29. El espejo
CLARA
BARCELONA. Semanas después.
Mi madre guarda el papel como quien guarda la prueba de un delito que, en realidad, es una alegría.
Mi madre guarda recortes de revistas y periódicos, una costumbre que nunca he terminado de entender del todo en la era digital.
No sé dónde encuentra recortes físicos en pleno 2026, pero de algún modo los sigue guardando, con una dedicación casi arqueológica.
Cuando Aurea gana un premio nacional de eficacia publicitaria, aparece en mi casa con una revista impresa donde han publicado una entrevista a Álex, Teresa y «la joven copy Clara Soler», con foto incluida a doble página.
—Estás guapísima en la foto —dice mi madre, sosteniendo la revista con orgullo evidente.
—Mamá, por favor.
—Y muy inteligente también, se te nota en cómo hablas en la entrevista. Pero en la foto, hija mía, estás guapísima.
Me río, sin poder evitarlo del todo.
Quizá he pasado tanto tiempo enfadada porque la gente mira constantemente mi físico que he terminado haciendo exactamente lo mismo por mi cuenta: mirar de forma obsesiva cómo me miran los demás, atrapada en el mismo bucle que tanto criticaba.
Teresa tenía razón en aquella comida.
La campaña también tenía razón, con sus propias palabras.
Cuanto menos te preocupas por tu propia belleza, más bella te ves ante los demás.
No porque ocurra nada mágico en tu cara de la noche a la mañana.
Sino porque estás ocupada, por fin, simplemente viviendo tu vida.
En la entrega del premio subimos todo el equipo al escenario juntos. Marcos, Nora, Alicia, Álex y yo. Sergio también, aunque su relación con Álex sigue siendo más fría que antes de todo el asunto de los rumores.
Cuando anuncian nuestro nombre, Álex me deja pasar delante de él hacia el escenario, un gesto pequeño que no pasa desapercibido para nadie que esté prestando atención.
—La idea fue suya —dice al periodista que nos espera al bajar del escenario, señalándome directamente.
—La campaña fue de todo el equipo —respondo, corrigiendo el énfasis.
Él sonríe, sin llevarme la contraria en absoluto.
Después, ya en la fiesta posterior, Marina aparece entre la gente.
La reconozco de inmediato, a pesar de la distancia.
Mi cuerpo se tensa automáticamente, una reacción que no puedo controlar del todo.
Álex también la ve, casi al mismo tiempo que yo.
Ella se acerca hacia nosotros, con una copa en la mano.
—Enhorabuena por el premio.
—Gracias —dice él, con voz neutra.
Marina me mira directamente a mí, evaluándome con curiosidad evidente.
—Tú debes de ser Clara, entonces.
No sé exactamente qué responder a eso.
—Sí, soy yo.
—He visto la campaña por toda la ciudad. Es buenísima, de verdad te lo digo.
—Gracias.
Hay un silencio breve entre los tres, cargado de todo lo que ninguno menciona en voz alta.
Después Marina sonríe a Álex con una expresión que ya no parece pertenecerle del todo, como si estuviera despidiéndose de algo con esa sonrisa.
—Me alegro mucho de verte bien, de verdad.
—Yo también me alegro de verte a ti.
Se marcha entre la gente, sin más ceremonia.
Eso es todo lo que ocurre entre ellos.
No hay ninguna pelea. No hay ningún beso. No hay ninguna amenaza velada de ningún tipo.
Miro a Álex, buscando alguna reacción en su cara.
—¿Nada más que eso?
—¿Qué esperabas exactamente?
—¿No vas a tener una pequeña crisis emocional al respecto?
—Tenía pensado, más bien, pedir otra copa de vino.
—Qué decepción tan grande para mí.
Me rodea la cintura con un brazo, atrayéndome hacia él.
—Te dije que no sentí absolutamente nada aquella noche.
Esta vez le creo sin ningún esfuerzo, sin ninguna duda residual.
Y me doy cuenta, con cierta sorpresa, de que no he pensado ni una sola vez en revisar su móvil desde que empezamos a salir juntos.