que no soy tan especial, pero jolines, tengo lo mío. Doy un trago a la cerveza. Ojalá hubiera cenado algo.

El dueño del bar se acerca a nosotros.

—Ey, ¿queréis estos nachos? Me los pidió la pareja que ha acabado largándose porque se han puesto a discutir. Están pagados.

Ellos aceptan, claro y Ted me mira de reojo. Cojo uno. Están buenísimos.

Me cuentan un poco de su vida antes, supongo, de preguntarme por la mía.

Charlie y Dora tienen un hotel pequeñito muy familiar y un niño pequeño que se ha quedado con la abuela.

Louise es una de las doctoras del pequeño hospital que hay en el pueblo.

Ken es veterinario y bromean diciendo que su trabajo no se diferencia mucho.

George es algo más serio, es profesor del colegio y parece tímido.

Yo les explico que trabajo en un bufete de abogados, pero todavía como ayudante.

No me da tiempo de contar más porque una mujer rubia con trenzas y sombrero vaquero, empieza a hablar por el micrófono.

—Empezamos por el primer día de…

Todos gritan. —¡¡¡Karaoke!!!

—¿Quiénes son los valientes que quieren comenzar el primero de la temporada de Navidad? Habrá premios para todos.