32. Otra idea
CLARA
BARCELONA. Un año después.
Hay días que se parecen tanto a otros ya vividos que el tiempo parece plegarse sobre sí mismo, como un mapa que se dobla siempre por las mismas líneas.
Un año después de entrar en The Best Barcelona, una becaria nueva se sienta a mi lado en la sala de Creatividad.
Se llama Júlia. Tiene veintitrés años. Lleva una acreditación provisional colgada del cuello y la misma cara de terror puro que debía de tener yo el primer día, hace ya un año que a veces parece mucho más largo y otras veces apenas un suspiro.
—¿Dónde está la impresora? —pregunta, mirando alrededor con desconfianza.
Me río, reconociendo perfectamente la pregunta.
—Ven conmigo. Esa es una prueba de iniciación no oficial, la superan todos los que llegan aquí.
Ahora tengo mi propia mesa fija dentro del equipo de Álex.
Nora sigue a mi lado, más creativa que nunca.
Marcos ha ascendido a copy senior. Alicia continúa salvándonos la vida diariamente y recordándonos, con paciencia infinita, que las ideas no pagan a los proveedores si nadie aprueba antes un presupuesto adecuado.
Aurea ha renovado el contrato con la agencia por otro año más.
La campaña ha ganado premios que mi yo universitario habría colocado en un altar improvisado en su habitación. Me hacen ilusión, sin duda. Menos ilusión de la que en su día esperaba sentir, curiosamente.
Lo que más me sigue gustando, con diferencia, es ese instante justo antes de que una idea exista del todo, ese pequeño clic que Álex mencionó una vez y que ahora reconozco perfectamente en mí misma.
Álex entra en la sala donde estamos trabajando sobre un nuevo brief para otro cliente.
—¿Qué tenéis hasta ahora?
—Nada todavía —dice Nora, sin levantar la vista de su tableta.
—Excelente comienzo, como siempre.
Júlia se pone rígida en su silla, reconociendo el tono seco de Álex.
Reconozco perfectamente esa reacción en ella, porque yo la tuve idéntica hace justo un año.
—No muerde —le susurro, inclinándome hacia ella.
Álex me oye, a pesar del susurro.
—Difamación pura y dura.
Nos ponemos a trabajar todos juntos sobre el brief.
Durante una hora entera discutimos distintas direcciones posibles. Júlia no dice nada en todo ese rato, limitándose a escribir cosas en una libreta que sujeta con fuerza.
Álex también lo nota, observándola de reojo.
—¿Tú qué piensas al respecto? —le pregunta directamente.
Ella levanta la cabeza de golpe, sorprendida.
—¿Yo?
—No veo a ninguna otra Júlia en esta sala.
La chica mira alrededor, buscando quizá algún tipo de ayuda.
—Es una tontería, seguramente.
—Las buenas ideas suelen empezar exactamente con esa frase —digo, recordando mi propia experiencia.
Júlia habla, finalmente, con voz insegura al principio.
No es todavía una campaña completa, ni de lejos.
Pero podría llegar a serlo con el tiempo adecuado.
Álex me mira por encima de la mesa, con una expresión concreta.
Yo sé exactamente qué está pensando en ese momento, porque hace justo un año yo estaba sentada al otro lado de esa misma mirada.
Sonrío, sin decir nada más.
Al terminar la jornada caminamos juntos hasta la calle, como cada tarde desde hace meses.
Él vive a veinte minutos de la oficina; yo prácticamente también, aunque todavía conservo formalmente mi habitación en Sants hasta final de mes, porque me ha costado bastante admitir en voz alta que llevo ya seis meses durmiendo en su casa casi todas las noches.
—¿Qué tal tu primer aniversario en la agencia? —pregunta, mientras caminamos.
—No me han despedido todavía, que ya es mucho decir.
—Estándares bastante altos los tuyos.
—Tengo un jefe muy exigente conmigo.
—He oído que además es guapísimo, por cierto.
—No me había fijado en ese detalle.
—Claro que no.
Llegamos a un semáforo en rojo, esperando junto a otras personas.
Álex me coge la mano, sin previo aviso.
Hace un año habría mirado instintivamente alrededor para comprobar quién nos estaba viendo en ese momento.
Ahora ya no lo hago.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —digo.
—¿Qué cosa?
—Que al final tenías razón en casi todo.
—Necesito más contexto específico. Me pasa demasiado a menudo tener razón, ya no distingo bien en cuál de todas las veces te refieres.
—Yo podía hacerlo sola, todo esto. Podía haberlo conseguido igual sin ti.
Álex me aprieta los dedos con suavidad.
—Nunca dudé de eso, ni un solo segundo.
—Mentira evidente. Al principio pensabas que era una becaria que no sabía absolutamente nada de nada.
—Lo eras, en tu defensa.
—Gilipollas.
—Y tú, mientras tanto, pensabas que yo era un arrogante insufrible.
—Lo eres, sigues siéndolo.
El semáforo cambia a verde.
Cruzamos juntos, cogidos de la mano.
En el escaparate de una perfumería veo una pantalla reproduciendo nuestra campaña en bucle.
Una chica se ríe sin mirar directamente a cámara.
Debajo aparecen aquellas cuatro palabras que escribimos juntos una madrugada en la que yo todavía no sabía si conseguiría un contrato indefinido, y Álex ya casi no recordaba por qué le había gustado tanto su trabajo en su día.
Por primera vez en mucho tiempo, no me detengo a observar mi propio reflejo en el cristal del escaparate.
Sigo caminando, sin más.