Capítulo 4. Empezando a revisar
Me despierto enrollada en la colcha, con la boca seca y vestida. Dios, ¿qué pasó ayer? Solo hago el idiota delante de Ted.
Quito la colcha, casi tropezando y me cambio. Luego, bajo a la cocina. La cafetera está en marcha y hay dos tostadas en un plato sobre la mesa. Con una nota.
He tenido que irme, luego paso a verte. Ted.
Suspiro y me pongo el café con algo de leche y mordisqueo una tostada. Creo que olvidé comprar mermelada.
La puerta de la despensa hace un ruido y me recuerda que mi tía preparaba con moras que recogía. Tal vez le quede. Entro y sí, además de latas y frascos de conserva, hay mermelada de moras y de fresas. Sonrío.
—Gracias, tía Agatha.
Salgo y la pongo en la tostada. Está deliciosa. Ella tenía un don para cocinar. Termino todo y lavo las cosas. Miro alrededor.
—Bueno, y ahora ¿por dónde comienzo?
Empiezo a pasear por el saloncito, pongo bien los cojines, enderezo un cuadro torcido, luego reviso la chimenea y vuelvo a encenderla. Creo que hoy me quedaré aquí, igual hasta la tarde, que tal vez vaya a esa fiesta. Solo por darle las gracias a Ted, claro.
—A ver. Puesto que la tienda y la casa no serán mías hasta Navidad, quedaría algo feo retirar cosas. Así que quizá pueda revisar por hacerme una idea.
Y sí, suelo hablar sola. Desde pequeña. Tenía amigos imaginarios, como todos los niños.
—Vamos a ver. Tal vez algunos clientes quieran cosas que tenía Agatha, como dijo Billy. Si, eso estaría bien. No sé si tendrá el precio…
Entro en la tienda, mirando con curiosidad las piedras. No las toco. Agatha decía que las piedras tienen energía y que ella las limpiaba a la luz de la luna o del sol, según correspondía y que solo las podían tocar aquellos a los que iban destinadas. ¿Por qué recuerdo eso ahora?
Me están viniendo a la cabeza las cosas que me contaba. Las figuritas sí tienen precios y son asequibles, pensando en lo bonitas que son. Todavía está el hada que me encantaba. La toco con delicadeza.
—Eres preciosa —digo. Sigo mirando los frascos de hierbas, hay un poco de todo.
Reconozco algunas, otras no. Me acerco al mostrador.
Ahí está la caja que imagino que estará vacía.
Dijo el abogado que se pasaría con más detalles el lunes, pero al abrirla veo que por lo menos hay quinientos dólares—.
Madre mía, esta gente es super legal. No se han llevado nada.
Hay un libro de cuentas con las ventas y las iniciales de los compradores. Paso la mano con afecto por las letras escritas. Mi tía tenía una caligrafía impecable, de esas que usaban las personas cuando no escribían con el ordenador.
Abro los cajones, por curiosidad y encuentro un libro cerrado con candado. Parece muy viejo y hecho como de piel. Tiene símbolos especiales en la portada. Paso la mano y me parece cálido, pero claro, es normal. He encendido la chimenea. ¿La he encendido? Ya no me acuerdo.
Lo dejo y ya buscaré la llave cuando sea. Igual es un libro de recetas o de cuentas. Si está cerrado, será importante. O tal vez un diario. Si lo es, no sé si quiero leerlo. Me parece algo muy personal.
Me acerco a la mesa con el mantel morado. Allí hay varias cartas extendidas, las leo. La emperatriz, la torre, la rueda de la fortuna y los enamorados. No tengo ni idea de lo que significa así que les hago una foto y le digo a la IA que las interprete.
Luego, me siento en el sofá y leo los resultados.
La Emperatriz habla de una mujer sabia, protectora y profundamente conectada con la vida, la intuición y el cuidado. Puede representar a una figura materna o a alguien cuya influencia permanece incluso después de su ausencia.
La Torre señala una ruptura inevitable: algo termina, una estructura conocida se derrumba y obliga a mirar la vida de otra manera. No siempre anuncia una desgracia; a veces representa simplemente el final de una etapa que ya no podía continuar.
La Rueda de la Fortuna indica que, después de esa ruptura, el ciclo vuelve a ponerse en movimiento. Lo que parecía detenido cambia. Aparece una nueva oportunidad, quizá inesperada, y el destino abre una puerta donde antes solo había pérdida.
Los Enamorados cierran la lectura con una elección del corazón. Hablan de unión, de conexión profunda y de una relación capaz de cambiar el rumbo de quien la vive.
Leídas juntas, las cartas parecen contar una historia bastante clara: una mujer sabia se marcha y con ella termina una etapa importante.
Pero su ausencia no deja únicamente vacío; pone en marcha un cambio.
La vida vuelve a girar, ofrece una nueva oportunidad y, al final de ese camino, aparece el amor.
Como si alguien quisiera decirte: «No tengas miedo de lo que termina. Lo que viene después también forma parte de tu historia».
Y quizá quien dejó estas cartas sabía perfectamente qué esto estaba a punto de empezar.
—Pero ¿cómo me dice esto la puñetera IA? ¡Jolín! —exclamo levantándome. El móvil se cae al suelo. Paseo inquieta—. ¿Cómo narices sabe la inteligencia artificial que ella se ha ido? Y, además, ¿qué quiere decir con respecto a lo demás? Un ciclo que vuelve a empezar, una oportunidad, unos enamorados.
