Una becaria con muy malas ideas 30. La oferta
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30. La oferta

ÁLEX

BARCELONA. Tres semanas después.

Las ofertas de trabajo importantes llegan siempre envueltas en el mismo papel de regalo: más responsabilidad, más dinero, y una letra pequeña que nadie termina de leer del todo.

Rechazo la oferta de Madrid tres semanas después de recibirla formalmente.

No por Clara, quiero dejarlo claro desde el principio.

Eso es importante para los dos, una distinción que hemos hablado varias veces.

Lo rechazo porque me ofrecen más equipo a mi cargo, más presupuesto, más reuniones de gestión, y considerablemente menos tiempo dedicado a hacer aquello que realmente me gusta de este trabajo.

Propongo, en cambio, otra alternativa: quedarme en Barcelona, asumir algo más de responsabilidad creativa dentro de la estructura actual, y recuperar una parte de trabajo directo con los equipos que había ido perdiendo con los años.

La negociación se alarga durante un mes entero, con varias reuniones tensas de por medio.

Finalmente aceptan mi propuesta.

Cuando se lo cuento a Clara, estamos sentados en el suelo de mi salón, comiendo pizza directamente de la caja porque todavía no hemos comprado una mesa nueva desde que una de sus compañeras de piso rompió la anterior durante una cena memorable que ambos preferimos no recordar en detalle.

—¿Te quedas entonces? —pregunta, con un trozo de pizza a medio camino de la boca.

—Me quedo.

—¿Por mí?

—No.

Me lanza una aceituna que le sobra del plato, directa a la cara.

—Respuesta incorrecta, Vidal.

—En parte, sí, porque mi vida entera está aquí en Barcelona. Y tú formas parte fundamental de esa vida ahora. Pero si el trabajo en Madrid fuera de verdad lo que quiero, me iría de todos modos y buscaríamos juntos alguna forma de hacerlo funcionar.

Clara mastica despacio, pensativa.

—Esa sí es la respuesta correcta.

—Gracias por la corrección.

—Estoy orgullosa de ti, la verdad.

La frase me afecta bastante más de lo que esperaba en un principio.

—¿Por rechazar un ascenso importante?

—Por saber exactamente qué es lo que quieres, sin necesidad de que nadie te lo diga.

Pienso en el Álex de veinticinco años, el que habría aceptado la oferta de Madrid antes incluso de que terminaran de formularla del todo.

—Tú tienes parte de culpa en este cambio, lo sabes.

—Lo sé perfectamente. Soy extraordinaria en muchos sentidos.

—Eso también lo has aprendido de mí, por cierto.

—De un director creativo bastante arrogante, sí.

—¿Quién?

—Uno que conocí junto a una impresora rota, hace ya bastante tiempo.

La beso, sin dejarla terminar la frase.

—¿Sigue siendo arrogante ese hombre?

—Muchísimo, sin ninguna duda.

—Qué pena.

—Pero en las distancias cortas mejora considerablemente.

—¿Cuánto de cortas exactamente?

Clara se sienta sobre mí, sin previo aviso, con una sonrisa traviesa.

—Más o menos así de cortas.

La pizza se enfría sobre la caja, olvidada.

Ninguno de los dos protesta por ello.