Una bruja por Navidad
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Capítulo 1. Una noticia inesperada
—Amanda, tienes visita. Un notario, Jeremy Blank. Dice que es urgente.
La recepcionista cuelga enseguida y yo dejo los papeles sobre la mesa.
¿Qué narices quiere un notario de mí? Tal vez sea por el caso de divorcio en el que participé la semana pasada.
El marido se empeñó en que no estaban documentadas todas las propiedades que tenían en común.
Con un resoplido, salgo a la sala de espera.
Todavía estamos a treinta de noviembre y la gente está demasiado alterada con la dichosa Navidad.
Si hasta en un sitio tan serio con este bufete hay gente que lleva un jersey con luces desde el quince de diciembre. Es lo peor.
El hombre, bajito, con gafas y sonrisa amable me espera cargado con su maletín de hace mil años. El caso es que me suena su cara.
—Señorita Morgan, cuánto tiempo sin verla. Me alegro mucho, aunque las circunstancias no sean propicias.
Lo llevo a una pequeña sala de reuniones que tenemos y cierro la puerta.
—Siéntense, señor Blank. Lo siento, pero no recuerdo en qué caso coincidimos.
—Ah, no, en ningún caso. Vengo a darle una mala noticia, lo siento. Y a la vez, una buena.
—Vaya. ¿Quiere un café?
Ardo en deseos de saber qué quiere un notario que parece haber salido de un pueblo pequeño… oh, Dios. Entonces lo recuerdo.
—¿Mi tía?
—Sí, señorita Morgan. Me temo que su tía ha fallecido, hace doce días. Lo lamento. Al menos fue de muerte natural. Dejó ya arreglado su entierro y las instrucciones para que le hiciera llegar el testamento justo el día de hoy…
—Pero debería haberme avisado el día que murió, habría ido a su entierro. No lo entiendo.
—Ya sabe cómo era su tía. Había que seguir sus reglas… quise avisarla, pero ya me entiende, llevábamos trabajando con ella toda la vida.
Estoy en shock. Hace por lo menos tres o cuatro años que no he ido a Holly Falls, en Massachusetts, donde vivía. Siempre fueron visitas muy cortas. Aunque es cierto que alguna vez la he llamado. Ojalá hubiera ido antes.
—No sabía que estaba enferma. Nunca me lo dijo.
—Su tía no estaba enferma, simplemente —carraspea incómodo—, decidió que ya había vivido demasiado.
Abro los ojos y parpadeo. Sigo sin poder reaccionar.
—¿A qué viene esa tontería?
—Bueno, ya sabe cómo era Agatha. El caso es que ella le ha dejado su tienda y la casa que hay encima del local, algunos ahorros y verá…
Hay una condición. Sé que es complicada y que puede no aceptarla, pero en ese caso, la casa irá a parar al ayuntamiento y sinceramente, tiene un valor bastante interesante, puesto que está en el centro de la ciudad.
Además, la señora Morgan odiaría que se lo quedase alguien que no fuera de la familia.
—No entiendo nada. ¿Qué condición es esa?
—Es simple. Tiene que vivir en su casa del uno al veinticinco de diciembre. Y si lo hace, hay una cantidad adicional que me temo que no puedo revelar, pero que es más que interesante, señorita Morgan.
—Esto es absurdo, no puedo dejar mi trabajo tantos días solo por el capricho de una anciana a la que se le había ido la cabeza.
—Yo no diría eso, señorita Morgan, su tía estaba totalmente en sus cabales. ¿Qué son veinticinco días para convertirse en alguien con mucho poder económico?
—Visto así…
—Le dejo mi tarjeta, pero si acepta, debería viajar mañana mismo. Gracias por atenderme.
Se marcha sin darme pie a replicar y en verdad, es que no sé qué decir. Siento mucho que mi tía se haya marchado, pero acaba de hacerme una faena. Tengo dos casos importantes que no puedo abandonar.
Subo a mi despacho y me encuentro con mi compañera y mejor amiga, Jenny, que me para y me da un papel.
—Amanda, acaban de enviarme esto —dice ella—, el juez ha aplazado hasta el tres de enero los dos casos en los que trabajabas. Tal vez puedas cogerte vacaciones, hace siglos que no lo haces.
Me quedo con la boca abierta. ¿Qué narices está pasando?