Capítulo 3. Paseo por las calles #2
Me retiro, cayéndome de culo al suelo y llevándome las manos a la boca, pero luego, me levanto deprisa y cojo un bastón que hay en la entrada, preparada para darle al intruso.
Me planto en la puerta del sótano, delante de Ted mientras se recupera.
Miro hacia abajo y sea quien sea, como suba, le daré un bastonazo.
Escucho una risita suave. Me giro.
—¿De qué te ríes? —pregunto medio histérica.
—Amy. Amanda. Mido casi metro noventa, creo que debería defenderte yo en todo caso. No llegarás al metro setenta. O menos.
—¡Te he lesionado! —exclamo señalando sus pantalones.
—Bueno, no ha sido tan grave. Deja el bastón de Agatha. Bajaré a ver.
—¿Y si va armado?
—Este sótano tiene muy mala iluminación, puede que te haya parecido ver algo —dice dudoso, pero al ver mi cara asiente—. Bajaré de todas formas.
Baja, y me dice que todo está bien. Luego sube y cierra la puerta.
—Mejor mantenla cerrada, se escapa todo el calor por ahí y si tienes problemas con la caldera, avísame. Allá abajo está lleno de… cajas y puedes tener un accidente.
—Gracias. Siempre me dio miedo. Menos mal que la venderé.
—¿Ah, ¿sí? ¿Vas a vender la casa? A tu tía le gustaría que te la quedaras. O sea, le hubiera gustado.
—Ya, pero tengo mi trabajo y mi vida en la ciudad.
—Yo vivía en la ciudad y al final, Holly Falls siempre te tira.
—He comprado cervezas. Es lo menos que puedo hacer, invitarte a una.
—Pues gracias.
Se quita la cazadora y sonríe. Coge dos vasos, sabe mejor que yo dónde están las cosas. Saca las cervezas y mira los túperes.
—¿Los trajo Trudy?
—Sí, ¿quieres… comer algo?
—Pues mira, te lo agradecería. No he cenado todavía, pero no quiero molestar, Amy.
Ya no le corrijo, que me llame como quiera.
—No molestas, me haces compañía. Y no me acuerdo de casi nada. Solo he conseguido encender la chimenea y poco más.
Él empalidece y la botella de cerveza queda a mitad de camino hacia su boca. La deja en la encimera y se asoma.
—Pues sí, está encendida.
—Claro, ya te lo he dicho. Me ha costado, pero lo he conseguido.
—Estaba estropeada, Amy. Hacía años que Agatha no la usaba, pero oye, enhorabuena, es una gran noticia.
—Ah, sí, se publicará en el periódico local. Mujer logra encender una chimenea. Pff.
Cojo la cerveza y le doy un trago. Me sabe deliciosa. Él se apoya en la encimera y me mira con media sonrisa.
—Era mi cerveza, pero me gusta que la hayas cogido.
Me mira de una forma que agradezco que no estén encendidas todas las luces.
—Perdona. Cogeré la… comida.
Dejo la cerveza y él la toma para darle un trago, saboreándola. Malditos sean esos labios sensuales.
Debería estar prohibido en un hombre tener los labios delineados y pestañas largas, oscuras que cubren ojos azules y una nariz perfecta y músculos estupendos, seguro que cuando se quede en pelotas debe ser la leche.
He sacado todo y él se me queda mirando, con la boca abierta.
—Oh, Dios, ¿he hablado en alto?
—No… nno del todo. Pero… ¿hablabas de mí?
—No. Solo de la casa. Suelo murmurar a menudo. No hagas ni caso.
Caliento dos bandejas en el microondas, gracias a Dios que tengo uno porque no puedo vivir sin él. Y en la misma encimera, pongo dos platos. Una bandeja es una lasaña de carne que me hace gemir de placer. Él me mira, carraspeando.
—Perdona, no he comido nada así en… en mi vida. No me gusta cocinar, aunque sí comer. ¿Qué hay en la otra?
—Verduras salteadas. Trudy te quiere sana, por lo visto —dice divertido.
Cada pedacito está en su punto exacto de cocción, ni demasiado hechas ni tiesas.
—Dios santo, esta mujer es una maestra de la cocina. Hace magia con la comida.
Ted se atraganta y le saco un vaso de agua. Luego, se aparta.
—Estoy bien. Creo que no conocías mucho a tu tía, ¿no?
—No. Mi madre la tenía por un poco extravagante, por decirlo así.
Excepto cuando me dejó porque mi padre estaba enfermo, ya sabes, veníamos poco.
Y menos cuando él murió. O sea, a mí me caía muy bien.
Parece que queda guay decirlo ahora que no está, pero realmente la apreciaba.
Hubiera venido más, pero a mi madre no le gustaba nada.
Se enfadaba si la nombraba, así que la llamaba a escondidas.
Cuando ya me puse a trabajar, la verdad, no tenía mucho tiempo.
Doce horas para hacerme un nombre. Cosas así.
Por eso, me duele que nadie me avisara de que estaba enferma o cuando murió. Hubiera venido. Me hubiera despedido.
Me aparto y miro apoyada en el fregadero, hacia el bosque oscuro, no quiero montar el drama, pero desde que he regresado, no he tenido tiempo para parar y pensar en todo lo que apreciaba a la extraña y excéntrica tía que, al final, es la única familia que me quedaba y no fui capaz de venir a verla.
Y entonces, me dejo resbalar hasta el suelo y apoyo la cabeza en las rodillas y lloro.
Lloro tanto que salen todas mis penas, esas que he ido guardando durante años, la muerte de mi adorado padre, de mi madre, mi vida de trabajo sin parar.
Él se sienta a mi lado, pasa las piernas a ambos lados de mi cuerpo y me aprieta contra su pecho y todavía lloro más amarga, porque ahora ya no tengo a nadie y tiene que consolarme alguien que no es un extraño del todo, pero tampoco es mi familia.
Y no sé si grito o qué, pero él me coge en brazos, me sube a la cama y se acuesta a mi lado, sobre el colchón.
Me tapa con una mantita y me abraza fuerte.
Me aferro como si fuera un salvavidas. Como aquella vez que me consoló cuando mi madre dijo que tenía que volver urgentemente.
Igual que entonces, me abrazó sin decir nada, sin palabras absurdas. Solo estando.