31. Cadaqués
ÁLEX
CADAQUÉS. Un fin de semana de octubre.
El Empordà tiene una luz distinta a la de Barcelona, más limpia, como si el viento se llevara por delante cualquier cosa que sobre.
Decido llevar a Clara a Cadaqués un fin de semana de octubre, sin ningún motivo especial que celebrar, solo porque llevamos meses hablando de ir y nunca encontramos el momento entre briefings y entregas.
Alquilo una casa pequeña con vistas al mar, de esas con paredes encaladas y postigos azules que parecen sacadas de una postal antigua, y no le digo nada del todo hasta que estamos ya en la carretera, con el AVE de Girona quedando atrás y un coche de alquiler llevándonos por curvas cada vez más cerradas hacia la costa.
—¿Cuánto falta? —pregunta, con los pies apoyados en el salpicadero, algo que en cualquier otro contexto me molestaría profundamente y que con ella, por algún motivo, me resulta entrañable.
—Veinte minutos, más o menos.
—Llevas diciendo veinte minutos desde hace una hora.
—La geografía catalana es traicionera.
Llegamos ya de noche, con el pueblo iluminado a media luz y el sonido del mar golpeando suavemente contra las rocas del puerto. Clara se queda callada un momento al entrar en la casa, mirando alrededor con esa expresión de sorpresa genuina que todavía consigue desarmarme cada vez que la veo.
—Es precioso, Álex.
—Me alegro de que apruebes la elección.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto sin decirme nada?
—Tres semanas, aproximadamente. He tenido que mentirte sobre un supuesto viaje de trabajo a Valencia que nunca existió.
—Eso explica por qué estabas tan raro con el móvil la semana pasada.
—Estaba coordinando reservas de restaurante, no engañándote con nadie, para que conste.
Se ríe y me besa, con las bolsas todavía sin deshacer en el recibidor.
Cenamos en un restaurante pequeño junto al puerto, pescado fresco y una botella de vino blanco que nos terminamos entre los dos sin darnos cuenta, hablando de todo y de nada al mismo tiempo: de un brief nuevo que ninguno de los dos quiere mencionar durante el fin de semana pero que acaba saliendo de todos modos, de un viaje que a Clara le gustaría hacer algún día a Japón, de si algún día tendremos hijos, una conversación que abordamos con más ligereza de la que ninguno de los dos esperaba sentir al respecto.
—¿Tú quieres? —pregunta, jugando con el tallo de la copa.
—Creo que sí, algún día. No ahora mismo, pero sí en algún momento.
—Yo también, creo. Aunque me da terror la idea de repetir ciertos patrones.
—¿Qué patrones?
—No sé, los de mi propia infancia, supongo. Mi madre siempre preocupada por cómo se veía, por si estaba lo bastante guapa, y de algún modo yo terminé heredando esa misma preocupación sin darme cuenta hasta hace poco.
Le cojo la mano por encima de la mesa.
—No creo que vayas a repetir ese patrón, la verdad. Llevas dos años haciendo justo lo contrario, cada día.
—Eso espero de verdad.
Volvemos a la casa caminando por el paseo marítimo, cogidos de la mano, con el sonido de las olas acompañándonos todo el camino.
Esa noche, con las ventanas abiertas y el aire salado entrando en la habitación, hacemos el amor despacio, sin ninguna prisa, con esa calma particular que solo se tiene cuando no hay ningún reloj esperando al día siguiente ni ningún briefing pendiente de entrega.
—Te quiero —le digo, en algún momento entre susurros, con su cuerpo entrelazado con el mío bajo la sábana fina.
Es la primera vez que lo digo en voz alta, después de casi dos años juntos, y noto cómo se queda quieta un instante, sorprendida.
—¿Qué has dicho?
—Ya me has oído perfectamente.
—Quiero oírtelo decir otra vez, de todos modos.
—Te quiero, Clara Soler.
Sonríe contra mi pecho, con una sonrisa que siento más que veo en la oscuridad de la habitación.
—Yo también te quiero, Álex Vidal. Desde hace bastante más tiempo del que estoy dispuesta a admitir.
—¿Cuánto tiempo exactamente?
—Desde la impresora, probablemente. No se lo digas a nadie, arruinaría mi reputación de mujer sensata.
Me río contra su pelo, atrayéndola más cerca.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
Al día siguiente paseamos por el pueblo entero, visitamos la casa de Dalí en Portlligat sin ninguna prisa, comemos helado sentados en unas escaleras de piedra frente al mar, y por la tarde, de vuelta en la casa, hacemos el amor otra vez, esta vez con las persianas cerradas contra el sol de la tarde, entre risas y la lentitud propia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo por delante.
Cuando volvemos a Barcelona el domingo por la noche, cansados y con la piel todavía oliendo a sal marina, Clara se queda dormida con la cabeza apoyada en mi hombro durante todo el trayecto en tren.
La miro dormir, con la luz de las farolas pasando intermitente sobre su cara, y pienso que esto, exactamente esto, es lo que Laura quiso decir aquella noche en el taxi, hace ya tanto tiempo, cuando me dijo que algún día tendría que arriesgarme de verdad.
Me alegro muchísimo de haberlo hecho, al final.