Capítulo 2. Holly Falls
Puesto que me voy a quedar un poco menos de un mes, tengo que llevar ropa de abrigo.
La casa de mi tía abuela está rodeada por un jardín, pero algo más allá hay un bosque de su propiedad de varias hectáreas, donde ella cultivaba hierbas.
Todavía estoy muy disgustada, la verdad.
Cuando mi madre se casó con mi padre, estaban deseando salir del pueblo, siempre me lo decían por el fuerte carácter de la tía abuela con quien se crio, aunque alguna vez me llevó allí.
Mi padre enfermó cuando tenía catorce años y pasé allí el verano, pero la mayor parte del tiempo siempre fueron visitas esporádicas.
Ella tenía muchas manías, y me invitaba a participar en sus cosas, como paseos a la luz de la luna o preparar infusiones, pero mi madre le dijo que dejara de hacerlo y me pasaba el tiempo leyendo en el porche o hablando con mi vecino, un chico que todavía no se había desarrollado, era más bajito que yo, pero tenía unos bonitos ojos azules.
Se llamaba Ted. Yo estaba demasiado triste por mi padre y lo único que quería era sumergirme en novelas para olvidar.
Al final del verano, mamá me hizo volver y pude despedirme de mi padre.
Luego, ella se volvió muy triste y silenciosa.
Comía, trabajaba y vivía solo porque había que hacerlo, o porque tenía una niña que cuidar, así que yo me hice independiente.
Y visitamos pocas veces a la tía abuela, mi madre siempre estaba enfadada con ella, discutiendo por cualquier cosa. Nunca supe por qué.
Meto una gruesa cazadora, gorro y botas. Me he aficionado a pasear por la montaña y tal vez pueda ir estos días. Hace mucho que no tengo vacaciones, pero me llevo el portátil. Espero que tenga conexión.
Cuatro horas después, atravieso la principal calle de Holly Falls y, ¡Dios!
Ya no recordaba lo que a esta gente le gusta la Navidad.
Desde que murió mi padre no la volvimos a celebrar y ella se fue hace dos años, por lo que llevo quince años sin oler a galletas de jengibre, poner luces y un árbol de Navidad y… no sé si lo odio o me encanta.
Aparco delante de la casa de la tía. Aunque a veces la llamaba abuela.
Es lo que era para mí porque no conocí a la mía.
Es una casa estilo rancho, de una planta, aunque por lo visto, añadió un piso más.
El abogado me espera delante con las llaves.
Y veo que la fachada de la casa se ha convertido en un escaparate. No entiendo nada.
—Su abuela hizo unas… reformas hace tres años y medio y montó una tienda de sus aficiones, ya sabe, temas esotéricos.
De todas formas, solían pasar a pedirle consejo, así que decidió poner algo más…
Así… —carraspea—. La zona de atrás que está comunicada tiene la cocina y un dormitorio pequeño, con un baño.
Y construyó un piso superior que tiene tres habitaciones y dos baños.
—Entonces, ¿tenía una tienda como de… magia?
—Exacto, señorita Morgan. Pero es mejor que la vea usted misma. Los suministros de electricidad y agua siguen activos y hace dos meses contrató Internet. Aunque francamente no sé para qué. Ella nunca tuvo ordenador.
Hay una pequeña rampa en un lado para la accesibilidad, pero subo las escaleras. Dos puertas verdes con toques dorados dejan ver el contenido y sigo sin comprender por qué no me han avisado antes. ¿Qué pensó la gente si nadie de su familia acudió al entierro?
Doy vuelta a la llave y abro. El olor a cilantro, canela y lavanda me inunda.
Sigue habiendo hierbas colgadas de las vigas, pero ahora hay un mostrador de madera al fondo, con símbolos lunares.
Una antigua caja registradora y algunas libretas por encima.
La busco en el local, como si fuera a salir por alguna parte. Pero no. Ya no está.
Miro alrededor, a la derecha veo alacenas y armarios con todo tipo de piedras clasificadas, cartas de oráculos, de tarot, libros y objetos de adorno de todo tipo, desde colgantes a figuras.
A la izquierda, una mesa redonda con un mantel morado con símbolos en dorado y una vela en el centro, con cartas extendidas como si acabase de hacer una lectura.
Ni las miro. Más allá hay otras mesas y sofás esperando una reunión para tomar el té con las clientas.
Y la verdad, debe de ser porque da a la cocina.
Esta sí la reconozco. Me adelanto y paso la mano por los muebles de madera.
Una vez me dijo la abuela que su padre los había tallado del mismo bosque que está detrás.
Lo cierto es que están como nuevos, pero… ¿qué voy a hacer con ellos?
Abro la nevera, está vacía excepto por tres bandejas con comida.
—Espero que no le moleste. Mi esposa Trudy era amiga de Agatha y trajo comida por si llegaba muy tarde y no le daba tiempo.
—Dele las gracias, señor Blank. La verdad, no sé qué voy a hacer con todo esto. ¿Habrá alguien interesado en comprarlo?
Él da un respingo y levanta las manos, como si apaciguara a algún animal.
—Señorita, su abuela puso como condición que residiera hasta el día de Navidad, es mejor no tomar decisiones precipitadas. Igualmente tendría que estar aquí para obtener la herencia.
—Sí, claro. Pero es realmente absurdo. Páseme por email el testamento y esas condiciones.
—El lunes le traigo una copia en papel. Tengo que marcharme. Como ya conoce el pueblo, sabe que hay un supermercado y un par de tiendas dos calles más allá. Tiene mi teléfono así que llámeme si tiene alguna duda.
Lo veo dudar y carraspea. Espero.
—La señora era muy especial y querida para todo el pueblo de Holly Falls, todos sentiríamos que no fuera una descendiente la que viviera aquí. Puede tomarlo como su residencia de vacaciones.
—Llevo sin tomarme vacaciones desde que entré en el despacho de abogados más famoso de la ciudad, así que no me diga que la voy a aprovechar, porque no será así. Me estoy labrando mi carrera. Es en lo único en que pienso.
—Caramba, señorita Morgan, entonces, entiendo que no está comprometida o tiene familia.
—No.
Él asiente como si tuviera algo en mente, pero no me lo dice. Luego sonríe, se da media vuelta y sale por la puerta como si hubiera recibido un empujón en su trasero. Suspiro.
—Jolines, tía Agatha, hubiera querido despedirme. No sé por qué has hecho estas cosas tan raras.
Subo las escaleras con la maleta y veo que el dormitorio principal tiene el colchón y las sábanas limpias dobladas sobre la cama. Otra cosa que tendré que agradecer a la tal Trudy, además de que no hay nada de polvo por ninguna parte.
El armario está vacío. ¿Dónde estarán sus cosas? No sé si… Me asomo al baño, es anticuado, pero parece funcionar bien. El tocador sí que está lleno de papeles, cosas personales y un poco de todo. Supongo que en veinticinco días me dará tiempo de limpiar todo y tirar la mayoría de las cosas.
En cuanto a la tienda, quizá pueda poner algo tipo liquidación, tendré que mirar si eso se puede hacer según el testamento.
En el fondo, estoy enfadada porque ella no me avisó, no me dijo que estaba enferma o lo que fuera, y al final, como siempre, hizo lo que le dio la gana.