Epílogo. La parte favorita
ÁLEX
BARCELONA. Dos años después.
Las casas guardan pruebas de la gente que las habita mucho mejor que cualquier fotografía, y la nuestra ya está llena de ellas.
Dos años después, Clara sigue dejando horquillas en lugares físicamente imposibles de explicar racionalmente.
He encontrado una hoy mismo dentro del cajón de los cubiertos, entre los tenedores.
—¿Cómo? —pregunto, sosteniéndola en alto como prueba del delito.
—No hagas preguntas cuya respuesta pueda decepcionarte profundamente.
Estamos preparando una cena en casa para unos cuantos invitados.
Nora viene con su novia, a la que conoció precisamente en aquel afterwork de la celebración de Aurea.
Dani trae a alguien nuevo que, según ha advertido por mensaje esta misma mañana, «esta vez sí es una persona funcional, lo prometo por mi vida».
Alicia ha prometido llegar tarde, por pura coherencia con su reputación habitual.
Clara está descalza en la cocina, escribiendo un titular en el móvil con una mano mientras remueve una salsa con la otra.
—No trabajes ahora, por favor.
—No estoy trabajando.
—Estás escribiendo, que es básicamente lo mismo.
—Eso no siempre es trabajo, hay una diferencia importante ahí.
Ahora sí escribe fuera de la agencia, además de su trabajo diario. Relatos cortos. Un proyecto de novela entero que no me deja leer todavía porque dice que le da demasiada vergüenza compartirlo conmigo.
En la agencia ya no es junior, hace tiempo que dejó esa etapa atrás.
Tampoco necesita ya que nadie recuerde de quién fue originalmente la idea de Aurea.
Ha tenido campañas mejores desde entonces, y también alguna considerablemente peor.
Ha aprendido, con el tiempo, que el talento por sí solo no evita los días en los que sencillamente no sale nada útil de la cabeza.
Yo, por mi parte, he aprendido que dirigir un equipo no consiste en tener siempre la mejor idea de toda la sala.
A veces consiste, simplemente, en saber reconocerla cuando la dice la persona que menos esperabas que la dijera.
—¿Qué miras tan fijamente? —pregunta Clara, notando mi mirada.
—A ti.
—Cuidado con eso.
—¿Por qué exactamente?
—Ya sabes cuál es mi parte favorita de mí misma, no hace falta que te lo repita.
—Tu cerebro, lo sé perfectamente.
—Muy bien, apruebas el examen.
Me acerco y le beso la sien, con suavidad.
—Aunque mantengo, para que conste, que el conjunto completo tiene sus virtudes evidentes.
—Cerdo.
—Objetivamente hablando, nada más.
Se ríe y me mancha la nariz de salsa sin previo aviso, como venganza.
El timbre suena en ese momento.
Clara va a abrir la puerta, descalza todavía.
La miro alejarse por el pasillo de una casa que ya no se parece en absoluto a aquel render impersonal de hace un par de años.
Hay zapatos amontonados junto a la puerta de entrada.
Fotos pegadas en la puerta de la nevera.
Libros abiertos boca abajo sobre distintas superficies.
Una planta que estamos matando lentamente entre los dos, a pesar de nuestros mejores esfuerzos combinados.
Una campaña enmarcada en la pared del salón, no porque ganara ningún premio en particular, sino porque fue la que empezó todo esto que ahora somos.
La primera pieza de Aurea.
Una mujer riéndose sin saber que alguien la está mirando en ese preciso instante.
Durante años pensé que enamorarse consistía, básicamente, en encontrar a alguien capaz de hacerte olvidar por completo a la persona que te había roto antes.
Me equivocaba en ese planteamiento.
Marina dejó de importarme de verdad bastante antes de que Clara y yo llegáramos siquiera a besarnos por primera vez.
Clara no vino a mi vida a reparar nada roto previamente.
Vino a recordarme quién era yo mismo antes de empezar, sin darme cuenta, a protegerme de todo lo demás.
Y, a cambio de eso, quizá yo conseguí que ella entendiera algo que para el resto del mundo siempre había resultado evidente desde fuera, y que ella necesitaba descubrir por sí misma, desde dentro.
Que era buena en lo suyo, de verdad.
No solo guapa, esa palabra que tanto le pesaba.
No únicamente guapa.
Buena, de verdad, en el sentido más completo de la palabra.
Brillante, cuando por fin dejaba de intentar demostrarlo constantemente a los demás.
Desde la entrada de la casa, Clara grita de repente:
—¡Álex! ¡Dani dice que has comprado otra vez vino de heterosexual divorciado!
Cierro los ojos, resignado.
—¡Dile que se vaya directamente a la mierda con su opinión enológica!
Oigo risas desde el pasillo, varias voces mezclándose.
Voy hacia ellos, secándome las manos con un trapo de cocina.
Y pienso que, si tuviera que convertir todo esto en una campaña publicitaria cualquiera, Clara rechazaría de inmediato cualquier frase que sonara demasiado sentimental, tal y como siempre ha hecho con mis borradores.
Así que me quedo con la más sencilla de todas las posibles.
La que aprendimos juntos, sin buscarla, una madrugada cualquiera hace ya varios años.
Las mejores cosas ocurren, casi siempre, cuando dejas de mirarte a ti mismo y empiezas, por fin, a mirar de verdad a tu alrededor.
FIN