Una bruja por Navidad Capítulo 3. Paseo por las calles
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Capítulo 3. Paseo por las calles

Después de dejar la maleta en la casa y volver a bajar, sin mirar nada más, voy a comprar algo para varios días.

De todas formas, es viernes y supongo que el fin de semana cerrarán.

Holly Falls sigue siendo el mismo pueblito que recuerdo.

La casa de al lado está habitada, el jardín está cuidado y las cortinas abiertas, no sé si todavía vivirá la familia que tenía un hijo de mi edad.

Salgo a la calle principal. Hay poco tráfico y veo el supermercado al final, muy cerca.

Todavía existe la vieja librería y no puedo evitar entrar a echar un vistazo.

Pasé mucho tiempo revisando casi cada día las novedades.

Estaba tan aburrida y triste. Las campanitas de siempre suenan y el olor a libro me envuelve.

Sonrío un poco. Han modernizado la tienda, las han ordenado por secciones, pero las viejas estanterías, barnizadas y ordenadas, siguen estando ahí.

Al final, solo han sido catorce o quince años.

Qué mal. Mi tía abuela merecía que la hubiera visitado más veces y no solo alguna llamada de vez en cuando.

Reprimo mis sentimientos, es algo que he aprendido a hacer y no es ni el lugar ni el momento. Así que a seguir adelante.

Creo que compraré algún libro, tal vez uno de fantasía romántica y si tiene escenas explícitas, mejor, más divertido. Echo un vistazo y alguien se acerca deprisa hacia mí. Es una señora grande y con un moño que parece un nido de pájaros. Oh, sí, la recuerdo.

—Si es la pequeña Amy que ha vuelto —dice con media sonrisa, pero luego se pone seria—. Todos sentimos que tu tía abuela Agatha decidiera marcharse, pero le acompañamos hasta el último momento.

Eso me molesta. Frunzo el ceño.

—¿Y a nadie se le ocurrió llamarme?

—Ay, pequeña, eso fue deseo de tu tía. No quería molestarte, andas en asuntos importantes, dijo. Y, total, bueno, estar en su casa es como estar con ella. Eso dijo, sí, señora. Justo con esas palabras.

Suspiro.

—Voy a comprar unos libros, me quedaré aquí hasta Navidad, así que supongo que pasaré a verla.

—Ya no lo llevo yo, me he jubilado. Ahora está mi sobrino al frente.

Sonríe y se marcha no sin antes darme un abrazo digno de un luchador de sumo.

Estar aquí no va a ser unas vacaciones, sino un castigo.

Cojo dos libros más de la colección y voy hacia la caja.

Un hombre de espaldas, bastante alto, con el pelo corto, camisa y chaleco, está envolviendo algo vuelto hacia atrás.

Si por delante es igual que por detrás, y no está casado o comprometido, bueno, podría divertirme unos días.

Se gira y al verme se sorprende.

—¿Amy?

Esos ojos… pero están rodeados de una cara demasiado atractiva. Y ya no es un niño bajito y con algo de sobrepeso. Creo que tengo la boca abierta porque él me coge los libros y sonríe. Madre mía que vergüenza.

—Escuché que vendrías un día de estos. Te acuerdas de mí, ¿no? Ted. Tu vecino.

—Sí… sí, claro. Has cambiado.

—Y tú. Ya no llevas trenzas, aunque no dudo que estarías atractiva con ellas. ¿Son para regalo? ¿Para ti?

Me sonrojo. Si encima de que soy de piel clara alguien tan atractivo se da cuenta de que leo fantasía prácticamente erótica, uf, me…

—Para mí, en algo tengo que entretenerme. Sabrás lo de mi tía.

—Todos lo sabemos. Y sí, en Holly Falls hay pocas cosas —dice mientras mete los tres libros en una bolsa—, aunque estos te van a entretener mucho, yo he leído toda la colección y son realmente calientes.

No sé qué decir y saco la tarjeta. Él me toma la mano y niega.

—Déjame invitarte a la primera tanda, porque sé que volverás a por más. Son adictivos.

—Bueno, gracias, Ted. Yo…

—¿Has venido sola?

—Sí, muchacho —dice su tía acercándose—, y según dice el abogado, está soltera y sin compromiso.

Mi cara parece un semáforo y él también parece algo cortado. La mujer se va y resopla.

—No hagas ni caso, desde que me divorcié hace tres años, a cualquier mujer soltera le hacen lo mismo. Dios, parezco un libro de saldo o en oferta.

—Se podrían decir muchas cosas sobre ti, pero no saldo o promoción.

Él abre mucho los ojos y luego sonríe. Yo, total, ya no puedo estar más colorada. ¿Por qué salen esas palabras de mi boca?

—Este sábado hacen una de las prefiestas de Navidad en el pub. Es a las seis, no sé, si te apetece pasarte, andaré por allí. Además de que… si necesitaras algo, sigo viviendo en la casa de al lado. Mis padres se mudaron a Florida y me la dejaron para mí.

—Bueno es saberlo, Ted. Gracias por todo. Debo… debo ir al supermercado.

—Ah, hay un chaval, Bill, que, si le das cinco pavos, te puede llevar la compra a casa y así no vas tan cargada. Dile que vas de mi parte.

—Gracias, Ted. Sois… muy amables, cuando he venido tan poco aquí…

—Tus razones tendrías y Amy, es Navidad.

—Prefiero Amanda, Ted. Ya no soy una cría.

—Y que lo digas.