Me pongo nerviosa y ni me doy cuenta de que me está sonando el teléfono. Pero acabo de tropezarme y lo cojo. Es mi amiga Jenny.
—¡Amanda! No me dijiste que habías llegado.
—Perdona, es que estoy… en shock. Todo esto es tan extraño. Me está agobiando muchísimo.
—Escucha, me cojo unos días de vacaciones y voy a verte. Así te ayudo si tienes que recoger lo que sea.
—Es que no puedo recoger nada, Jenny. Porque según las cláusulas, no me pertenece hasta después de Navidad o eso creo, no he visto el testamento completo. ¿Qué hago?
—Chica, descansa. Llevas tres años trabajando diez o doce horas al día, intentando ganarte el puesto que merecías de sobra. Aunque estos gilipollas no merecen nuestro talento, amiga.
—No, la verdad. ¿Todo bien?
—¿La verdad? No. Personal te dio las vacaciones que te debían, pero cuando se enteró el jefe se cabreó. Dijo que tenías que habérselas pedido directamente a él. Estaba gritando que te tendría que despedir.
—Ay, madre mía. Debo volver.
—No lo hagas, te las deben y te pertenecen. Que se vaya a la mierda. El otro socio lo tranquilizó, así que ya se le ha pasado todo. Cuando se entere de que yo también voy a pedir vacaciones, se va a quedar sin las dos esclavas que le hacían todo el trabajo. Que le den, Amanda. Estoy harta.
—Hay habitaciones de sobra, Jenny, Vente si quieres. Es un sitio muy navideño, como te gusta a ti.
—Ohhhhh, ahora mismo le escribo una carta a personal.
—Es sábado.
—Ah, sí. Pues el lunes, pero cuenta conque iré. Así te hago compañía.
—Me encantará. No hay mucho ambiente, pero me han invitado a ir a una prefiesta de Navidad. Creo que hacen una cada sábado así que, si llegas esta semana, podrás estar en la siguiente.
—Oh, qué interesante, ¿y quién te ha invitado?
—Nada, un vecino. Todos son muy amables conmigo porque querían mucho a mi tía. Y apenas vine en los últimos años —suspiro.
—Si no te hubiera explotado este tipo, habrías tenido más vacaciones. ¿Sabes qué? Deberíamos despedirnos y buscarnos otro despacho. O ponernos uno juntas.
—¡Jenny! Hemos entrado en el mejor bufete de la ciudad. ¿Cómo vamos a desaprovechar esta oportunidad?
—Pues mira, los cambios son buenos. Y yo estoy preparada. No nos han subido el sueldo y nos pegamos el día preparándoles los casos para que ellos se luzcan. ¿O no recuerdas que gracias a nuestras ideas han ganado muchos juicios?
—Es el precio por… empezar en un sitio tan importante.
—Que no, Amanda. Mira, me cojo vacaciones y lo pensamos. ¿Vale? Cuídate, vete de fiesta y a ver si te ligas a un lugareño buenorro que esté libre. Promete que lo intentarás.
—Haz el favor. Vete a lo que tengas que hacer. Hablamos.
—Mándame un mensaje mañana contándome la fiesta y qué panorama hay allí. Desde que dejé a mi último ligue, me apetece algo exótico.
Bufo, pero le despido con cariño y cuelgo. La verdad es que Jenny no es mi familia, pero es como mi hermana.
Mi tía decía que está la familia de sangre que no eliges y la que te encuentras por el camino y se convierte en tu familia.
Supongo que mi madre no respondió como debía.
Ni yo. Y todos los habitantes que me he encontrado, sí que eran su familia.
Eso me reconforta. Si falleció rodeada de ellos, no estuvo sola.
Creo que me haría una infusión. Y tal vez empiece a leer uno de esos libros que escogí en la librería.
Descubro que tras la cocina hay otra habitación nueva, acristalada, con un gran sillón que está orientado hacia el jardín.
Una mesita pequeña con su última lectura, una novela de misterio, y me siento allí.
El jardín de atrás está pegado a la casa de Ted y puedo ver que ha construido una piscina.
En el de mi tía solo hay árboles y un pequeño huerto.
Ahora no parece demasiado verde, supongo que por el frío.
Me siento y veo salir a Ted solo con una camisa y un chaleco acolchado.
Se sube las mangas y coge un tronco y se pone a cortarlo.
Es… fascinante. Es como si estuviera viendo una película a cámara lenta de un tipo cachas haciendo cosas de tipos cachas como si no tuviera importancia manejar un hacha o cortar un tronco tan grueso como dos veces yo.
Aparto la vista porque me estoy poniendo nerviosa. De pequeña era un niño super agradable y simpático. Supongo que entonces no lo vi como lo miro ahora.
Me centro en mi libro y me acuerdo de que iba a hacerme una infusión, y ahora no me acuerdo si la he hecho o no. Me levanto y me acerco a la cocina, pues sí, me la he hecho. ¡Vaya cabeza tengo!
La cojo y me siento en el sillón. Ted ya no está y casi mejor porque así no me distraigo. Empiezo a leer, tomando traguitos de la infusión.
Oh, vaya.
Oh.
Vaya.
Oooooh.
Vaaayaaaa.