Ahora me toca a mí levantar la ceja y él se vuelve para hacer lo que sea, y se da un golpe con la estantería de atrás, pero no quiero avergonzarle y me marcho deprisa al supermercado.

Es pequeño, pero tienen un poco de todo, así que aprovecho y cuando llego a la caja, hay un adolescente mirando el móvil. Le pregunto a la cajera.

—Me ha dicho Ted que alguien llamado Bill me podría llevar la compra a casa. Por cinco dólares.

El chico se levanta deprisa y solo le hace falta cuadrarse. Sonríe encantado. La cajera resopla y termina de meter todo en tres bolsas. Pesan, así que me ofrezco a llevar al menos una, pero él se niega.

—Me ofende, señorita Morgan. Soy un muchacho fuerte. Ya tengo quince.

—Gracias, Bill. No sabía que nos conocíamos.

—Ah, señorita, todo el pueblo está enterado de que ha llegado. Mi madre necesita algunas hierbas de su tía. Creo que quería pasarse el lunes. O sea, parece que tiene que estar hasta Navidad.

Resoplo. No, si hasta el último gato va a saber todo de todo antes que yo. Maldita sea.

—Es que mi madre y Trudy, la esposa de su abogado, son hermanas. Y se llevan muy bien. Y no es que sea precisamente confidencial. Su tía dijo que cuando muriera, usted vendría.

Vuelvo a resoplar.

—Primero, Bill, no me trates de usted. Puedes llamarme Amanda y segundo, ya estás cantando todo lo que sabes.

Él se estremece y me cuenta que mi tía hizo una fiesta una semana antes de morir a la que invitó a los más amigos para despedirse de todos y prohibió que nadie llorase.

Les invitó a comer y les hizo regalos. Luego, dejaron de verla varios días, hasta que al final, el día que enfermó, la llevaron al hospital y en cuestión de horas, falleció.

Abro la tienda y entra directamente a la cocina. Saca las cosas de las bolsas sin que se lo pida y las va metiendo en la nevera. Alucino.

—¿Y qué piensas de mi tía?

Se pone tieso y se sonroja hasta las orejas.

—Era una señora muy buena. Yo casi me muero cuando nací y ella ayudó a mi madre, por eso la queríamos tanto. Siempre le traía lo que necesitaba. Incluso las hierbas del bosque. Venía alguna tarde a ayudarle. Con el jardín y eso. Si necesita a alguien…

—Es posible. Apúntame tu teléfono.

Señala la nevera. Hay un papel pegado con varios teléfonos. Señala el suyo.

—Tu tía a veces se olvidaba, pero apuntaba las cosas. Está el de la policía, ambulancia, hospitales, el de Trudy, el de mi madre, el mío y el de Ted. Como vive al lado, si necesitaba algo de hacer fuerza o alguna reparación, le llamaba a él. Así que, si necesitas lo que sea, avísame. Cobro poco.

Saco la cartera y, aunque se hace un poco de rogar, acepta diez dólares. Con la información que me ha dado, se los ha ganado. Se va feliz de la vida y le falta hacerme una reverencia.

Termino de recoger todo y me acerco a la chimenea.

Ya se ha hecho de noche y la casa, que está orientada al sur, había recogido calor, pero ya no.

Me acerco a la chimenea y preparo algunos troncos.

No hay muchos, tal vez tenga que contratar a Bill para que me traiga más leña, aunque recuerdo que mi tía tenía un cobertizo atrás. Mañana miraré.

Busco cerillas y encuentro una caja. Intento encender unas ramitas pequeñas, pero por más que les pongo, no se encienden.

—¡Joder!, ¡Enciéndete ya!

La ramita prende por fin y saca una buena llama. Menos mal. Supongo que es cuestión de paciencia, algo de lo que suelo carecer. Arreglo el fuego y un calor agradable se extiende por toda la casa. Creo recordar que había una caldera en el sótano. Seguramente esté apagada.

La puerta que lleva al sótano está en la cocina.

Son unas escaleras empinadas. Mi madre decía que no sabía cómo mi tía no se había matado al bajarlas.

Busco el interruptor y se enciende una luz mortecina que parpadea.

Es solo una bombilla y creo que tendré que cambiarla.

Bajo con mucho cuidado y veo el sótano. No es muy grande y está demasiado lleno de cachivaches.

Dios santo, vaciar esta casa va a ser la tarea más grande de mi vida.

Al fondo, a la derecha está la caldera que, como sospeché, está apagada.

Me tropiezo con varias cajas, porque está oscuro de narices y siento un escalofrío. Es como… como si hubiera alguien más, pero me giro y no hay nada. La tía no me dejaba bajar, solo lo hice una vez, pero no le gustaba. Creo que tuve miedo desde entonces.

Ha debido de cambiar la caldera hace poco, así que miro y creo que solo habrá que apretar un botón.

Lo hago y hace un ruido muy desagradable, pero se pone en marcha.

Cuando me giro, satisfecha, veo una sombra cruzar por en medio del trastero.

Grito como una loca y salgo corriendo, me tropiezo y me caigo, con dos cajas encima.

Sigo gritando y subo las escaleras, cuando me choco con un muro de piedra y me caigo encima de alguien.

—Tranquila, tranquila. Amy. Amanda. Soy yo. Soy Ted. Justo venía a casa, te escuché gritar.

—Hay alguien abajo, por favor.

Estoy echada sobre su pecho, mientras él me toma de la cintura, mirándome con preocupación. Todavía lleva su cazadora y me levanto rápido, pero le doy con la rodilla en la entrepierna y él aúlla.